El chico de Manhattan Capítulo 24 Ese tipo de hombre
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Capítulo 24 Ese tipo de hombre

Ese tipo de hombre

Álvaro

Me callé porque aquello no era lo que había planeado.

No tocarla era lo primero. No besarla, no hacerla mía…

Nada de aquello podía pasar. Menos ahora a plena luz del día, cuando ambos estábamos despejados.

No lo habíamos hecho la noche anterior, cuando podíamos excusarnos en el alcohol.

Me había contenido por respetar aquello que ella había cuidado tanto.

Observé la cruz de oro en su cuello. Fina, elegante. La cogí en mi mano y volví a dejarla sobre su piel. No debería hacer nada de aquello. Ni tocar su cintura cuando estaba hablando con Candela, ni tocarla ahora.

—¿Quién trajo mi maleta?

—Sebastián y Zac. Creo que prefirieron venir en comparsa, por si tenían que reducirme.

Elizabeth esbozó una sonrisa.

—¿Y qué les dijiste?

—¿Qué querías que les dijera? —pregunté buceando en sus ojos.

—No lo sé. ¿Que tuvimos una apasionada noche de amor?

—¿Amor? —murmuré y mi mano estaba en su cuello.

—Sí, para ver qué decían —comentó aderezando su dulzura con picardía.

Moví la cabeza.

—No soy un hombre que da explicaciones, Elizabeth.

Pero, como la mirada de Sebastián tenía un punto de preocupación, les dije que nos habíamos despistado bebiendo en la playa y que estábamos más cerca de mi casa que de regresar a la zona de hotel.

Así que te había dejado una habitación para pasar la noche.

—¿Se lo creyeron?

—Vieron mi almohada y una manta en el sofá. Eso refuerza la teoría.

Asintió.

—Sebastián lleva trabajando conmigo mucho tiempo y, aun así, me miró reprobador. Te protege como un padre.

—Es un gran tipo. Me ha ayudado mucho.

—Creo que estaría dispuesto a partirme la cara y perder su empleo si me hubiera propasado contigo.

—Solo si no hubiera sido deseado… —murmuró mientras los pezones se le marcaban bajo la tela de mi camisa entreabierta.

La solté y me separé ligeramente.

—¿Y Zac? —preguntó.

—Zac estaba furioso y celoso —declaré sin tapujos—. Me pregunto si no sería porque pensaba dormir él contigo estos días.

Elizabeth meneó la cabeza.

—Zac es un amigo —comentó quitándole importancia—. No quiere liarse conmigo.

—Qué poco sabes interpretar las señales de un hombre.

—Es un buen amigo.

—Eso no lo dudo.

—No quiere acostarse conmigo.

—Esa afirmación no puede estar más alejada de la realidad.

—¿No será que eres tú el que está celoso? —preguntó levantando la barbilla.

Me aproximé un poco más a ella. Sentí deseos de hacerla mía allí mismo.

—¿Por tu relación con Zac Smith? —pregunté esbozando una sonrisa.

Elizabeth levantó la cabeza fingiendo más fortaleza de la que tenía. El problema era que yo tampoco tenía ninguna voluntad delante de ella y no estaba seguro de a qué estábamos jugando.

—Quizás…

—No me suelo inmiscuir en las relaciones de mis empleados —repliqué tajante.

—Así que no te importaría que él y yo tuviéramos algo.

Apreté los dientes.

—No tendría nada que decir.

El olor de mi propio perfume llegó a mí.

—¿Por qué te has echado mi perfume?

—Porque quería tener tu olor en mi piel, solo un momento.

Pensé un montón de respuestas y ninguna era apropiada.

—Esto no va a pasar —declaré con voz gutural.

—¿El qué? —preguntó Elizabeth apoyando sus manos en mi pecho con muchísimo cuidado.

—No me toques así… —murmuré acercando más su cuerpo al mío.

—No puedo evitarlo —manifestó.

—Elizabeth, hay un motivo por el que paramos anoche.

—No recuerdo ninguno bueno.

Meneé la cabeza.

—Esto no va a pasar —aseguré una vez más.

Elizabeth subió sus manos a mi cuello y acercó mi cuerpo al suyo.

—Me deseas… —dijo pegándose a mí.

—Esa no es la cuestión.

—Quiero estar contigo —declaró abiertamente. Se acercó a mi oído con toda la valentía de la que fue capaz—. Quiero que me toques otra vez.

La sujeté con fuerza por las caderas y todavía no sabía si era para apartarla o acercarla a mi cuerpo. Estaba decidido a apartarla cuando sentí su olor, que en realidad era mi propio olor, pero mezclado con su piel. Incapaz de contenerme, bajé los labios a su cuello, sin llegar a tocarla.

—No me pidas eso —murmuré sobre su piel.

—¿Por qué?

—Ya sabes por qué.

Mi olor en su piel me llenó las fosas nasales.

Acaricié su cuello con mi nariz y ella se removió.

Bajé mis labios casi sin rozarla por su piel persiguiendo mi propio aroma sobre ella.

Llegué hasta la cruz: allí, en oro, estaba representado el epicentro de su conservadurismo.

Deslicé entonces mis dedos por su piel, bajando entre sus pechos hasta su ombligo.

Deseé arrodillarme entre sus piernas y lamerla, pero no lo hice.

Hice acopio de toda mi fuerza de voluntad y me detuve en su cintura, sin seguir bajando.

Volví a su oído.

—Me voy a dar un paseo, para que puedas vestirte tranquila y desayunar. En veinte minutos vendrá un Uber a buscarte para llevarte a Manhattan.

La solté y me aparté de ella.

—¿No vas a desayunar conmigo?

Negué con la cabeza.

—Si me quedo contigo, acabaré desayunándote yo a ti sobre la mesa de la cocina y eso nos llevará a una situación imposible.

Elizabeth tragó.

—Me marcho antes de que llevemos esto demasiado lejos.

Me di la vuelta, cogí un suéter y me propuse salir de la habitación.

—Quizás yo quiera llevarlo lejos —indicó con valentía.

Miré a Elizabeth por encima de mi hombro.

—Eso no va a pasar, Elizabeth. Yo no soy ese tipo de hombre.

—¿Qué tipo?

—El que entrega un anillo, se compromete, se casa y tiene niños —zanjé con frialdad quirúrgica.

—Yo no he pedido nada de eso —murmuró dolida.

—Ya lo sé. Sé que sería una aventura y tú no te mereces eso. —Me puse el jersey de espaldas a ella antes de salir de la habitación—. Te respeto demasiado como para no protegerte de mis propios instintos —confesé.

Salí de la habitación sin esperar a que Elizabeth me diera una réplica.