El chico de Manhattan Capítulo 31 Agua sobre su espalda
69%

Capítulo 31 Agua sobre su espalda

Agua sobre su espalda

Beth

Me quedé en el balcón, escuchando la música que venía de la calle.

Observé las vistas. Toda la imagen tenía ese encanto del interior del suroeste francés que parece sacado de una postal.

Desde donde me encontraba podía ver el césped cuidado del jardín del hotel y algunos árboles.

Más allá, los tejados de la ciudad, coquetos y bien conservados.

Por encima del jardín y los tejados, podías observar las colinas suaves que rodean Brive-la-Gaillarde, cubiertas de vegetación densa, con ese verde profundo tan típico de la región.

Se trataba de una ciudad no demasiado grande.

El sonido de la música callejera se fundía en el ambiente y la imagen no podía ser más devastadora, y eso que venía de dormir en un hotel de París donde las vistas habían incluido el perfil de la Torre Eiffel.

Sin embargo, aquello tenía algo íntimo, cálido, que me hizo sentir serena.

Entré en la habitación y cerré las puertas del balcón.

En ese momento el sonido del agua que venía de la ducha llegó hasta mis oídos. Álvaro estaba dentro.

Traté de no pensar en ello y recorrí la habitación.

Él había dejado su maleta encima de un gran sofá.

Estaba entreabierta, ya que había cogido ropa para cambiarse tras la ducha y se la había llevado al baño.

Observé las rosas blancas. Me encantaba esa flor.

Recordé las rosas blancas que tenía en un jarrón la noche en la que él había venido a mi apartamento.

Recordé aquel sueño tan vívido en el que me había sumergido hundiéndome con él en cientos de rosas que lo llenaban todo.

Deseé que eso pudiera ser real, lo anhelé.

Seguí caminando. Paseando las yemas de mis dedos por encima de la piedra blanca de la mesita en la que reposaba el jarrón de flores. ¿Por qué alguien habría elegido algo así? Marmol para una mesa auxiliar en vez de madera cálida.

Observé la cama grande, blanca. Llena de almohadas y almohadones que invitaban a hundirse en ellos. El cabecero era grande, acolchado, elegante. Tenía un suave estampado de flores grandes. No demasiado marcadas, de tonos muy claros. El conjunto daba la sensación de blanco y mucha luz.

Caminé hasta la cama. Me senté y escuché el sonido de la ducha.

Acaricié el nórdico blanco.

Llevé la mano al pequeño crucifijo de oro que colgaba de mi cuello en una fina cadena. Lo toqué. Reconocí los relieves, las certezas en las que siempre había creído. El agua de la ducha cayendo. El recuerdo de Brandon engañándome. La mirada gris azulada de Álvaro.

Me puse en pie.

Me quité la cadena y la dejé sobre la piedra de la mesa. Dejé los zapatos al lado del sofá y me quité el vestido. Lo puse sobre mi maleta. Me quité la ropa interior y la dejé caer al suelo.

El corazón latía con fuerza en mi pecho. Pensé que se me saldría por la garganta.

Abrí la puerta del baño con suavidad y entré.

Álvaro estaba de espaldas y pude ver las líneas de su cuerpo a través de la mampara empapada por el vaho.

La ducha era doble. Su tamaño estaba pensado para que pudieran estar dentro dos personas con holgura.

Entré y él no se giró.

El agua caía por su cuerpo haciendo caminos por su espalda. Tenía un par de rozaduras de la caída en el castillo.

Me abracé a él rodeando su cuerpo con mis brazos.

Álvaro se sobresaltó ligeramente al sentirme, no se había dado cuenta de que había entrado. Giró su rostro hacia atrás y pasó su mano por encima de la mía, que lo abrazaba.

—Elizabeth, ¿qué estás haciendo?

—No me eches —le pedí—. Sé que me deseas.

Dudó un momento.

—No se trata de lo que yo desee.

Se giró del todo. El agua caía sobre su espalda mientras Álvaro me observaba. Estábamos desnudos, frente a frente, en la ducha.

—Yo también te deseo, Álvaro —declaré subiendo mis manos a su rostro.

Álvaro imitó mi gesto y me acarició las mejillas.

—Tampoco se trata de eso.

—Pero yo quiero estar contigo…

Álvaro me miró intensamente, azul hielo dentro del gris.

—Elizabeth, tú has estado reservándote para la persona con la que compartirás tu vida —me recordó—. Crees en eso y has decidido esperar. No puedo hacer como que eso no importa nada.

Todo lo que decía caía en mi pecho. En aquella sensación cálida que ardía allí, consumiendo todo lo que había sido antes de ese momento.

—Estaba esperando porque quería entregarme por amor… —declaré comprendiéndolo por primera vez. Entendiendo que eso era lo único que importaba de verdad.

Álvaro bajó su mano por mi cuello.

—Y ya estoy enamorada, Álvaro. No tiene sentido negarlo, ni esperar más.

Él me miró con cierto dolor en sus ojos.

—Yo no sé nada del amor —confesó—. No he deseado nada de los motivos que te han llevado a esperar.

No hacía falta decirlo más claro. En los planes de Álvaro no había cabida para las cosas que yo anhelaba: el compromiso, el matrimonio, la casa, los hijos.

—Entonces, estoy perdida, porque yo estoy enamorada de ti —tragué—. Jamás he sentido por nadie lo que siento por ti. Esta sensación de que me estoy consumiendo. De que hay algo en mi estómago quemando que solo se calma si tú estás a mi lado.

Álvaro bajó su mano hasta mi vientre.

El deseo se perfilaba en sus ojos.

El agua caía a sus espaldas.

El vaho llenaba el espacio donde se extendía aquel amor salvaje que no podía comprender. Había creído toda mi vida en esperar, pero cada célula de mi cuerpo me decía que había estado esperando por él. Por entregarme a ese amor que sentía por Álvaro, que eso era lo único que tenía sentido.

Era algo enorme, incontenible. Que se desprendía de mi propio cuerpo, que se había enredado en mis entrañas.

El agua seguía saliendo de la ducha.

—Elizabeth…

—No me eches —repetí y mis palabras estaban cargadas de dolor.

Hubiera dicho que sabía que él también me amaba. Aunque no fuera capaz de darle forma a aquellos sentimientos, lo hacía, y de una manera salvaje. Había algo animal, muy superior a nosotros mismos que rompía todas las reglas del juego. Eso era lo único que tenía sentido.

Álvaro mantenía su mano en mi vientre y no esperé más respuesta. Lo besé y subí mis brazos para rodear su cuello.

La reacción de Álvaro fue apretarme contra él y fue toda la respuesta que necesité, porque en aquel gesto podía sentir toda aquella necesidad que él tenía de mí.

Que había estado conteniendo, y yo deseaba que le diera rienda suelta, que la dejara ir.

Que se entregara sin contención. Que fuera mío, porque yo ya era suya.

Álvaro me guio hasta la pared de la ducha que estaba a mis espaldas sin dejar de besarme.

Cuando sentí las baldosas frías a mi espalda reaccioné pegándome más a su cuerpo.

Álvaro rompió el beso y respiró con dificultad. Sentí algo cálido al comprender lo mucho que le afectaba estar conmigo.

—¿Estás segura? —preguntó con la voz rota.

—No he estado tan segura de nada en mi vida.

Entonces se lanzó como si hubiera estado conteniéndose todo ese tiempo.

Cayó sobre mí muerto de hambre como si yo fuera todo lo que él necesitaba para alimentarse.

Comprendí que había algo que Álvaro nunca había sentido hasta entonces.

No hacía falta que lo verbalizara, pero había una parte de él completamente huérfana de amor, y eso era todo lo que yo estaba dispuesta a darle.

Sentí su mano bajando por mi espalda para sujetar mi trasero con firmeza mientras su miembro hinchado se apretaba contra mi vientre.

Jadeé cuando bajó su mano entre mis piernas y me tocó. Me acarició durante unos instantes y sintió lo mojada que estaba. No esperó mucho, quizás porque ninguno de los dos podía esperar más, y buscó la forma de colar un dedo dentro de mí.

Gemí cuando lo sentí entrando en mi cuerpo.

Se separó para ver mi reacción, como si quisiera grabar cada uno de los detalles de mi rostro en sus recuerdos. Beber de algo que podría desaparecer en cualquier momento.

—¿Te duele?

—No —jadeé.

Entonces Álvaro reclamó mis labios e introdujo un segundo dedo en mi cuerpo, estimulándome con destreza. Sentí la presión, una punzada de dolor trenzándose con el deseo. Mordí su hombro.

—¿Quieres que pare? —preguntó con la voz ronca—. Estás muy cerrada…

Le clavé las uñas en el brazo.

—¡No! —jadeé tratando de adaptarme a él—. No pares.

Apoyé mi cabeza en las baldosas mientras Álvaro seguía reclamando mi cuerpo.

Entrando una y otra vez dentro de mí con sus dedos.

Llevándome a un lugar desconocido, hecho de los pedazos de nosotros que otros no podían ver.

Entonces, bajó su cabeza a mis pechos y me lamió y me besó, con gula y hambre.

Mientras su mano alternaba la estimulación del punto más sensible de mi cuerpo con penetraciones de sus dedos.

El deseo era una ola de fuego en mis entrañas. El ritmo de mis respiraciones aumentó y él mordió ligeramente mi pezón cuando comprendió que yo estaba a punto… Entonces subió, sin dejar de estimularme una y otra vez, una y otra vez… hasta llevarme al límite.

—Quiero ver cómo te vas en mis manos… —confesó en mi oído.

En ese momento, con su mano estimulándome y su miembro duro contra mi cadera, sentí que me rompía en mil pedazos, jadeando sin que él dejara de mirarme. Me rompí en sus manos y creí que mis piernas no me soportarían.

—Te tengo… —declaró Álvaro sosteniéndome contra su cuerpo.

Yo no podía hablar; simplemente, no podía decir nada.

—Te tengo —repitió como si jamás fuera a soltarme.