El chico de Manhattan Capítulo 29 Atravesando Francia
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Capítulo 29 Atravesando Francia

Atravesando Francia

Beth

Salí a caminar por París. En teoría no iba a haber tiempo para hacer turismo, al menos eso me habían dicho, pero allí estaba, aprovechando las pocas horas libres que tenía.

Madrugué para ir hasta la Torre Eiffel, di un largo paseo por el Campo de Marte y crucé el Puente de Alejandro III para llegar hasta Los Inválidos.

Allí, la gran cúpula dorada brillaba bajo el sol.

No llegué a entrar para ver la tumba de Napoleón Bonaparte; preferí pasear por sus jardines, ya que hacía un día espectacular.

Eran cerca de las dos de la tarde cuando me llamó Álvaro. Había salido tarde de la reunión que habían tenido esa mañana Susan y él en BAC France Real Estate. Había quedado en recogerme en quince minutos. Después saldríamos para el pueblo de Belvès, en Périgord, donde vivía su hermana Beca.

En concreto, éramos Álvaro y yo quienes iríamos a Belvès, mientras que Susan cogería esa misma tarde, a las 16:30 h, un vuelo de París a Nueva York. En un primer momento, ese vuelo lo íbamos a tomar las dos, pero me había negado en redondo a marcharme y dejar a Álvaro viajar solo hasta Belvès.

La tarde anterior se había caído desde una altura de unos cuatro metros y habíamos acabado en urgencias, a pesar de su negativa.

Había sufrido una conmoción cerebral leve, un fuerte golpe en la espalda y algún raspón que le había provocado la madera al ceder bajo su peso.

Le habían indicado que durante veinticuatro horas permaneciera atento a posibles síntomas: dolor, mareos, náuseas o rigidez en cuello y hombros.

No iba a permitir que condujera solo las casi siete horas que separaban París de Belvès.

Lo habíamos hablado en el hospital, cuando le dieron el alta.

Álvaro protestó, pero mi negativa fue tajante.

Susan nos miró a los dos y se limitó a guardar silencio.

Así que allí estaba yo, caminando por uno de los lugares más emblemáticos de París mientras esperaba a que Álvaro llegara a recogerme.

La idea inicial era que él se quedara a pasar el fin de semana en Francia en casa de Beca.

Esta había organizado una comida familiar el sábado.

Candela había evitado encontrarse con Álvaro en un ambiente laboral.

Me pregunté si evitar el enfrentamiento con su hermano la llevaría a no presentarse tampoco en casa de su hermana a pesar de que sabía que la estaban esperando.

—Deberías dejarme conducir a mí —dije cuando llevábamos unas cinco horas de trayecto.

—Estoy bien, no llevo ni una hora al coche. Tú lo has llevado casi todo el tiempo —se quejó Álvaro—. Y no me gusta ir de copiloto.

—Me da igual lo que no te guste —manifesté—. Te recuerdo que ayer estábamos en el hospital.

Álvaro negó con la cabeza.

—Y no hacía falta ninguna que hubiéramos ido.

—¡Mira que eres cabezón! —bufé echando un vistazo al paisaje por la carretera.

—Bueno —claudicó—. En todo caso, finalmente fui al hospital, así que entiendo que estarás satisfecha.

Asentí.

—¿Notas alguna molestia más?

Negó con la cabeza.

—Estoy igual —contestó—. Tengo algo de dolor en la espalda y en la parte posterior de la cabeza cuando toco la zona, si no, nada.

—Bueno, pero conducir no creo que sea lo mejor.

—Era una distancia de unos cuatro metros, no de cuarenta —rumió—. No hay que exagerar tanto.

—Te recuerdo el dolor de cabeza de después de comer.

—No creo que fuera por la caída de ayer. Más bien sospecho que ha sido por esperar a Candela en una segunda ocasión sin que se dignara a aparecer —declaró molesto al volver a recordarlo.

—Lo lamento.

—Yo lo siento más.

—¿Crees que irá mañana?

Se encogió de hombros.

—Es capaz de no aparecer. Espero que sí lo haga, porque Beca quiere contarle lo de su embarazo.

—¿De cuánto está Beca embarazada?

—De unos seis meses.

—¿Y no sabe nada? —pregunté sorprendida.

Álvaro negó con la cabeza.

—Pero… Las dos viven en Francia. ¿Cómo es posible que no se hayan visto y se lo haya contado antes? —indagué sin dar crédito.

—Beca y Candela no suelen quedar. No tienen una relación muy cercana y apenas se ven un par de veces al año, a pesar de vivir a unas siete horas de distancia.

Normalmente, esos encuentros coinciden cuando nos reunimos los tres —explicó—.

El año pasado ni siquiera se vieron en Francia, aunque sí coincidimos en Nueva York en Navidad.

Fue una visita que yo mismo propicié y a la que conseguí, no sin esfuerzo, que Candela asistiera.

Aun así, de los seis días que pasó allí, los encuentros con nosotros fueron contados, no te creas.

Aunque, en ese aspecto, no puedo culparla: Candela odia la Navidad.

—¿Y eso?

Álvaro se encogió de hombros.

—Bueno, no es algo tan raro en gente como nosotros.

Me chocó aquel comentario.

—¿Qué quieres decir con «gente como vosotros»? —pregunté sin entender.

Álvaro miró la carretera. La luz del final de la tarde llenaba el paisaje que por la zona en la que estábamos se había vuelto más verde y boscoso. Era muy hermoso.

—Huérfanos —dijo por fin.

Me quedé callada. El silencio llenó el interior del coche cuando nuestra conversación se apagó. Lo único que se escuchaba era música francesa, algo popero. No conocía la canción.

—Tenías catorce años cuando perdiste a tus padres, ¿no?

—Sí, tenía catorce.

—¿Y tus hermanas?

—Beca, nueve y Candela, doce.

—Erais muy jóvenes —aprecié, y recordé que ya había hecho esa valoración antes.

—Sí, lo éramos. —Se quedó callado un momento. Sabía que Álvaro podía ser hermético, pero esperé, porque de algún modo sentí que iba a hablar—. Los tres éramos muy jóvenes, pero, en cierta manera, Candela se llevó lo peor.

—¿Por qué dices eso?

—Porque todos nos volcamos con Beca. Ella era la niña, la pequeña. Además, Beca siempre se ha hecho querer. Es de ese tipo de personas llenas de energía y de luz, una especie de torbellino. Es fácil querer a Beca.

—¿Y Candela?

—Candela siempre ha sido más retraída, con un carácter más difícil —expuso—.  La muerte de mis padres la destrozó. El problema es que no vimos lo mucho que nos necesitaba Candela porque estábamos volcados en Beca y, en realidad, Candela también era una niña.

Alternábamos grandes masas de bosque denso con praderas.

—¿Y tú? —pregunté tratando de imaginarme qué significaba quedarse sin padres a esa edad.

Negó.

—Yo nada.

—¿Qué quieres decir con eso?

—No hay mucho que decir. Yo era el hombre, así que debía actuar como tal.

Hice todo lo que se esperaba de mí. —Se calló unos segundos—.

Fui el apoyo de mis hermanas cuando nos mudamos con mis abuelos.

Me convertí en el cabeza de familia y pronto tuve que llevar el peso del negocio.

Era lo que se esperaba de mí y, de algún modo, sentí que debía cumplir con esas expectativas.

Seguí con mis estudios e hice todo lo posible para que mis hermanas estuvieran bien.

A los dieciocho me fui a Nueva York a estudiar y a tomar el relevo al frente de BAC USA Real Estate.

Durante unos años estuve yendo y viniendo, viviendo temporadas entre Madrid y Nueva York, hasta que me afinqué en la Gran Manzana.

Me centré en la sede de nueva York. Era el sueño de mi padre, así que decidí ejecutarlo.

«Ejecutarlo», no cumplirlo. Álvaro hablaba con firmeza.

A pesar de ello, pude ver entre las fisuras de lo que decía y lo que guardaba.

Había algo que todavía le dolía en todo aquello, que no se había curado.

Intuí que entre él y Candela había rencores aferrados a aquel viejo dolor, a lo que habían vivido desde aquella tragedia.

Beca era la más joven, quizás por su edad había experimentado el dolor desde una perspectiva más sana.

Tragué con la palabra «ejecutar» y decidí no ahondar en ese trauma.

—¿Por qué la sucursal de Nueva York era su sueño?

Esbozó una ligera sonrisa.

—Madrid había sido poner la primera piedra. Poder materializar lo que ellos querían. Pero Nueva York era el sueño de mi padre. La sucursal apenas llevaba un par de años en pie cuando él falleció. —Silencio—. Estaba enamorado de Nueva York.

Nos quedamos callados.

Comprendí todo lo que él había tenido que hacer por las expectativas de los demás. Con catorce años y teniendo que ser un hombre, la figura fuerte para sus hermanas pequeñas.

—¿Y tú? ¿Cuándo pudiste llorar?

Álvaro desvió su mirada hacia mí brevemente. Cuando la dirigió al frente vi su gesto de dolor. Se echó la mano al cuello.

—¿Qué ocurre?

—Un latigazo —confesó molesto.

—¿Ves? No tenías que haber conducido.

—No es nada.

El gesto de Álvaro volvió a delatar que no estaba bien.

—Para el coche.

—No pasa nada.

Otro gesto de malestar en su cara.

—En serio, Álvaro, para el coche o lo detengo yo tirando del freno de mano —le advertí, y era muy capaz de hacerlo.

Álvaro puso el intermitente y detuvo el coche en el arcén. Después me miró, sorprendido por mi comentario.

—¡Estoy bien! —insistió.

—No vuelvas a repetirlo —repliqué cogiendo el móvil.

—¿Qué vas a hacer?

—Buscar un hotel para pasar esta noche.

Álvaro protestó, pero no me importó. Había quedado demostrado que la caída sí que le había dejado algunas molestias.

La idea de que se desmayara conduciendo me aterró.

Es cierto que podría haber seguido conduciendo yo.

Nos quedaban algo menos de dos horas de trayecto hasta la casa de su hermana, pero sentí que no era buena idea.

Álvaro tenía que descansar y no seguir en carretera más tiempo.

Necesitaba reposo. A la casa de su hermana podíamos llegar a la mañana siguiente, ¿no?