El chico de Manhattan Capítulo 23 Probar tu olor
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Capítulo 23 Probar tu olor

Probar tu olor

Beth

La luz del sol me daba en toda la cara. Abrí los ojos y parpadeé. Me costó unos segundos ubicarme. No estaba en mi habitación del apartamento que me había tocado compartir en Los Hamptons. No, estaba en la casa de Álvaro.

Ráfagas de lo que había pasado llovieron en mi cabeza. Recordé a Álvaro siguiéndome mientras me metía en el mar, sus labios encima de los míos, justo antes de hundirnos en el agua, y después aquella locura: él y yo besándonos en la puerta de su casa... Y esta vez no había sido un sueño.

Alargué una mano y toqué el otro lado de la cama.

Estaba todavía húmedo. Recordé cómo habíamos caído sobre la cama.

Él encima de mí, sus labios sobre mi piel, en mis pechos, entre mis muslos, lamiéndome…

Me mordí un labio. Me senté en la cama y recordé a Álvaro arropándome.

Al final no nos habíamos acostado. No lo habíamos hecho porque él había frenado la situación.

Recordé cómo me había tocado de forma devastadora, hasta deshacerme.

Era la primera vez que un hombre me acariciaba así.

Nadie, jamás, me había tocado antes de él.

Recordé cómo me miraba, su olor, el olor a mar y a aquel perfume masculino… Se me erizó la piel.

Si él hubiera querido…

Pero no es que no quisiera. Podía recordar cómo estaba endurecido contra mi muslo. Sí, quería. Quería, pero yo… Había esperado tanto. Había esperado con la idea de que eso significaría algo: esperar a mi noche de bodas, construir un hogar, ser especial para mi marido; ser tocada solo por él.

¿Podría haber aguantado tanto tiempo si mi prometido hubiera sido Álvaro?

En ese momento sentí que todo en lo que había creído se tambaleaba.

No había estado verdaderamente enamorada de Brandon. Sí, me había destrozado lo ocurrido y lo había querido muchísimo, lo suficiente como para comprometerme con él. Pero con él no había sentido esa necesidad, esa ausencia, como si mi propia carne se quejara cuando se alejaba.

Recordé la primera vez que las cosas llegaron lejos con Brandon. Llevábamos ya unos meses y estábamos en su apartamento. Nos besábamos en el sofá, excitados, porque nos gustábamos mucho. Aquella tarde lo habíamos pasado bien jugando a los bolos y Brandon me había llevado por primera vez a su piso.

En el momento en que deslizó su mano entre mis piernas, por encima del vaquero, me encogí.

Recordé en ráfagas cómo había reaccionado mi cuerpo cuando Álvaro me había tocado la noche anterior. No me había encogido, en modo alguno. Había deseado que siguiera tocando, que hiciera muchas más cosas. Cada pedazo de mi cuerpo se había rendido a él. No tenía nada que ver.

—Espera, Brandon. No quiero ir más allá —había dicho en aquel momento.

Brandon me había mirado extrañado.

—Perdona, pensé que querías.

—No es que no quiera.

—Vale, lo entiendo. Es demasiado pronto.

—No es que sea pronto. Yo quiero esperar…

Brandon ensanchó una sonrisa espectacular. Era la imagen de la sonrisa de un joven americano, de arriba abajo.

—Quieres esperar a que signifique algo —declaró acariciándome el brazo con ternura.

Negué.

—Quiero esperar a casarme. Quiero reservarme.

Me miró con sorpresa. Llevábamos cinco meses e íbamos en serio. Había evitado subir a su apartamento hasta entonces y él me había respetado. Sabía que era una chica conservadora.

Era tradicional.

No era excesivamente extraño para una chica joven de Alabama, pero sí que era una rareza.

Brandon asintió y en ese momento me miró diferente. Recuerdo aquello en sus ojos. Como si de repente hubiera observado que el valor de unas acciones había subido.

—Te respeto —contestó sonriéndome.

Me sentí estúpida. ¿De qué había servido todo aquello si él se había acostado con otra? Concretamente, con mi mejor amiga. ¿Con cuántas mujeres se habría acostado en estos dos años de relación? ¿Qué sentido había tenido mi reserva?

Me replanteé todo en lo que había creído con firmeza.

Recordaba las manos de Álvaro sobre mi cuerpo, sus labios en mi piel.

Aquello era muy diferente… Con él no habría podido tener un noviazgo y esperar dos años.

Todo aquello de lo que estaba hecha, de arriba abajo, mi cuerpo, mis manos, mis anhelos, lo reclamaba.

Me habría sido imposible esperar y, sin embargo, la noche anterior no nos habíamos acostado.

Observé mi maleta cerca del sillón. Alguien la había traído. ¿Zac? ¿Sebastián?

Me levanté. Llevaba una camiseta de Álvaro y un bóxer suyo que apenas se veía, ya que la camiseta lo tapaba. Me azoré al pensar que llevaba una prenda suya tan íntima.

Me acerqué a la puerta de la habitación. Al otro lado se escuchaba la voz de Álvaro. La abrí con cuidado.

Álvaro estaba de espaldas, en la cocina.

Tanto la cocina como el salón eran un espacio abierto común.

Antes de llegar a la zona en la que él estaba había que atravesar el salón que nosotros habíamos cruzado la noche anterior.

Él estaba de espaldas. Solo llevaba encima un pantalón Dockers.

Un sol radiante entraba por la ventana a través de la cual dirigía su mirada.

No pude evitar rodar la mía por los músculos de su espalda, por su cintura.

Álvaro estaba teniendo una conversación difícil.

Giró y observé su brazo, su pecho y el perfil de su rostro.

—No, Candela. No vamos a cancelar el viaje —zanjó muy serio.

Estaba otra vez discutiendo con su hermana.

Hablaban del viaje que Susan, él y yo íbamos a hacer a Francia en unos días.

Todavía no sabía cómo se había organizado aquello.

En un primer momento, se había barajado la idea de que Sebastián los acompañase, pero finalmente eso se había descartado, así que yo cruzaría el charco con ellos hasta Europa.

—Lo sé. No, no quiero intervenir en tus decisiones. Sé muy bien lo que significa que seas la CEO de la sucursal de París. —Sostenía el teléfono mientras los músculos de su brazo se tensaban.

Recordé ese brazo anclándome a su cuerpo.

—¡Veinte castillos, Candela! ¡Has comprado veinte castillos!

Es un derroche inmenso. —Se volvió y apretó la mandíbula mientras escuchaba a su hermana—.

Me da igual que tres de ellos pensaran echarlos abajo para construir casas modernas.

Si no los iban a conservar, sería por algo.

La gente no quiere comparar castillos destartalados.

Álvaro se giró del todo y pude ver a plena luz de la mañana su cuerpo. Su pecho era increíble. La noche anterior lo había sentido… Pero verlo, así, era otra cosa.

Sentí que una mano enorme había entrado en mi pecho, había estrujado mi corazón y me había sacudido de arriba abajo.

—No, Candela. Las cosas no son así.

Álvaro levantó la mirada y me encontró observándolo desde la puerta entornada.

Él no dijo nada, pero su mirada de azul grisáceo se oscureció. Yo estaba todavía con su camiseta. Supuse que mi aspecto no era el mejor. No me había duchado y mis cabellos seguramente habían vivido mejores tiempos.

Sin embargo, todo mi cuerpo lo reclamó. Abrí la puerta del todo y me quedé en el umbral.

—Sí, te escucho. Siempre te escucho, Candela.

Álvaro caminó hacia mí mientras sostenía el teléfono con su hermana al otro lado.

Me apoyé ligeramente en el marco de la puerta.

—Sí, Candela. Lo que quieras, pero estaremos en Francia en unos días. Cancela tú ese viaje. No te atrevas a dejarnos colgados.

Álvaro llegó hasta mí. No dijo nada, solo escuchaba a su hermana mientras sus ojos estaban clavados en mí.

—Exacto, llegaremos el miércoles por la mañana.

Álvaro estaba muy cerca. No pude evitar bajar los ojos a sus labios. En cuanto lo hice, sentí su mano en mi cintura. Solo un gesto. Un ligero apretón, pero ahí estaba. Sentí el calor extendiéndose por mi estómago.

Separó el teléfono de la oreja y lo apoyó sobre su pecho.

—Han traído tu maleta.

—La he visto —confesé—. Espero que no haya sido un escándalo.

Se encogió de hombros.

—Es posible, pero nada que no podamos manejar.

—Voy a ducharme.

Asintió.

—Estupendo. —Hizo una pausa—. Estoy hablando con mi hermana.

—Me he dado cuenta.

—No tardaré mucho.

—Bien.

Álvaro volvió a subir el auricular a su oreja y por fin me soltó. Nos quedamos mirándonos unos segundos más hasta que él rompió el contacto visual y dio un paso atrás, siguiendo la conversación con su hermana.

Me metí en el baño y me di una ducha de agua caliente.

Después salí y me sequé con una toalla blanca enorme.

Busqué un secador en el armario y me sequé el cabello en unos minutos.

Volví a la habitación y me puse ropa interior limpia.

Busqué unos vaqueros y una camiseta en mi maleta y los saqué.

Iba a vestirme cuando me fijé en la maleta de Álvaro abierta.

Al lado tenía una camisa blanca colgada de una percha.

Me mordí el labio y no pude evitar acercarme a ella. Toqué la tela y la cogí. Olía a limpio. Me la puse, solo por la sensación de tener encima de mi cuerpo algo suyo.

Ojeé su maleta. No era de ese tipo de personas que se inmiscuyen, pero estaba abierta y no pude evitar fijarme en un neceser entreabierto sobre ella.

De su interior asomaba un frasco de perfume, Creed Aventus.

Era muy masculino, con notas de madera, almizcle y abedul ahumado, muy exclusivo.

Al olerlo fue como si Álvaro me rodeara.

No pude evitar echarme un poco. Solo quería saber cómo olía, pero, por algún motivo, terminé echando unas gotas sobre mi piel.

En ese momento entró Álvaro en la habitación y me miró, observándome en el espejo, con su camisa y su perfume en la mano.

—Si hubiera sabido que no necesitabas tu ropa, no habría pedido que trajeran tu maleta.

Por algún motivo me pareció un depredador caminando hacia mí, pero también tenía aquel aire sofisticado, inalcanzable, contenido.

—Me la quito ahora. Solo quería…

Me callé.

Álvaro llegó hasta mí.

Me di la vuelta y me apoyé en la cómoda. Con el espejo a mi espalda.

—¿Qué querías? —preguntó poniendo una mano a cada lado del mueble, encerrándome entre sus brazos, sin llegar a tocarme.

—Probar tu olor —confesé.

Algo líquido se coló entre nosotros. Sus pupilas se dilataron cuando se acercó a mi oreja.

—Yo tengo tu olor metido en mi cabeza… y, en cuanto a probar, mejor me callo.