El chico de Manhattan Capítulo 25 Cruzando el océano
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Capítulo 25 Cruzando el océano

Cruzando el océano

Beth

Llegaba tarde porque llevaba un día terrible.

Había teletrabajado por la mañana y estaba tan agotada de no dormir bien las últimas noches que, después de comer, me había quedado dormida más tiempo del previsto.

No era mi intención, pero había pasado la noche dando vueltas, soñando con lo que había ocurrido y lo que no el viernes pasado en Los Hamptons.

Vamos que había soñado con Álvaro. Los sueños con él tenían sal, oscuridad, su voz, sus labios sobre mi piel y una serie de cuestiones más que me hacían despertarme empapada…

Para colmo, me quedé dormida casi una hora después de comer, en vez de los quince minutos de siesta que pretendía.

No entendía por qué no había sonado el despertador.

Después, tuve que terminar de meter cuatro cosas en la maleta, que había dejado para el último momento.

Cuando por fin logré salir de casa, encontrar un taxi fue una odisea.

El taxi había volado hasta el aeropuerto.

Facturé y pasé corriendo el control de seguridad. Bueno, corriendo hasta que me tocó el control aleatorio de drogas.

Llegué a la puerta de embarque sin aliento. Allí estaban Susan y Álvaro con dos azafatas, esperándome: era la última persona en embarcar… ¡La última!

Álvaro me miró con cierta dureza. Desde lo ocurrido en Los Hamptons el fin de semana anterior, había evitado quedarse a solas conmigo.

El día anterior, habíamos coincidido en una reunión con Susan y otras personas del equipo.

Por fin era martes y estaba todo preparado para volar a Francia.

Me había sentido tentada de escribirle durante el fin de semana.

De hecho, había escrito un par de wasaps, pero no se los había enviado.

¿Qué podría decir después de lo ocurrido? Nada.

En la reunión que habíamos compartido había al menos otras diez personas en la sala, así que había sido impensable hacer un solo comentario.

Además, él me evitaba: cuando lo miraba apartaba la mirada y rompía el contacto visual. Cuando yo notaba que él me observaba a mí, de forma instintiva buscaba sus ojos, pero él volvía a esquivarme.

Habían sido unos días insatisfactorios. Era una situación insatisfactoria desde la noche del viernes.

Ahora, estaba allí parado esperándome, con una mirada dura.

—¡Lo siento muchísimo! —dije.

—Eres la última —apuntó Susan—. Pensé que tendríamos que marcharnos sin ti.

—He tenido una serie de imprevistos y acabo de pasar el control aleatorio de drogas.

Entregué el billete a la azafata.

Miré a Álvaro.

—Lo siento.

Álvaro no dijo nada y se dispuso a caminar por el finger .

—Bueno, ya estás aquí —zanjó satisfecha—. Así podrás darle conversación a Álvaro, porque yo me muero de ganas de ponerme a dormir. Por un momento pensé que tendría que sentarme con él.

—Álvaro no necesita a nadie que le dé conversación —se quejó el aludido.

Caminamos los tres hasta el avión.

—Álvaro parece no conocerse a sí mismo —replicó Susan con una sonrisa de suficiencia—. Pero yo, como lo conozco bastante bien, me he cogido mi asiento separado, porque sé que necesitaré dormir. Tú, como eres joven, no acusarás una noche en vela —replicó con sorna.

Álvaro la miró con dureza y Susan lo ignoró. Decidí guardar silencio y no hacer ningún comentario, no sabía a qué se referían.

Embarcamos y el avión se preparó para despegar.

Álvaro estaba en la ventanilla, yo, en el asiento de al lado. En el medio de una fila de tres. A mi lado se sentó un joven con gafas, sudadera, unos auriculares grandes y una táblet. Parecía preparado para ponerse una película justo antes de despegar.

Ajustamos los cinturones y nos preparamos.

—No tengas en cuenta lo que ha dicho Susan. No necesito una niñera.

Me fijé en Álvaro. Estábamos justo uno al lado del otro. Si me movía, podía tocarlo. No habíamos estado tan cerca desde el sábado por la mañana y él me había dejado bien claro que debía haber distancia entre nosotros.

—¿Por qué Susan ha cogido el asiento separado?

Álvaro miraba por la ventana mientras el avión se colocaba para despegar.

—Porque no había tres asientos seguidos.

—Sí, pero podría haberse sentado ella conmigo. O vosotros dos juntos.

—No me ha dejado solo porque tiene la absurda idea de que necesito compañía durante el vuelo —explicó sin mirarme—. Y prefiere no sentarse ella a mi lado porque ha sufrido viajar conmigo en varias ocasiones.

—¿Qué quieres decir?

Álvaro cerró los ojos y cruzó los brazos. El gesto era tenso.

—No me gusta volar.

No podía dar crédito.

—Pero vuelas constantemente.

—Por eso precisamente. Porque vuelo constantemente ella no quiere hacerlo conmigo. Sabe que no me tomo nada desde hace mucho tiempo.

—¿Te tomabas algún fármaco?

No abrió los ojos.

El avión se preparó para despegar.

—Alguno que otro, pero no me gusta el abuso. Así que ya no los tomo.

Valoré sus gestos. Estaba en tensión contenida.

—¿Estás seguro? ¿Quieres que le pida algo a la azafata?

Negó.

—No. Relájate y descansa. Soy adulto y sé bien cómo actuar. Susan no tiene ganas de verme tenso. Prefiere relajarse, por eso te ha dejado a ti aquí.

—Bueno… —murmuré poniendo mi mano sobre su brazo—. Puedo ser tu enfermera particular.

Los ojos de Álvaro se abrieron y un azul inmenso se confundió con la noche que se colaba por las ventanillas.

—No va a ser necesario.

—¿Seguro? Te recuerdo que tengo experiencia en voluntariado.

—Seguro —murmuró.

Nos preparamos para despegar.

Álvaro cerró los ojos y casi se convirtió en aquella estatua que había imaginado cuando lo conocí: el rictus serio, tenso, sin moverse ni un milímetro.

Deslicé mi mano hasta la suya y entrelacé mis dedos con los suyos. Álvaro no abrió los ojos, pero apretó mi mano con fuerza.

Tras el impulso inicial, el avión se estabilizó y pudimos quitarnos los cinturones.

Álvaro abrió los ojos por fin y me miró.

—Hola —dije con suavidad.

Nuestras manos seguían entrelazadas. Observando sus ojos azules, oscurecidos por la noche que se colaba por la ventanilla, comprendí que no quería que me soltara.

—Gracias.

—No tienes que darlas —repliqué.

Quería decirle muchas cosas. Las imágenes de lo que había ocurrido entre nosotros el fin de semana pasado llenaron mi mente y, por cómo él me miró, supe que estaba pensando lo mismo.

Abrió los labios para decir algo y bajé la mirada a ellos.

Quería besarlo. Quería que bajara esos labios por mi piel, entre mis piernas…

El corazón se me desbocó y entreabrí yo los labios.

Debió de ser algo demasiado evidente, ya que Álvaro miraba mi boca con hambre.

Justo en ese momento llegó la azafata con la cena.

Me di cuenta de que mi otro compañero de viaje se había quitado los auriculares y estaba cogiendo su bandeja.

Imitamos el gesto y cenamos.

Después Álvaro se puso a revisar algo de trabajo y yo decidí ver una película.

Caí dormida apoyada sobre su hombro.