Capítulo 30 La Fête de la Musique
La Fête de la Musique
Álvaro
Paramos en Brive-la-Gaillarde, una ciudad de la región de Nouvelle-Aquitaine, en el departamento de Corrèze. En el hotel más cercano a la carretera. Se trataba de un edificio del siglo XII con arquitectura histórica y vistas panorámicas a la ciudad.
El lugar tenía mucho encanto.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunté a Elizabeth, que no dejaba de bichear en el móvil.
Estábamos en la recepción del hotel esperando a ser atendidos.
—Busco cuál es el hospital más cercano.
—No voy a ir al hospital.
—No irás si no es necesario —replicó levantando su mirada de un azul cielo intenso.
¿Dónde estaba la joven dulce que había conocido? Elizabeth se mostraba inquebrantable. Tenía un gran tesón.
—Eh…
—¿Vas a decir algo? —preguntó levantando una ceja.
Iba a decir algo. Claro que lo iba a hacer, pero ya no estaba seguro de qué iba a decir.
— Bonsoir! [4]
—Buenas tardes —respondí—. Necesitaríamos dos habitaciones para esta noche.
—¿Tienen reserva? —preguntó el recepcionista con amabilidad.
—No.
—Ha sido una parada de improviso —explicó Elizabeth con una sonrisa—. Íbamos a viajar hasta Belvès, pero estamos muy cansados para seguir al volante. Esperamos que no sea un problema no tener reserva.
El recepcionista contestó con otra sonrisa.
—Bueno, tenemos libre la suite —indicó.
—No es necesario una suite , solo queremos descansar —repliqué frunciendo el ceño—. Queremos dos habitaciones normales.
—Entiendo, señor, lo que ocurre es que solo tenemos libre la suite .
Este fin de semana es la Fête de la Musique [5] , estamos llenos.
¿No han visto el ambiente? Es una celebración en la que músicos profesionales y aficionados tocan gratis en la calle.
Hay conciertos en plazas, bares y parques.
Es un momento maravilloso para conocer la ciudad.
—No hemos tenido ocasión, acabamos de llegar —replicó Elizabeth con dulzura—. Pero seguro que podemos salir a cenar algo y conocer un poco el ambiente.
—Buscaremos en otro hotel —comenté algo molesto.
—No sé si tendrán opciones —replicó el empleado sin perder el buen tono—. Estamos llenos por la fiesta. No es fácil conseguir alojamiento salvo con meses de antelación.
—Pero tienen la suite , ¿verdad? —recordó Elizabeth.
—Sí, por supuesto.
—Pues nos la quedamos —determinó.
—Elizabeth… —llamé su atención.
—No le haga caso a mi prometido —replicó acariciándome el brazo y acercándose a mí—.
Es un poco tímido frente a los desconocidos.
No hace falta coger dos habitaciones separadas, pronto seremos marido y mujer —añadió con una sonrisa deslumbrante—.
Tampoco es que vaya a ser la primera vez que dormimos juntos. —Levantó la mirada y la clavó en mí.
—Estupendo, pues ahora les tomo los datos.
Bajé mi mirada a Elizabeth.
Ella me sonrió con calidez, abrazándose más a mi brazo perfectamente metida en su papel.
—No pasa nada… Al fin y al cabo, nos vamos a casar —murmuró.
Observé aquellas palabras saliendo de su boca casi materializándose en el aire. El recepcionista ensanchó su sonrisa. Estaba claro que estaba más que acostumbrado a ver parejas de enamorados. Con la única diferencia de que nosotros no éramos una de esas parejas.
Nos entregaron las llaves.
—Disfruten su estancia.
Elizabeth cogió las tarjetas con una sonrisa.
—Gracias, lo haremos —replicó con soltura.
La suite era un espacio enorme, decorado con gusto, que ofrecía una sensación de lujo discreto. Me llamó la atención una mesa de mármol con un centro de rosas blancas. Como las que llenaban todo el espacio en el sueño que había tenido con Elizabeth.
Ella observó las rosas y acarició una de ellas. Después levantó la mirada hacia mí. Habría dado cualquier cosa por saber en qué pensaba en ese momento.
—Dormiré en el sofá —declaré señalando el mueble de tejido claro que había en la otra zona de la habitación—. Es grande.
—Un gesto muy caballeroso, pero el paciente eres tú.
—No soy ningún paciente —repliqué con el ceño fruncido—. Ni estoy enfermo. Solo estoy algo magullado, no es nada grave.
—Tú dormirás en la cama y punto —declaró.
—No sabía que eras tan mandona.
—Puedo serlo si es necesario —afirmó afilando la mirada.
Sonreí.
Elizabeth caminó hasta las puertas de cristal que daban a un gran balcón.
Las abrió de par en par y entonces lo escuchamos: el rumor de la música callejera.
El ambiente veraniego, distendido. Sentí una sensación curiosa.
Allí, en Francia, en una ciudad cálida, con otro ritmo, con las notas de la música escalando en el ambiente en lo que sería una noche de verano que parecía hecha para ser disfrutada.
Me sentí extraño. En Nueva York estaría con las narices metidas en el portátil, pensando en cómo equilibrar las cuentas de las últimas inversiones del holding .
Ajeno a todo lo que estuviera pasando en Manhattan, más allá de los inmensos ventanales de mi piso.
Encerrado entre los informes y todos los pedazos de mí que el trabajo exigía como sacrificio.
—¿En qué piensas? —preguntó Elizabeth.
—En lo diferente que es esto de Nueva York.
Serpenteó su mirada hacia el ambiente de la ciudad.
—¿Quieres bajar a cenar algo y escuchar un poco de música?
Miré a Elizabeth, tan tentadora. ¿Cómo íbamos a pasar allí la noche? ¿Era una especie de prueba del karma? Respiré, ya había pasado una noche con ella sin tener sexo. Bueno, sin tenerlo de forma completa. Recordé cómo se había retorcido debajo de mí.
—Quizás más tarde. Ahora creo que necesito una ducha.
Elizabeth asintió.