Capítulo 33 Te tengo
Te tengo
Beth
—Espera, voy a por una toalla —declaró Álvaro tras besarme en la frente.
Álvaro fue al baño y escuché como se lavaba. Después volvió con una toalla de bidé mojada para limpiarme. Sin ningún tipo de remilgo, la pasó entre mis piernas, llevándose los pequeños hilos de sangre que había allí. La dobló y limpió mi vientre no sin antes dedicarme una mirada gris.
—Lo siento —dijo.
—¿El haberme quitado la virginidad o el haber terminado sobre mi vientre? —pregunté con guasa.
Álvaro dobló la toalla, para que quedara en su interior la parte manchada, y la dejó sobre la mesilla. Sonrió ligeramente y levantó una ceja.
—Ninguna de esas dos cosas. La primera, porque creo que te di varias oportunidades de arrepentirte y diría que estás muy satisfecha, y la segunda, porque vi en tu cara lo mucho que te gustó —comentó sin tapujos.
Sentí mis mejillas encendidas.
—Entonces, ¿por qué lo sientes? —quise saber.
—Por haberlo hecho sin preguntarte si querías que me pusiera un preservativo. Ha sido una imprudencia, no debí. —Hizo una pausa—. Por otro lado, puedes estar tranquila: estoy sano. Me hago chequeos regularmente.
Un preservativo, no lo había ni pensado.
Álvaro se movió, por lo que me estiré y le dejé un espacio en la cama. Tapé con el nórdico la ligera mancha de la prueba de mi virginidad. No había manchado mucho, apenas nada. Si bien ya había manchado algo en la ducha.
—¿Normalmente lo preguntas? —indagué.
Álvaro se apoyó sobre un brazo para mirarme a los ojos. Deslizó una mano por debajo de la sábana, directamente sobre mi vientre.
—No, nunca lo pregunto. Siempre me pongo un preservativo para tener relaciones sexuales.
Me mordí el labio. La curiosidad me podía.
—¿Entonces?
—Entonces, no me pude contener —declaró—. Tampoco he traído preservativos. No estaba pensando en tener sexo contigo.
—Ah, ¿no? —pregunté empujando un poco su voluntad.
Me acarició moviendo su mano a mi cintura.
—No —aseguró—. Otra cosa es que lo deseara, pero no pensaba en llevarlo a la práctica.
Me acarició la mejilla y retuve su mano para besar su palma.
—Pues yo no he podido pensar en otra cosa desde el otro día —confesé, y deposité un beso en su pecho.
—Elizabeth…
—No te estoy pidiendo nada —le aseguré. No quería que pensara que lo que habíamos hecho lo había comprometido de alguna forma—. No lo necesito. Ya me lo han prometido todo. Ya pusieron en mi mano un anillo de Tiffany y me engañaron, no sirvió de nada.
Álvaro me miró como si yo fuera un puzle del que tenía todas las piezas y que, aun así, no estaba seguro de saber resolver.
—¿Y ahora qué quieres?
Moví la cabeza.
—Nada —volví a asegurar—. No sabes lo libre que me siento.
Alcancé sus labios y lo besé.
Álvaro respiró profundamente cuando lo solté, y no estaba segura al cien por cien de entender todas sus señales. Me acarició la cintura nuevamente.
—No querría hacerte daño, Elizabeth —aseveró—. No me lo perdonaría.
—No lo vas a hacer.
—No sé… Esto ni tan siquiera lo hemos hablado.
—Bueno, en todo caso, tú estás exento de toda culpa. He sido yo la que te ha asaltado en la ducha. No me pude resistir —bromeé. Me senté en la cama y le besé el cuello. Él lo arqueó dejándose querer—. Espero no haberlo hecho demasiado mal.
—No has hecho nada mal —declaró oscureciendo la mirada.
—Bueno, como no tengo experiencia… Igual he sido algo patosa, no lo sé.
Álvaro me miró con intensidad.
—Bueno, también ha sido una experiencia nueva para mí.
—¿También eres virgen? —pregunté con una sonrisa.
Puso los ojos en blanco.
—Nunca había estado con una chica sin experiencia.
Me sorprendí.
—¿En serio? ¿Ni tan siquiera cuando eras joven?
—Eso lo dices porque ahora soy un viejo.
Me reí.
—Bueno, un poco anciano, reconozcámoslo, aunque estás en muy buena forma —lo piqué.
—Supongo que gano puntos porque no tienes con quién comparar.
—Eso es cierto.
Vi en los ojos de Álvaro muchas cosas. Cierta ligereza por el clímax alcanzado; preocupación, de la que no era capaz de deshacerse, por haberse dejado arrastrar y haber acabado haciéndolo, y deseo, mucho deseo.
Me tenía ganas. Unas ganas inmensas que no se habían apaciguado con lo que habíamos hecho.
Lo sabía, porque compartía el mismo sentimiento.
—¿Sabes?
—¿Qué?
—Pensé que cuando por fin tuviera sexo después habría calma. Un deseo satisfecho. —Álvaro no dijo nada. Sentí sus dedos deslizándose en mi brazo—. Sin embargo, no es eso lo que siento.
—¿No?
Lo empujé para que se tumbara y me subí a horcajadas sobre él.
—No. Ahora creo que has desatado a un monstruo, porque solo puedo pensar en volver a hacerlo —declaré sobre sus labios justo antes de volver a besarlo—. ¿Me enseñas?
—¿Qué quieres que te enseñe? —replicó entre besos cortos.
Su sonrisa podría derretir todo el hielo de la Antártida. Deslicé mis manos por aquel pecho esculpido en piedra.
—Enséñame todas las perversiones que haces con otras… —murmuré sobre sus labios.
Levantó una ceja.
—Esas son muchas perversiones —aseguró.
Me miró a los ojos y supe que decía la verdad.
—¿Cómo te gusta el sexo? —pregunté sintiendo como el calor se arremolinaba entre mis piernas.
Álvaro frotó su miembro ya completamente duro contra mí.
—Duro —contestó con la voz ronca.
—Pues házmelo así, duro —le pedí.
Quería tener todo lo que habían tenido otras. No quería que algo me fuera privado.
—Eso es demasiado para ser el primer día. ¿No crees?
—Puedo soportarlo —afirmé, y lo besé.
Me mecí encima de él. Rozándolo con mi sexo.
Me moví llevada por la intuición y esperando que él me enseñara.
Me dijo cómo le gustaba que lo tocara y lo hice.
Lo acaricié con mi mano y él puso una de las suyas por encima, para enseñarme, como había hecho en la ducha.
Supe que estaba acertando cuando vi como exhalaba con los dientes apretados.
Después cogí su miembro y me di placer a mí misma.
Sin importarme que no tuviéramos preservativo.
Con su ayuda, me coloqué encima y fui bajando hasta que estuvo por completo dentro de mí.
Estaba muy excitada, pero aun así me dolía un poco.
Tuve que echarme hacia delante para que el dolor cediera al placer. Él era muy grande y yo, muy inexperta.
Álvaro se sentó para alcanzar mis labios y acariciarme los pechos. Lo hicimos así, sin dejar de besarnos ni un momento. Moví las caderas y comprendí lo hambrientos que estábamos todavía.
Gemimos uno contra el otro, muertos de ganas. Ebrios de aquello que nuestros cuerpos desprendían. Me moví más fuerte, como a él le gustaba. Los sonidos guturales que salían de su garganta consumían la poca cordura que me quedaba.
—Abre la boca —me pidió con una mirada gris dura cuando vio que yo estaba a punto de llegar. Metió dos dedos dentro de mi boca—. Chúpalos —jadeó.
Lo hice y aumenté los movimientos de mis caderas. Entonces volvió a bajar la mano, con los dedos humedecidos por mí, y me acarició con cadencia. Echó mi cabeza hacia atrás para atrapar uno de mis pechos con su boca y no lo soltó. No me dio tregua hasta que me destrozó una vez más.
Entonces, me sostuvo contra su pecho y repitió lo mismo que me había dicho en la ducha:
—Te tengo.
Y yo le creí.