El chico de Manhattan Capítulo 26 Turbulencias
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Capítulo 26 Turbulencias

Turbulencias

Álvaro

Me desperté sobresaltado. El avión había caído varios metros de golpe.

La gente gritaba y el alboroto se desató.

Sonó el aviso del cinturón y todos nos lo pusimos apresuradamente.

Me costó unos segundos reaccionar. El caos se convirtió en una bola de ruido a mi alrededor.

Hice un esfuerzo titánico por no perder el control.

Conseguí abrocharme el cinturón y me giré para ver a Elizabeth, que se estaba ajustando el suyo. Más atrás, un niño lloraba.

—Les habla el capitán —se escuchó de pronto—. Estamos atravesando una zona de turbulencias. Mantengan la calma, por favor, y permanezcan sentados con el cinturón abrochado.

—Álvaro, ¿estás bien? —preguntó Elizabeth buscando mis ojos.

No contesté. Sentí como si las palabras se hubieran atado a mi garganta. Busqué su mirada.

—No te agobies —susurró.

Al chico que estaba sentado más allá de Elizabeth se le cayó al suelo la táblet.

—¡Álvaro! ¡Elizabeth! ¿Estáis bien? —nos preguntó Susan levantando la voz desde dos filas más adelante.

—¡Estamos bien! —replicó Elizabeth haciéndose cargo de la situación y evitando que yo tuviera que contestar.

El avión consiguió estabilizarse. Traté de calmarme. No quería dejarme llevar por el pánico. Entonces, volvió a caer de golpe, perdiendo varios metros de altura. La sacudida fue mayor que la anterior y los gritos resultaron ensordecedores. Algunos objetos salieron despedidos.

La sensación de caída rápida fue más violenta.

Me sentí paralizado, incapaz de reaccionar. El corazón me retumbaba en los oídos.

Elizabeth buscó mi mano y la apretó con fuerza. Me aferré a su mano en respuesta.

El avión volvió a estabilizarse.

—Les habla el capitán nuevamente —se escuchó la voz por megafonía—. Como han podido notar, hemos encontrado turbulencias. Rogamos que mantengan la calma: el avión se encuentra bajo control. Por favor, no se desabrochen los cinturones hasta nuevo aviso.

El alboroto y la sensación de caos persistían, a pesar de que el avión se había estabilizado tras las dos caídas muy seguidas.

Me sentí bloqueado, incapaz de articular palabra.

—¡Álvaro! —me llamó Elizabeth, llevando las manos a mi rostro—. Álvaro, ¿estás bien?

El naranja del amanecer bañaba su cara. Era tan bonita.

—Sí —conseguí murmurar.

Tenía la voz pastosa y me costaba hablar. Sus ojos no se apartaban de mí, me buscaban.

—¡Álvaro! ¡Álvaro, mírame! —insistió—. Mírame, estoy aquí. No va a pasar nada. Estamos bien.

Busqué su mirada y traté de aferrarme a sus palabras. Elizabeth se abrazó a mí.

—No va a pasar nada —aseguró.

Deseé tener aquella fortaleza. No era capaz de darle réplica. Me costaba respirar.

—¡Álvaro, mírame! —me llamó para que me centrara en ella y no en el caos que se había desatado dentro de aquel pájaro de hierro.

Volví mis ojos a ella. No contesté. No salía ni una palabra de mis labios.

Elizabeth desabrochó dos, tres botones de mi camisa y deslizó su mano dentro, directamente encima de mi corazón.

—Estoy aquí… Estoy aquí…

Repetía para que me tranquilizara.

La presión en mi pecho se relajó un poco, pero todavía no podía hablar. El pánico seguía apoderándose de mí.

—Todo está bien, mírame a mí —decía.

Cogió mi mano y la colocó encima de su pecho. Buscando que mis dedos tocaran la piel que asomaba de la abertura de su camisa.

—Céntrate en el latido de mi corazón —murmuró.

La miré y sentí su piel caliente, su corazón.

Elizabeth acercó más su cuerpo al mío. De forma instintiva, bajé la frente y la apoyé en la de ella.

Compartimos el mismo aire y el mundo volvió a girar al ritmo normal.

Sentí su corazón debajo de mi mano. No sabía si era digno de estar tocándola así.

Ella mantenía su mano dentro de mi camisa, sobre mi pecho. Compartimos nuestras respiraciones.

—Deberías besarme —susurró.

Por fin pude tragar y esbocé una tenue sonrisa.

Elizabeth observó mi gesto con cierto alivio.

—Eso es una proposición… ¿o una apreciación? —conseguí decir.

Elizabeth amplió su sonrisa al ver que yo respondía.

—Lo que tú quieras —comentó con humor en un susurro—. Sé lo que dijiste el sábado pasado, pero…

Traté de aferrarme a aquello que ella me estaba dando para olvidarme de lo que acababa de ocurrir. De mi pánico a volar.

—Un solo beso —propuso—. Por si acaso…

—¿Por si nos estrellamos en este vuelo? —comenté con cierto humor negro.

—Exacto —replicó.

Me separé ligeramente de ella. El amanecer que habíamos estado persiguiendo mientras volábamos hacia el este, camino de Europa, llenaba el cielo y cubría nuestros asientos.

Deslicé la mano que había tenido encima de su corazón y la serpenteé hasta su cuello, acariciándola.

Después, llegué hasta sus labios y deslicé mi pulgar sobre ellos.

La imagen de cómo la había besado unos días atrás llenó mi cabeza.

No solo la había besado, había devorado sus labios.

Hambre, Elizabeth me despertaba hambre de algo que iba mucho más allá de la carne y que todavía no alcanzaba a comprender.

—No puedo volver a besarte, Elizabeth.

—¿Por qué no? —murmuró.

Negué y separé mi dedo de sus labios.

—Porque si te doy un solo beso más, no creo que pudiera parar de besarte. Simplemente, no podría apartarme —confesé.

La solté, para ser coherente. Para no caer sobre ella y aferrarme a sus huesos, que era lo que me pedía eso que arañaba dentro de mi cuerpo.

—¿Estáis bien? —preguntó de repente Susan de pie en el pasillo.

Ambos la miramos y ella desde luego estaba mirándonos a nosotros.

—Sí —respondió Álvaro—. Estamos bien.

—Álvaro, conmigo no cuentes para venir a Europa otra vez —replicó Susan—. De hecho, me estoy planteando si regresar en barco a Nueva York. Al menos, si algo pasa, sé nadar, porque desde luego lo que no sé es volar.

Esbocé una sonrisa.

Elizabeth también sonrió y esa fue toda la tabla de salvación que necesité para seguir a flote.