Capítulo 27 Las luces de París
Las luces de París
Beth
Después del susto, el vuelo recuperó la normalidad.
Pedimos una pastilla para Álvaro y finalmente se durmió.
Verlo así fue todo un espectáculo. Desapareció esa constante sensación de que cargaba un peso inmenso sobre los hombros.
Era muy hermoso. Grande y hermoso. Le acaricié la mejilla antes de volver a acomodarme en mi asiento.
Una sensación en mi estómago me lanzó una advertencia: algo se estaba trenzando entre nosotros y yo no sabía cómo parar aquello.
Recordé la necesidad que había sentido la noche en Los Hamptons.
Había deseado saltarme todo en lo que había creído hasta entonces por la pura necesidad de estar con él.
Con Brandon nunca me había pasado algo así.
¿Por qué con Álvaro las cosas eran tan diferentes?
Miré hacia la ventanilla. Habíamos estado sobrevolando el Atlántico. Comenzaba a verse una línea naranja rojiza muy fina en el horizonte. Pronto se vería el continente. Durante el vuelo, el cielo había pasado de negro a azul oscuro, y después de violeta a naranja.
Aterrizamos en París sobre las 11:30 h. Dejamos el aeropuerto y nos desplazamos al corazón de la Ciudad de la Luz.
Nunca había estado en Europa y para mí era una experiencia estimulante, a pesar del jet lag .
En cuanto tocamos suelo francés, Álvaro se metió en su papel de jefe y marcó cierta distancia.
Comimos y nos desplazamos a la sucursal de París: BAC France Real Estate.
Estaba en la Avenue de l’Opéra, en una zona céntrica donde se ubicaban muchas empresas financieras, consultoras e inmobiliarias.
Nos recibieron el director de operaciones y el director financiero. No había rastro de Candela por ninguna parte. Al parecer, tal y como le había dicho a Álvaro unos días atrás, se había marchado de viaje a Suiza, a Ginebra.
El rostro de Álvaro estaba tenso, crispado ante semejante desplante.
Él conocía la negativa de Candela a dejarse controlar.
Ella era la CEO de París y tenía la última palabra en las decisiones de la sede, pero el grupo BAC, con sus tres sedes, debía tener una gestión orgánica y coordinada.
Álvaro cargaba con todo ese peso sobre sus hombros, como si el mundo entero se sostuviera ahí.
Por un lado, estaban las compras de los castillos de Candela, por otro, las inversiones que él había tenido que asumir para evitar desprenderse del patrimonio de la sucursal de Nueva York.
Las operaciones en Dubái estaban dando problemas y lo que menos necesitaba el grupo era más tensión financiera.
Candela se había marchado para no tener que enfrentarse a Álvaro en la sede de París, a pesar de que ambos estaban invitados a la casa de Beca ese fin de semana, por lo que, antes o después, Candela tendría que verse con su hermano.
Los veinte castillos adquiridos por BAC France Real Estate estaban en diversos puntos de Francia: dos, en el Valle de Loira, a unas dos horas de París; otros, en la Borgoña, Normandía, Alsacia y Périgord.
Álvaro no podía asumir el desembolso que había supuesto la compra de los castillos en un momento en que el grupo no podía permitirse debilitarse con compras tan particulares.
Estuvimos revisando cada una de aquellas adquisiciones: los importes, su potencial tras una fuerte inversión en restauración…
Álvaro solo veía problemas. Con un análisis superficial, se podía concluir que al menos tres de aquellos castillos habían sido a todas luces compras ruinosas.
El desembolso que necesitaban para poder devolverles algo de su antiguo esplendor era ingente.
Álvaro no veía la oportunidad, veía el coste ya asumido en las cuentas de la sucursal francesa.
En su conjunto, la compra rondaba los veinticuatro millones de euros, pero la restauración prevista se acercaba a los setenta millones, por lo que la inversión final podría alcanzar los cien millones.
Eso sin contar los problemas burocráticos, administrativos, técnicos y de permisos.
La rehabilitación podría prolongarse durante años.
Álvaro solo veía riesgos reales: aquellos castillos exigían liquidez y un mantenimiento constante, la demanda era incierta y también pesaba el riesgo de sobrevaloración y de imagen del proyecto.
Salimos de la sede a las nueve de la noche con jet lag y un Álvaro ofuscado. Antes de venir ya conocía el coste. Pero, con los detalles y los números sobre la mesa, el proyecto era ruinoso. Se excusó con nosotras y se retiró al hotel.
Susan me invitó a salir a cenar por París, a pesar del cansancio que teníamos. El viaje había sido pesado y la reunión, muy dura. Pero para nuestros relojes internos eran las 15 h, así que nos animamos.
Cenamos en la Brasserie des Prés, un clásico restaurante parisino, lleno de ambiente y vida, en una de las zonas más emblemáticas de la orilla izquierda del Sena. Estábamos sentadas en la terraza, en una mesa con sus clásicas sillas de mimbre rojas. La noche era cálida y el ambiente, perfecto.
—Por un momento pensé que Álvaro saltaría encima de todos ellos y los destrozaría —indicó Susan cortando su entrecot.
Miré a Susan.
—Ha sido una reunión muy tensa —apunté cogiendo mi copa de agua.
—«Tensa» es un eufemismo. Álvaro es muy capaz de destruirlos con un solo pestañeo.
Recordé sus ojos, sus pestañas, su mirada fría cuando quería.
—Supongo que sí.
Dejé la copa y tomé en mi tenedor algo de lubina. Yo había optado por pescado, aunque toda la carta era muy apetecible.
—Por un momento, pensé en alguna forma de excusarme y salir de allí —añadí.
Susan negó con la cabeza.
—Estás aquí por las fotos de los castillos, los artículos y las redes sociales, pero hemos venido juntos y estaremos en cada batalla juntos —indicó justo antes de llevarse el tenedor a la boca—. Álvaro es así: quiere a todos sus soldados alineados.
—No logro entender por qué Candela se ha marchado —declaré—. Sabía que veníamos.
—Precisamente por eso lo ha hecho, para evitar a Álvaro.
—Pero van a coincidir en la casa de su otra hermana en un par de días.
—Cierto, pero, a ojos de Candela, eso ya es más que suficiente —sentenció pinchando un poco de ensalada con su tenedor—. Ha discutido con Álvaro mucho por el tema de los castillos. No quiere escucharlo.
Observé el pescado en mi plato. Estaba buenísimo, pero era demasiado.
—Pero ¿por qué habrá hecho algo así? Los números son complicados. Álvaro tiene razón, al menos en parte, ¿no? Ha sido una compra arriesgada.
—Sí, lo ha sido. Pero Candela es una mujer de armas tomar. Ella es la CEO de París y no se va a dejar amilanar por nadie en sus decisiones —sentenció—. «Nadie» incluye a Álvaro.
—Pero ¿por qué lo haría? Una compra tan compleja. Un proyecto a tan largo plazo.
Susan se encogió de hombros y tomó su copa de vino tinto.
—Bueno, ella tendrá sus motivos. Otra cosa es que no nos los quiera dar. Es una mujer muy inteligente.
Asentí suponiendo que Susan tenía razón. No la conocía, pero tenía que serlo para ser la CEO de la sede de París.
—Candela es una mujer complicada —añadió Susan—.
Si te parece que Álvaro puede ser hermético e inaccesible, te aseguro que Candela es muchísimo peor.
Ella parece construida en hielo. Aunque reconozco que en ocasiones me gusta mucho.
Es una mujer con agallas. —Susan se quedó callada por un momento—.
Estoy segura de que tendrá sus motivos, pero no los va a compartir con nosotros, salvo que ella quiera.
Pensé en Candela y en si sería tan dura como parecía.
Más tarde, descubrí París de la mano de Susan: sus luces, su ambiente, la belleza de la vieja Europa.
Caminamos por la orilla del Sena bajo las farolas amarillas que iluminaban la ciudad.
París respiraba a través de aquellas calles de puentes iluminados, con gente a las puertas de los bares, con una copa en la mano, disfrutando de una noche cálida de junio.
En París todo era hermoso: el río negro con reflejos dorados, los escaparates de las boutiques ya cerradas, los monumentos y edificios históricos, el murmullo de la gente que charlaba queriendo estirar la noche un poco más.
Era una ciudad romántica y sofisticada, con un punto melancólico.
Eché de menos que Álvaro no estuviera a mi lado, a pesar de que la compañía de Susan era muy agradable.