El chico de Manhattan Capítulo 34 Gula
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Capítulo 34 Gula

Gula

Álvaro

Me desperté temprano, pero ya había amanecido.

Vi el móvil encima de la mesilla: eran casi las siete de la mañana.

A mi lado dormía Elizabeth con una camiseta mía.

Estaba bocabajo con el cabello rubio desparramado sobre la almohada.

Se la veía tan inocente, eran tan joven…

Sentí una punzada en el pecho. ¿Aquello era amor?

¿O quizás remordimientos? Nunca había sido un tipo impulsivo, sin embargo, el día anterior me había dejado arrastrar por mis deseos más bajos.

Elizabeth se había estado reservando y yo la había tomado sin ningún tipo de escrúpulos.

Era una chica con una educación clásica y con firmes creencias conservadoras.

Todo aquello chocaba de frente con mi educación, con la libertad con la que yo había crecido, con lo que a mí me habían inculcado en mi casa, en Madrid, cuando era un chaval.

Mi casa, en Madrid. No quedaba nada de aquello.

Nosotros, que teníamos uno de los principales holdings inmobiliarios a nivel internacional, y que yo no fuera capaz de tener mi propio hogar en Madrid era algo que, a pesar de mi fachada externa, me dolía.

Mucho más de lo que querría confesar. Todavía recordaba cuando habíamos dejado el piso de mis padres para irnos con nuestros abuelos maternos.

Había cajas por todas partes. Era demasiado doloroso.

Muchas veces me preguntaba quién habitaría ahora aquel piso. ¿Cómo serían sus vidas?

No podía pensar en aquellas cajas.

Supongo que la sensación de no tener un lugar al que volver cuando estaba en Madrid era un poco por eso. Por la venta de nuestro hogar familiar. O quizás es que los huérfanos siempre nos sentíamos un poco así: como si nos faltara algo.

Deslicé mi mirada por el perfil de su nariz, por sus labios.

No había tenido ningún reparo en hacerla mía…

¿ Mía ? ¿Ella era mía solo porque nos habíamos acostado?

¿Porque no se había acostado antes con otro hombre?

Reparé en ello. Elizabeth era quien había tomado esa decisión de forma consciente, sabiendo que dejaba atrás muchas de las cosas en las que siempre había creído.

Su exnovio la había destrozado, pero me preguntaba si todo aquello no le habría dado alas…

Para sentir, para ser ella misma y deshacerse de ideas preconcebidas y corazas.

Quizás ahora querría experimentar esa libertad.

Quizás ella no se sintiera mía en modo alguno.

No podía saber qué sentiría Elizabeth en unos días o en unas horas.

El problema era que tampoco podía entender mis propios sentimientos, porque no los conocía.

Me eran ajenos, extraños. Me había acostado con cientos de mujeres, pero con ninguna había sentido aquella intimidad, como si todo ocurriera a un plano mucho más profundo.

Observé como la luz del día que entraba por la ventana besaba su piel; las ganas de meterme en su cuerpo se anclaron a mi estómago.

Elizabeth abrió los ojos y un azul despejado, sin una nube, me arrolló.

—¿Planeando cómo escaparte? —preguntó.

Me hizo gracia.

—Quizás… Pero quedaría un poco raro que te dejara sola en medio de un pueblo francés.

—Mmmm… Podría entenderlo si te sientes superado por el exceso de responsabilidad, por haber acabado con mi virtud —comentó—. Pero tu huida tendría que tener algo teatral.

Esta vez mi sonrisa fue más amplia.

—¿Por ejemplo?

Elizabeth se colocó de lado, apoyando la cabeza sobre un brazo.

—No sé. Quizás descolgarte por el balcón.

—¿A lo Romeo y Julieta, pero al revés? —pregunté apartándole un poco el cabello.

—Exacto.

—¿Y por qué no salir por la puerta?

—Abandonarme por la puerta sería mucho más mundano, menos teatral. Ni siquiera sería digo de mención.

—Eso es cierto —concedí—. No obstante, pensé que eras más de Byron.

Elizabeth se acercó y me besó en la nariz. Un sentimiento cálido, tierno se extendió dentro de mí.

—Por supuesto, soy mucho más de Byron, pero Romeo y Julieta es Romeo y Julieta —declaró con convicción.

—Cierto —tuve que aceptar—. Así que bajo por el balcón los cinco pisos. Tengo que ver cómo ejecutarlo.

—Puedes ayudarte de alguna piedra de la fachada —apuntó.

—Bien visto —repliqué, y sentí un beso de Elizabeth en mi barbilla—. ¿Y mientras tanto tú qué haces?

—Bueno, mientras tú huyes por la presión y el miedo a que te pida un compromiso … Yo exploro mi recién descubierta sexualidad práctica —expuso divertida.

—¿Sexualidad práctica? —pregunté sonriendo mientras Elizabeth besaba mi clavícula.

—Sí…

—¿De qué forma?

—Bueno, supongo que, si tú huyeras, tendría que hacerlo yo sola, en esta gran cama. No voy a salir corriendo a buscar otro hombre, tan rápido.

La empujé ligeramente para que se tumbara.

—Prefiero quedarme y participar activamente.

—¿Antes de una ducha y de un cruasán con mermelada y café?

Busqué entre sus piernas y le quité la ropa interior. La toqué, ya estaba mojada y desde luego yo no necesitaba ningún tipo de preliminar.

—Antes de todo eso —declaré colocándome entre sus piernas tras deshacerme del pantalón del pijama con el que había dormido para penetrarla.

Elizabeth gimió en respuesta.

—¿Más? —pregunté.

Ella estaba debajo de mí. Con mi camiseta puesta. Los pezones se marcaban en la tela, la luz de la mañana lo llenaba todo y ella ocupaba mi cabeza al completo. No podía pensar.

—Mucho más…

Volví a penetrarla con más fuerza.

Me miró desafiante a través del azul imposible de sus ojos. La boca entreabierta con respiraciones entrecortadas.

—Más… —gimió contra mis labios.

Fui rudo, a pesar de que ella no estaba acostumbrada a estar con un hombre. Sin embargo, su cuerpo reaccionaba al mío, como si ambos llevaran mucho tiempo buscándose.

—Nunca había sentido algo así —se me escapó contra su cuello.

Me sentí incapaz de decir nada más, a pesar de todo lo que sentía en mi cabeza, en mis tripas y en mi corazón.

Elizabeth tiró de mí para acercarme a ella y, como si le diera vergüenza decirlo, se acercó a mi oído para susurrar:

—Puedes acabar dentro, no estoy ovulando.

La miré a los ojos y seguí embistiéndola.

—Quiero ver cómo llegas —le pedí—. Tócate.

Ella bajó una mano y se tocó mientras yo no dejaba de embestirla, una y otra vez.

Entonces, su cuerpo convulsionó y yo bajé y la besé.

Incapaz de renunciar a lo que me había puesto en bandeja, me dejé ir dentro de ella.

Habíamos perdido la cabeza, los dos. Aquello era gula y seguramente, antes o después, seríamos castigados por nuestros excesos.