Capítulo 32 Dentro de ti
Dentro de ti
Álvaro
Elizabeth estaba en mis brazos. Su cuerpo había cedido momentáneamente tras el orgasmo. No había dejado de sostenerla y ahora, que la tenía allí, pegada a mí, pensé en si podría volver a soltarla.
Ella se había declarado, pero en ese momento no podía pensar en ello. Solo podía sentir su piel, su cuerpo desnudo en mis brazos, la pequeña mancha rojiza en mis dedos. Cogí la alcachofa de la ducha y me deshice de los pequeños hilos de sangre que había en mi mano y entre sus piernas.
Cogí jabón y la lavé de arriba abajo. Ella me imitó.
Tan genuinamente inexperta que no sabía cómo acercarse a mi cuerpo, cómo tocarme.
No tuve reparos en coger su mano y enseñarla a hacerlo, para que ella pudiera descubrir qué era darle placer a un hombre.
Exhalé profundamente cuando aumentó sus caricias, apretando con su pequeña mano ligeramente, pero la detuve, obligándome a frenar.
No quería terminar todavía. Necesitaba hacerle tantas cosas…
No podía procesar su declaración.
No sabía qué hacer con el amor que se enredaba entre las frías baldosas y el vaho, pero tampoco podía obviar aquel sentimiento inmenso que hacía tiempo que anidaba en mi pecho. La realidad era que la necesitaba, nunca había necesitado nada, pero a ella la necesitaba.
Salimos de la ducha y me obligué a tener la paciencia de coger dos grandes albornoces blancos para no salir con ella chorreando hasta la habitación, soltarla sobre la cama y lanzarme encima de ella.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Sí. ¿Tienes miedo de que me arrepienta? —preguntó con los labios hinchados de tanto besar y el cabello húmedo, mirándome con aquellos ojos inmensos azules que contrastaba con el blanco del albornoz.
—No sé de qué tengo miedo —confesé, y ni fui ni consciente de lo que estaba diciendo.
Elizabeth se mordió el labio inferior.
—Déjame entrar —murmuró.
—¿Dónde? —pregunté sin entender.
—Aquí —declaró abriendo mi albornoz y tocando mi pecho—. En tu corazón.
Esbocé una sonrisa.
—Mucha gente dudaría de que lo tengo.
—Mucha gente no te conoce.
Se puso de puntillas y me besó el cuello.
Cerré los ojos y la sostuve contra mi cuerpo, mientras ella volvía a besarme otra vez, y se acercó a mi oreja para murmurar:
—Llévame a la cama.
Estaba a punto de cogerla en volandas cuando ella misma se me escapó de entre las manos. Salió del baño y no tuve más remedio que caminar detrás de ella. Elizabeth caminó hasta la cama y tiró de del nórdico. Los almohadones cayeron al suelo.
Iba a subirse a la cama con el albornoz puesto cuando no pude evitar decir:
—No. —Y mi voz sonó más seca de lo que me hubiera gustado—. Quítatelo primero, quiero verte.
Elizabeth se ruborizó ligeramente y sé que, para alguien como ella, que no había estado con nadie antes, había sido demasiado directo, pero no había podido reprimirme. Había soñado con verla desnuda. Se había metido en mi cabeza, en mis sueños, y ahora quería empacharme de ella.
—Quítatelo —insistí.
Elizabeth se quitó el albornoz y lo dejó caer al suelo. Ella era dulce, era joven y no tenía dobleces. Contrastaba con mi frialdad, pero en ese momento no me sentía tan frío.
Se subió a la cama y se sentó en el centro.
—¿Así? —preguntó.
—No —respondí aproximándome a ella, pero quedándome a distancia de la cama—. Apártate el cabello hacia atrás.
Lo hizo.
—¿Así? —preguntó mirándome a los ojos con las mejillas encendidas.
Recorrí con la mirada la piel de sus pechos, su vientre, el vértice donde se unían sus piernas, sus caderas.
—Túmbate —le pedí con la voz ronca.
Elizabeth se tumbó.
Me quité el albornoz para que ella también pudiera verme a mí. Bajó su mirada por mi pecho, mi ombligo…, más abajo. Las mejillas se le incendiaron.
—Tócate —le pedí subiéndome con una rodilla a la cama. Acaricié el gemelo de su pierna izquierda—. Quiero ver cómo te das placer.
Ella se llevó una mano entre las piernas con cierta inseguridad.
—Quiero verte —reclamé—. No tengas vergüenza, eres preciosa.
Elizabeth se tocó y yo no podía dejar de mirar. De ver como poco a poco la excitación la dominaba. Quería caer entre sus piernas y lamerla, porque sabía que estaría tan húmeda como yo estaba duro.
Siguió tocándose y yo subí mi mano por su gemelo.
Pensé en si así era como se había tocado siempre: acariciándose superficialmente su punto más sensible sin llegar a penetrarse.
Esperando a la persona a quien le entregaría lo que yo había tomado en el cuarto de baño.
No sentí ningún tipo de remordimiento. Al contrario, todas las imágenes que vinieron a mi cabeza fueron salvajes.
Quería penetrarla con fuerza, quería darle la vuelta y entrar dentro de ella mientras jadeaba contra la almohada.
Sabía que le iba a doler, pero también me dolía a mí estar conteniéndome así.
Me toqué y ella desvió su mirada a mi miembro. Los labios se le entreabrieron.
—¿Estás segura? —pregunté y decidí que sería la última vez que le daba la oportunidad de echarse atrás, porque algo primitivo en el fondo de mi cabeza la reclamaba como mía.
—Sí —jadeó retirando su mano.
Me coloqué entre sus piernas.
Cogí su pierna derecha y deslicé mi lengua desde su tobillo hasta el interior de su rodilla.
Después seguí subiendo por su muslo. La acaricié con ambas manos y, cuando llegué a sus caderas, abrí más sus piernas para lamerla.
La lamí una y otra vez mientras Elizabeth gemía y se arqueaba contra el colchón.
Subí mis manos a sus pechos sin dejar de tomarla con la boca.
La cabeza se me había llenado de ella en cada una de sus terminaciones.
Me había muerto y aquello era algún premio que no me merecía, ella era algo que no me merecía.
Ver como su cuerpo se retorcía, se entregaba, tan inocente; su primera vez, ardiendo por mí…
Era mía, mía… La sangre me abandonó. La penetré con dos dedos, siguiendo las olas de sus gemidos.
Me volví salvaje y, cuando no pude reprimirme más, subí y la besé para que ella supiera a qué sabía.
No tuve ningún tipo de contemplación. Deslicé mi lengua en la suya.
Comiéndome cada uno de sus gemidos, y me coloqué entre sus piernas.
En ese momento la penetré profundamente.
Gritó contra mi hombro.
Me quedé quieto. No quería hacerle daño, pero no podía salir de ella ni retroceder.
—Tranquila…
Elizabeth buscó mis ojos. Nos miramos un momento. Estudié sus reacciones. Conocía perfectamente el cuerpo de una mujer. Había hecho gritar, jadear, gemir, suplicar a cientos de mujeres, pero jamás había estado con una virgen.
Me retiré ligeramente cuando sentí que su cuerpo volvía a buscarme y volví a entrar más despacio. Ella siguió mi movimiento, como una ola.
—¡Álvaro! —gimió contra mi pecho.
Volví a hacerlo una tercera vez. Estaba muy mojada, pero tan cerrada… No podía pensar. Me estaba conteniendo, pero todo mi cuerpo pugnaba por entrar más. Por hacerla mía, mía… Estaba ciego y sordo, como si el océano helado de Nueva York hubiera inundado mi cabeza.
—¿Te duele? —pregunté casi sin reconocer mi voz tensa.
Elizabeth entreabrió los labios.
—Sí… No… Me duele, pero es… No pares…
El deseo imponiéndose… Acababa de darme luz verde. Volví a hundirme siguiendo el movimiento de su cuerpo.
Había algo intangible que se estaba desprendiendo de su cuerpo para colarse en mi propia piel. Quería respirarla, quería que su cuerpo fuera mío. Jamás, en toda mi vida, había sentido algo así…
Bajé mis labios y mordí ligeramente los suyos para después volver a besarla mientras entraba y salía de su cuerpo.
Rompí el beso y la miré, para asegurarme de que estaba bien.
—No pares —suplicó a pesar de que su expresión estaba a medio camino entre el dolor y el placer.
—No deberías decirme esas cosas.
—¿Por qué?
—Porque me está volviendo loco estar dentro de ti —confesé.
Entonces fue Elizabeth la que me incitó con sus caderas.
Subí sus manos por encima de su cabeza y las sujeté con una sola mano.
Bajé la otra para subir su muslo un poco más, de forma que ella se abriera más a mí y volver a penetrarla profundamente.
Seguí dos, tres, cuatro veces hasta que Elizabeth no pudo más, se quejó ligeramente contra mi pecho, pero no pidió clemencia.
Sabía cómo volverme loco. Buscó mi mirada.
—¡Más! —jadeó contra mis labios.
Me rompí y la penetré profundamente, dejándome llevar.
Dándole todo aquello de lo que estaba hecho.
Hasta que su fortaleza se quebró y no pudo más.
Se soltó de mi agarre y me abrazó mientras yo perdía completamente la razón por ella.
Seguí entrando y saliendo de su cuerpo hasta que sentí que su orgasmo volvía.
Busqué la forma de tocarla para asegurar que llegara al orgasmo y, cuando lo alcanzó nuevamente, la penetré una vez más y me quedé dentro de ella, dejando que se abrazara a mí de una forma intensa que tenía tanto de salvaje como de ternura.
Dejé que disfrutara unos segundos de su orgasmo.
Me miró como si acabara de descubrir un nuevo universo que le había sido negado.
Entonces, la tomé para mí. La besé profundamente y me centré en mi propio orgasmo. Intensifiqué las embestidas hasta que me quedé al borde del clímax.
En ese momento, salí de su cuerpo y terminé sobre su vientre.