Capítulo 28 Saint-Germain-de-Livet #2
—Estás aquí —declaró como si ella me hubiera estado buscando, cuando era yo el que había entrado a por ella.
—Sí —respondí—. Estaba buscándote.
—Pues aquí estoy.
—Ya lo veo. ¿Has terminado o necesitas más tiempo?
—Tengo material más que suficiente. El sitio es espectacular, así que hecho muchísimas fotos. Tengo una gran cantidad de recursos con los que trabajar —aseguró.
—Bien —asentí—. Pues es hora de marcharnos.
Elizabeth no se movió.
—¿Encontraste lo que buscabas? —preguntó mirándome directamente.
La luz de una ventana cercana entraba por un lateral.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, has elegido venir aquí por algo, ¿no? Los dos castillos de la mañana estaban de camino, pero el destino era este. De los veinte castillos, era este el que querías ver en persona, ¿no?
Asentí.
—Quería ver qué tenía este casillo para merecer semejante desembolso —acepté.
—¿Y has encontrado tu respuesta?
—No —respondí—. Es espectacular, está claro, pero es una inversión millonaria para nada.
Elizabeth entornó sus ojos. El sol entraba iluminando sus cabellos dorados, parecía irreal. Un ángel. Sin embargo, mis pensamientos sobre ella estaban más cercanos al infierno.
Di un par de pasos hacia ella con cuidado de no pisar en las zonas donde se veía el suelo estropeado.
—¿De verdad piensas eso? —preguntó incidiendo en mi respuesta.
—Sí. ¿Por?
Elizabeth miró a su alrededor y después volvió a centrar su atención en mí.
—Este castillo es una obra de arte. Algo raro y singular a punto de perderse, salvo que alguien haga algo para evitarlo. —Hizo una breve pausa—. No conozco a tu hermana, pero tiene que ser alguien muy particular para haber comprendido la necesidad…
—¿La necesidad? —pregunté queriendo entender.
—Sí, la necesidad de rescatarlo —sentenció con seguridad—. Este castillo estaba condenado a seguir deteriorándose y quizás a desaparecer si alguien no invertía en él y lo salvaba, y eso es lo que ha decidido hacer tu hermana.
Negué con la cabeza.
—Esto es un negocio, Elizabeth —respondí de forma pragmática—.
Compramos inmuebles para vender. Para conseguir un beneficio.
Restaurar este castillo va a costar millones y no sé quién tendrá la capacidad económica de comprárnoslo después.
No es imposible de mover en el mercado, pero sí muy difícil. Es un negocio ruinoso.
Elizabeth se encogió de hombros.
—Bueno, eso si la idea es venderlo —dejó caer.
—La idea siempre es vender.
Elizabeth me miró con aquellos ojos azules impresionantes.
—Quizás la idea de Candela no sea esa —expuso—. Quizás no pretenda venderlo, tal vez ha decidido adoptarlo.
Esbocé una sonrisa.
—No conoces a Candela. Ella no hace nada por nada.
Se encogió de hombros.
—No lo sé, pero tiene que ser una persona muy especial para haber adquirido este castillo. A todas luces se ve que el desembolso no iba a encontrar fácil retorno, así que quizás simplemente quiso protegerlo.
¿Candela, fría y dura, queriendo hacer algo desinteresado? Un desembolso para evitar perder una obra de arte inmensa. Una parte de historia destinada a ser declarada una ruina si alguien no lo evitaba. Todo eso sin ganar nada a cambio. Me costaba mucho pensar en algo así.
Di un paso hacia Elizabeth salvando la distancia que nos separaba.
—Ella no es así.
—Quizás no la conoces tan bien —soltó.
La sonrisa de Elizabeth era tan genuina, tan dulce que me hizo plantearme si quizás tuviera razón. Si habría algo detrás de todo aquello que no había visto hasta entonces. Si, tal vez, no conocía tan bien a Candela como suponía.
Me quedé callado mirando a Elizabeth. Sentí que alguien me había metido una mano en el pecho y me estrujaba el corazón bajo su mirada.
Estábamos solos en aquella habitación, en un castillo en el corazón de Normandía, en tierras francesas.
Había evitado salir a cenar con ella y Susan la noche anterior, me había pasado el viaje en coche hasta aquí tratando de trabajar en mis asuntos en el asiento trasero mientras ellas alternaban el puesto de conductor y el de copiloto y se amenizaban mutuamente el trayecto.
Trataba de mantener distancia para no pensar en que me pesaban los huesos cuando ella estaba cerca, en cómo sentía el estómago cosido… Todo mi cuerpo reaccionaba a ella.
Pero ahora estábamos allí…
Elizabeth entreabrió los labios y sentí deseos de besarla.
Era un deseo irracional. No podía pensar, ni respirar, como si aquellas olas del mar en el que nos habíamos sumergido el sábado pasado hubieran llegado hasta nosotros para hundirnos.
La observé y todo mi cuerpo deseó ceder y perderme, pero con ella.
Las motas de polvo brillaban sostenidas en el aire.
Di un paso hacia Elizabeth, sin pensar en qué estaba haciendo. Alargué mi mano para rozar su mejilla y en ese momento el suelo se abrió bajo mis pies y me precipité.
—¡Álvaro! —exclamó Elizabeth.
Caí en el piso inferior tras un gran estruendo.
En un primer momento me costó comprender qué había pasado. El dolor se extendió como un latigazo por mi espalda. Entonces centré la mirada y vi a Elizabeth asomándose desde arriba entre los tablones rotos del suelo que había cedido.
—¡No te muevas! —gritó.
Corrió a lo largo del castillo hacia las escaleras de bajada mientras yo me centraba en tratar de respirar. Estaba intentando incorporarme justo cuando Elizabeth llegó corriendo.
—No, no, espera.
—Estoy bien —me quejé.
—No te muevas. Tenemos que pedir ayuda.
—Ha sido una caída absurda —declaré tozudo—. Déjame levantarme.
—Acabas de caer sobre un suelo de piedra, no es una caída absurda.
Elizabeth se arrodilló a mi lado y apoyó mi cabeza sobre sus rodillas. Llevaba un vestido corto ligero y sentí la suavidad de sus piernas.
Susan entró en el castillo corriendo hasta nosotros, que estábamos en una de las salas principales.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó—. He escuchado un gran estruendo.
—Álvaro se ha caído desde el piso de arriba —explicó.
—¡No ha sido nada! —me quejé—. Estoy bien, pero Elizabeth no me deja incorporarme.
—No, Álvaro. Tiene que venir primero una ambulancia y que los profesionales den las indicaciones que procedan.
—Pero puedo ponerme en pie perfectamente —se quejó.
—No. No hay ninguna necesidad, puedes tener un traumatismo —señaló con firmeza—. Llama a una ambulancia, Susan, por favor.
—A ver, déjame ver cómo hago —expuso esta.
Elizabeth me acarició la cara.
—Te traigo mala suerte —determinó bajando la mirada hacia mí mientras Susan hablaba por teléfono en la otra esquina del salón, pidiendo ayuda. Salió al exterior para tener mejor cobertura.
—¿Por qué dices eso?
—Porque es la segunda vez que salgo a hacerte fotos y acabas en un hospital.
Elizabeth no dejaba de acariciarme y, aunque permanecer en sus rodillas y dejarme acariciar por ella resultaba muy estimulante, la realidad era que me sentía bien. Me incorporé con su ayuda y me quedé sentado en el suelo a su lado, a escasos centímetros de ella.
—Tú nunca podrías traerme mala suerte —aseguré.
Nos quedamos mirándonos en silencio. Elizabeth bajó su mirada a mis labios.
En ese momento entró Susan.
—Viene una ambulancia en camino —indicó.