El chico de Manhattan Capítulo 28 Saint-Germain-de-Livet
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Capítulo 28 Saint-Germain-de-Livet

Saint-Germain-de-Livet

Álvaro

—Tenía que haberme quedado en París, habría aprovechado para trabajar en las oficinas en vez de venir hasta aquí —rumió Susan mientras observábamos un castillo que había costado tres millones y medio de euros, a pesar de su estado de semirruina.

—Disfruta de la visita a los castillos y relájate —indiqué—. Saint-Germain-de-Livet es un pueblo pintoresco.

Susan me dirigió una gélida mirada bajándose sus gafas de sol, para acto seguido volver a colocárselas.

Habíamos venido hasta Normandía para ver tres de los castillos que había adquirido Candela. Por la mañana habíamos visitado dos de ellos y ahora estábamos en el tercero.

Observé la casa solariega con entramado de madera del siglo xv y edificio de piedra y ladrillo del siglo xvi.

Era espectacular. Un castillo que combinaba el estilo medieval y el renacentista, con fachadas acristaladas a cuadros, su foso y jardines.

Era de cuento, tal y como si nos hubiéramos transportado a otra época.

Se veía claramente que requería mucha inversión.

Había necesitado llegar hasta allí, ver con mis propios ojos qué era lo que tanto le había gustado a Candela como para merecer semejante compromiso financiero.

En la visita nos había acompañado un arquitecto muy reputado de la zona.

Quería que me hiciera una primera aproximación, para estimar la inversión.

Para saber cuánto costaría devolverles su esplendor.

También necesitaba conocer el grado de protección al que estaban sujetos los inmuebles.

Me estaba inmiscuyendo en el terreno de Candela, pero no me importaba.

Ella se había marchado y yo necesitaba calcular hasta dónde podría llegar el desembolso al que tendríamos que enfrentarnos.

Si realmente alcanzaría los cien millones que se barajaban en un primer momento.

Quería entenderla, pero me resultaba imposible.

Por un momento deseé marcharme directamente a Ginebra, buscar a Candela y enfrentarla.

Quería mirarla a los ojos y que me explicara de dónde iba a sacar los setenta millones que iba a costar restaurar sus castillos.

¿Y para qué? ¿Qué pensaba hacer con ellos? ¿Cuándo habría rendimiento?

Habíamos pasado la mañana en los dos más pequeños y después habíamos hecho un alto para comer.

Ahora nos encontrábamos en el tercero. Era un castillo que se ubicaba en Saint-Germain-de-Livet.

Necesitaba saber por qué había merecido la pena meter tres millones y medio en un castillo destartalado.

El arquitecto estaba paseando por el edificio a su aire, esperaba que me hiciera un presupuesto lo más ajustado y realista posible del coste que supondría restaurar ese castillo.

Mientras tanto, Elizabeth estaba haciendo muchas fotografías y recabando material para poder trabajar con él.

Si teníamos castillos, al menos los utilizaríamos para hacer publicidad.

Ese era el motivo por el que Elizabeth había venido a Francia: íbamos a aprovechar el gasto de Candela para preparar recursos para redes y medios.

Obviamente había gente trabajando en branding y redes sociales en BAC France Real Estate, pero no quería venir a Francia y tener que hacer estas visitas con un perro de mi hermana que después fuera corriendo a contarle cada uno de mis movimientos.

Era bastante consciente de que allí era un extranjero.

Siguiendo la línea que Elizabeth había iniciado, habría algunas fotos mías en los castillos para humanizar nuestras publicaciones con la imagen del CEO.

También publicaríamos algunas de Candela que ya se habían hecho.

Formaba parte de una línea de publicaciones transversales entre ambas casas: BAC USA Real Estate y BAC France Real Estate.

La idea era que los tres hermanos, Beca incluida, nos hubiéramos reunido en alguno de esos castillos.

Si bien ella no era CEO, era la tercera heredera y socia.

Este verano queríamos agendar una visita de los tres a Madrid para hacernos también algunas instantáneas allí y dar visibilidad a BAC Iberia Real Estate.

Beca estaba al margen del manejo del holding , pero había prometido implicarse.

Sin embargo, tras la marcha de Candela a Ginebra, la idea de contar con recursos de los tres herederos en los castillos no había podido materializarse, al menos por el momento.

Posé para Elizabeth siguiendo sus indicaciones.

La verdad es que, en un primer momento, mi idea era que fuera Sebastián el que hubiese venido a Francia.

Sin embargo, este se había sacudido de encima el compromiso indicando que ahora esas eran funciones de Elizabeth.

Aquella conversación había sido antes del fin de semana en Los Hamptons.

Ahora que sabía que Elizabeth había dormido en mi casa la noche del evento me preguntaba qué pensaría realmente del hecho de que ella hubiera venido conmigo a Francia.

En cuanto a que Elizabeth había pasado la noche en mi casa, tras la fiesta de Los Hamptons, le había dado a Sebastián una excusa bastante pobre; si se la había creído o no, lo desconocía.

En todo caso, mientras ella hacía fotografías y me daba indicaciones que yo seguía en silencio, no podía evitar pensar que, en realidad, no había pasado la noche con Elizabeth el viernes anterior.

No al menos como a mí me hubiera gustado llegados a ese punto.

Sin embargo, el recuerdo de lo que sí había ocurrido entre nosotros era lo más erótico que había vivido en mi vida.

Ese pensamiento me lo guardé para mí mientras Elizabeth me enfocaba con la cámara y cambiaba de objetivo.

Lo mejor era guardar las distancias y por eso había metido a Susan en aquel viaje, pero Susan, que de tonta no tenía un pelo, ya se había dado cuenta. Incluso me lo había soltado esa mañana cuando habíamos coincidido en el desayuno.

—Álvaro, querido, aprovechando que este café está demasiado caliente para bebérmelo, y que la chica Harrington todavía no ha aparecido, quería hacerte un comentario, ya que en modo alguno me gusta que me utilicen a estas alturas del partido y con cuarenta y tantos años.

Levanté la mirada de las noticias que estaba ojeando en mi móvil.

—¿Qué ocurre?

Susan también levantó la mirada y me clavó sus ojos afilados.

—Dime que no me has traído a París para ser tu carabina.

Tragué.

—¿A qué viene eso?

—A la chica Harrington —dijo sin paños calientes—. Primero pensé que eran imaginaciones mías…

—No sé de qué me estás hablando —la corté.

—No me interrumpas —me pidió—. Pensé que eran imaginaciones mías, ya que tú siempre has sido extremadamente distante con todas las mujeres con las has trabajado. No en el plano profesional, claro, pero sí en el personal. Nunca te has implicado íntimamente con nadie de la oficina.

—No, nunca lo he hecho —reafirmé.

Me miró reprobadora.

—Pero con ella no actúas como lo sueles hacer...

—No sé a qué te refieres.

—Por favor, Álvaro, no me tomes por imbécil.

—Nos quedamos en silencio un momento—. He venido hasta París para apoyarte.

Pensé que quizás no querrías estar solo al tener que pasar tiempo con Candela, que esperabas verla en BAC France Real Estate y necesitarías un espada a tu lado.

Pero jamás habría pensado que me traías para ponerme entre tú y Elizabeth.

No sé cómo no lo vi antes, aunque ya había señales.

—Quería que estuvieras conmigo en la reunión de BAC France Real Estate —declaré, lo cual no era mentira, pero tampoco era la única verdad.

Susan asintió mirándome con cara de pocos amigos. Me pregunté qué había hecho para delatarme de forma tan abierta. Recordé como Elizabeth había tocado mi corazón en el vuelo para tranquilizarme, así como yo había tocado el suyo. Susan había aparecido justo después. ¿Qué había visto?

Después de eso aterrizamos en París, nos reunimos en BAC France Real Estate y me enzarcé en discusiones y reuniones con la certeza de que habíamos realizado un desembolso millonario que no sabía cuándo ni cómo íbamos a recuperar.

En todo ese tiempo me habían acompañado tanto Susan como Elizabeth.

No había hecho distinciones entre ellas, pero supongo que, de algún modo, ya había una distinción, porque mis ojos siempre encontraban la forma de llegar a Elizabeth.

Susan era perspicaz y, si había conseguido controlar mi obsesión por Elizabeth en Nueva York, estaba claro que no lo estaba consiguiendo aquí.

—Mira, Álvaro —añadió—. Yo no voy a inmiscuirme en tu vida privada, pero por favor, en la medida de lo posible no me hagas tomar vuelos transatlánticos si no es necesario.

Elizabeth llegó a la mesa en la que estábamos desayunando.

—Buenos días —saludó.

—Buenos días, Beth. ¿Qué tal has dormido? —preguntó Susan.

—¡Muy bien! La verdad es que la habitación es increíble.

—Agradéceselo a Álvaro —indicó Susan socarrona—. Fue él el que se empeñó en que lo acompañáramos, y él solo se hospeda en los mejores hoteles.

Elizabeth se sentó en la mesa y yo decidí devolver la mirada al móvil mientras me llevaba el café del desayuno a los labios.

El arquitecto estuvo unos cuarenta minutos absorto en su trabajo.

Cuando terminó, estuve con él comentado varias cuestiones antes de despedirlo.

Mientras tanto, Elizabeth hacía su trabajo en el interior del castillo.

Susan, por su parte, hacía rato que había decidido dar un paseo por los jardines, ya había tenido suficiente de castillos por un día.

Cuando el arquitecto se marchó, entré en el castillo para ver cómo iba Elizabeth.

Caminé hasta que llegué a una de las habitaciones principales.

Era espectacular. En ella había una chimenea de piedra y guardaba parte del encanto que había tenido en otros tiempos.

Sin embargo, el suelo de madera envejecida estaba en muy mal estado, con varios listones rotos. No parecía muy seguro.

Iba a salir de allí justo cuando entró Elizabeth.