El chico de Manhattan Capítulo 22 Un beso con sal #4
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Capítulo 22 Un beso con sal #4

—Porque quería esperar —declaró sin dobleces—. Sé que es una idea antigua, pero quería esperar al matrimonio. A estar casada, a que significara algo.

Frase tras frase Elizabeth me fue destrozando. ¿Todavía había chicas así…? ¿Esperar a estar casada? ¿A que significara algo?

Me retiré ligeramente. Sentándome en la cama.

—No te apartes —me pidió sentándose también.

—No quiero apartarme.

La luz de la luna entraba ofreciendo sombras sobre la cama.

Elizabeth estaba a mi lado, pero de repente estábamos a kilómetros de distancia.

—No quiero que te detengas, pero tenía que decírtelo.

Moví la cabeza negando. No porque quisiera detenerme; simplemente, porque necesitaba despejarme, pensar.

Ella era virgen. Un nuevo impedimento. Todo me decía que no la tocara…

Era más joven que yo. La barrera generacional era de doce años nada menos.

Era mi empleada, por lo que yo ejercía un papel de superioridad sobre ella.

Había huido de Alabama por una ruptura con su prometido y necesitaba reconstruir su mundo, no liarse con su jefe.

Era la hija de Thomas Harrington, inversionista de mi empresa y quien me había confiado a su hija porque creía que trabajando para mí estaría a salvo.

Todo eso ya eran muchas cosas… Y ahora esto: era virgen.

Eso constituía una barrera insalvable. No había estado con ningún hombre por decisión propia, por pura convicción, porque quería esperar al matrimonio.

La conclusión estaba clara: ella no era para mí. ¿Qué estábamos haciendo?

—Álvaro, por favor…

La miré: empapada, con la ropa a medio quitar. Me dolió el cuerpo entero. Me dolía la entrepierna como si me hubieran atado a un instrumento de tortura.

Tiró de mí e hizo que la mirara a los ojos.

—No quiero que pares —confesó.

—Eso no tiene sentido. Lo dices porque hemos bebido y nos hemos dejado llevar. No estás pensando de forma racional.

Elizabeth apoyó su frente en la mía mientras permanecía pegada a mí.

—Lo digo porque quiero estar contigo. No lo he deseado con nadie antes, no con esta fuerza. No así…

Elizabeth me buscó con la mirada. Sus manos buscaron mi cuello.

—No así, ¿no lo entiendes?

No lo podía entender. O no lo quería entender.

—Elizabeth…

Se subió a horcajadas sobre mí.

Mi pantalón estaba empapado. Ella estaba empapada y yo no podría seguir pensando con claridad, no con ella encima de mí.

—No me dejes así —susurró encima de mi boca justo antes de besarme.

Elizabeth me besó y todos mis reparos saltaron por los aires. La aferré fuerte por las caderas para aproximarla a mí, para que nuestros cuerpos hicieran contacto y sintiera lo duro que estaba por ella.

Elizabeth jadeó mientras se frotaba contra mi dureza.

Enredé mis manos en sus cabellos. La trenza se había deshecho hacía tiempo.

Necesitaba besarla, devorarla, dejarla sin aliento...

Comérmela entera, cada pedazo de piel llena de sal, cada uno de sus pensamientos.

Hacerla jadear. Giré hasta tenerla otra vez debajo de mí y tomar nuevamente el control.

Tiré de su camisa empapada hasta quitársela y después tiré del bikini hasta que los nudos cedieron y los deshice. La prenda cayó fuera de la cama.

Elizabeth me miró respirando deprisa, con los labios hinchados. La hice girar encima de la cama, hacia el lado derecho. Buscando una zona donde las sábanas no estuvieran tan mojadas.

Elizabeth me acarició el pecho.

Aparté su cabello para poder ver su piel blanca irreal sobre las sábanas de mi cama.

Era tan hermosa. Había estado con muchas mujeres.

Muchas de ellas seguramente más impresionantes que Elizabeth…

Pero, de alguna manera, ella lo era más.

Era una belleza que me dolía al mirar. Casi como observar algo que sabía, en el fondo de mi cabeza, que no era para mí.

Sin embargo, el lobo que se escondía en mi corazón ansiaba ser digno de sus caricias.

Bajé los labios para hundirme en su boca y no pensar más. No volver a pensar. Solo quería perderme en su piel y en aquella noche llena de sal y de mar.

Anclé una pierna entre las suyas, presionando en su punto más sensible, y ella gimió por la fricción.

Deslicé mi mano entre sus pechos hasta su ombligo y seguí bajando. Esta vez no me frené. Colé la mano por debajo de la tela y dejé de besarla un momento, para ver su rostro cuando la tocara.

Gimió.

—Álvaro…

La acaricié con delicadeza. Con más delicadeza de la que solía tener.

Ella gimió sobre mis labios mientras yo acariciaba su humedad, su carne, mientras deshacía todo lo que ella había sido.

No tuve piedad y la acaricié. Necesitaba verla romperse.

Quería hundir mis dedos en ella. Follarla sin ningún tipo de compasión con mi mano, robarle aquello que había guardado tanto tiempo y después penetrarla profundamente.

Pero algo en mi cabeza, un ruido primitivo, me impedía tomar aquello que estaba al alcance de mi mano.

La tenía, ella era mía, pero sin tomarla.

Elizabeth estaba en mis manos rendida a mí…

y yo la acaricié y la acaricié, deleitándome en lo mojada que estaba…

En lo que yo había conseguido, deshacerla así, con caricias superficiales, sin llegar a penetrarla.

—¿Nadie te ha tocado así? —susurré en su oído.

—No —gimió echando la cabeza hacia atrás—. No, nunca…

¿Por qué? ¿Por qué? La cabeza se me llenaba de fuego, de piedras y de mar.

La necesitaba. No me importaba lo que ella había esperado.

Pero, sin embargo, a pesar de todos aquellos pensamientos, solo la acaricié tocando todo su sexo, de arriba abajo, recreándome, midiendo cada contacto… Pero sin llegar a penetrarla.

—¡Álvaro! —gimió mientras yo seguía.

Seguí y seguí en su punto más delicado, hasta que no pudo más. Hasta que la destrocé en cien mil pedazos, hasta que se rompió y cerró las piernas sobre mi mano. Me sentí enfermo, endurecido contra su muslo, sin poder tenerla.

Bajé la cabeza hasta su cuello y la mordí en el hombro, mientras ella temblaba. Supongo que de algún modo quería quedarme con un pedazo de ella. Quería hacerle tantas tantas cosas. Todas oscuras y densas… Pero retiré la mano, me obligué a dejar de tocarla y me quedé a su lado, dolorido y ardiendo.

Elizabeth me miró.

Besé la punta de su nariz. Algo que incluso a mí me sorprendió. Yo no solía tener ese tipo de gestos.

Elizabeth levantó la mano y me acarició el rostro.

Besé la palma.

—¿No vamos a seguir? —preguntó algo desconcertada.

—No —murmuré—. Es mejor así. Es muy tarde y estamos bebidos.

—Pero…

Bajé los labios y la besé.

—Mejor vamos a dormir —declaré haciendo acopio de toda la voluntad de la que fui capaz.

Tiré del cuerpo de Elizabeth hasta la zona más seca de la cama. Me levanté y fui a por una camiseta mía ancha y un bóxer.

Elizabeth se sentó y la ayudé a ponerse la camiseta. Se sacó el cabello, que ya estaba parcialmente seco, por fuera y se volvió a tumbar sin dejar de mirarme.

—No era esto en lo que estaba pensando.

—Ya, pero es mejor así —repliqué.

Me senté y puse las manos sobre sus caderas, metiéndolas por debajo de la camiseta. Enganché las tiras del bikini mojado y tiré de él hasta sacárselo. Ella facilitó la maniobra. Acto seguido le puse el bóxer, evitando ver demasiado, todavía estaba dolorido.

Subí la sábana y la tapé. Era la primera vez en mi vida que arropaba a una mujer.

—¿Y ya está? —murmuró.

Había dejado la sábana por su pecho. Pensé en subírsela hasta el cuello.

Me agaché a su lado en la cama.

Le acaricié el rostro.

—Ya está —afirmé y le di un pico suave—. Duerme, yo voy a ducharme.

La dejé en mi habitación y me metí en el cuarto de baño.

Encendí la luz, dejé los pantalones y mi ropa interior, empapada, en el suelo y me metí en la ducha.

Puse el agua caliente, muy caliente. Quizás el primer pensamiento fuera el de darme una ducha fría para tratar de relajarme, pero sería incapaz de relajarme teniéndola a ella al otro lado de la puerta. En mi cama.

Puse más caliente el agua. Apoyé ambas manos sobre las baldosas y dejé que el calor se derramara por mi espalda.

No era capaz ni de pensar en todo lo que había pasado.

No podía razonar. Elizabeth lo llenaba todo y el esfuerzo que había hecho por no saltar sobre ella y arrancarle aquella camiseta había sido titánico.

Me hundí en el vapor de la ducha y desaparecí.