El chico de Manhattan Capítulo 22 Un beso con sal #3
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Capítulo 22 Un beso con sal #3

Elizabeth me abrazó, rodeándome con ambos brazos el cuello, y en el momento en que nuestros labios se encontraron nos hundimos en el agua. Mi boca encima de la suya, mientras sus brazos se aferraban a mí, sumergidos por completo en el agua.

Un beso debajo del agua. Nuestro primer beso.

Estuvimos con la cabeza debajo del agua apenas unos segundos y en todo ese tiempo Elizabeth no me soltó ni un solo instante. En ese momento debí comprender el alcance de su fuerza, pero todavía no tenía ni idea.

Emergimos cuando tiré de ella hacia arriba. Salimos a flote y cogimos aire sin dejar de mirarnos con las bocas a un par de centímetros.

La cogí a horcajadas y Elizabeth rodeó mi cintura con sus piernas.

—Esto va a ser un gran error —afirmé sobre sus labios.

Elizabeth estaba tratando de tomar aire, completamente empapada y abrazada a mi cuerpo.

—No lo es —aseguró.

No la dejé decir ni una palabra más. Mientras con el brazo izquierdo la sostenía contra mí, con mi mano derecha sujeté su cuello para volver a besarla.

Con hambre. Con verdadera hambre por primera vez en mi vida.

Elizabeth sabía a sal, a las olas del mar que se golpeaban contra nuestros cuerpos.

Que no nos dejaban y rugían, como mi pecho.

Mientras, mi lengua se hundía en la suya y mis dientes la reclamaban como propia.

Quería deshacerla, centímetro a centímetro.

Había imaginado cómo sería besarla, pero no sabía que sería de una manera tan rocambolesca con sabor a sal.

No sé ni cómo salimos del agua, pero sé que acabamos en la puerta de mi casa. Recuerdo como Elizabeth estaba completamente empapada contra la pared de la entrada de mi casa en Los Hamptons.

La besé sin descanso volcando el peso de mi cuerpo sobre el suyo. Clavando una de mis piernas entre las suyas, mientras ella jadeaba contra mis labios.

Estábamos enfermos y febriles. Ciegos y sordos a qué pasaría mañana. Con la excusa de la botella que nos habíamos bebido.

—Espera, déjame abrir.

Saqué la llave que había dejado encima del marco de una ventana y entramos en la oscuridad de mi apartamento.

Dejamos en la entrada el calzado sin dejar de besarnos. Sentía las manos de Elizabeth sujetándome la cara, subiendo por mi cuello, tirando de mí. Sé que me saqué mi iPhone y lo apoyé en algún mueble de camino a la habitación.

Mis manos se enredaban con las de Elizabeth para desabrochar los botones de mi camisa, que se cayó sobre el suelo de mi habitación en medio de la penumbra. La luz de una inmensa luna se colaba por las ventanas.

Elizabeth se detuvo un momento a mirarme. Levantó una mano para acariciar mi pecho.

—Eres tan perfecto. Pareces irreal y, sin embargo, estás aquí…

Los dos estábamos bebidos. Me sentí vulnerable, yo que jamás me había sentido así.

Allí, enfrente de ella, en medio de la noche, con la escasa luz que entraba a través de la ventana y sus dedos acariciándome sutilmente el pecho.

Era una caricia lenta, sensual, y yo me sentía a punto de saltar sobre ella.

Cogí su mano y besé la palma. Incapaz de contenerme, tiré de su cuerpo hacia mí.

La besé. Reclamé su boca. Estábamos empapados.

Caminé guiando su cuerpo hasta que caímos sobre la cama.

Había un cobertor blanco. No pensé ni un segundo en que lo empaparíamos.

No podía pensar. Deseaba tanto a Elizabeth que me dolía el cuerpo entero.

Quería tenerla. Ver como se encorvaba cuando entrara dentro de ella.

Hacerla gemir, gritar, suplicar… Toda mi cabeza estaba llena de pensamientos que se hundían en su cuerpo, en las capas que había entre lo que éramos y lo que deseábamos.

No quería escuchar aquello que gritaba desde el fondo de mi cabeza: ella era demasiado buena para mí.

Me sentía haciendo equilibrios sobre un cable a decenas de metros de altura.

La besé, con mi cuerpo encima del suyo. Por fin, la tenía debajo de mí, sobre la cama.

Su camisa estaba empapada y apenas mantenía ya un par de botones cerrados.

Los abrí sin dejar de besarla y después deslicé mi mano por su estómago.

Elizabeth gimió mientras llevé mi mano hasta su pecho y lo sujeté.

Rompí el beso en ese momento en el que apretaba su pecho por encima de la tela de su bikini negro.

Elizabeth jadeó contra mis labios mientras su pezón se erizaba contra mi mano.

—¿Te gusta?

Necesitaba escucharla.

—Sí —jadeó y volví a acariciarla. Pasando mis nudillos sobre el pezón erecto.

Ella se retorció y yo quería volverla loca.

Lamí su cuello que sabía a ella, a sal y a mar. Deseé arrancarle toda la ropa, pero por otro lado necesitaba recrearme, verla perder el control.

Ignoré la pequeña cruz de oro que solía llevar y todo lo que representaba.

A pesar de que estaba allí, sobre su piel.

Me incorporé ligeramente para ver su mirada cargada de deseo mientras seguía acariciando su pecho.

Me pasé al otro y la sometí a la misma tortura.

Elizabeth me clavaba las uñas en los brazos.

Tiré de la tela y abrí la cortina del bikini en ambos pechos dejándola semidesnuda. La escudriñé con la mirada. Elizabeth jadeaba bajo mi mirada y mis caricias. Mientras mi pierna se clavaba entre las suyas y yo estaba completamente duro contra su cadera.

—Eres lo más bonito que he visto en mi vida —declaré.

Esa fue la primera vez que le dije algo así a una mujer, y fue a ella, a la chica Harrington.

Me miró con los ojos vidriosos por el alcohol y el deseo, pero no la dejé decir nada en respuesta.

Devoré su boca mientras mi mano apretaba su pecho.

Caí como un lobo encima de ella. Deslicé mi lengua por su cuello hasta sus pechos, con las cortinas abiertas del bikini.

Lamí y besé su piel, sus pechos, empachándome mientras ella se retorcía debajo de mí.

Seguí bajando hasta el ombligo y hundí mi lengua en él.

Acto seguido, deslicé mi mano entre sus piernas, encima del pantalón corto vaquero, y la acaricié.

En ese momento Elizabeth echó la cabeza hacia atrás en la almohada y exhaló fuerte mientras yo movía mi mano adelante y atrás, apretándola lo justo, buscando darle el máximo placer.

Si algo sabía hacer era cómo tocar a una mujer.

Me senté sobre mis rodillas para desabrochar su pantalón y quitárselo.

Llevaba unas braguitas negras del bikini.

Deseé quitárselas. Dejarla solo con la camisa empapada abierta que se pegaba a su piel y la parte de arriba con el bikini negro abierto.

Con aquel cordón que iba de uno de sus pechos al otro.

Deseé quitárselas y abrirle las piernas, mirar directamente y lamerla mientras la sujetaba con fuerza, para que no se pudiera mover.

Pero una parte de mí quería echar freno a todo eso que rugía dentro de mí.

No quería llevarlo todo al límite tan rápido.

Así que la dejé con la parte de abajo del bikini puesto, empapado contra su piel.

Bajé entre sus piernas y besé su muslo derecho con lentitud, escuché como gemía mientras le abría las piernas para deslizar mi lengua por su muslo hacia su entrepierna.

Toda ella olía a mar, sabía a sal y a su piel.

Al sabor de Elizabeth que yo había necesitado todo ese tiempo.

Bajé hasta el vértice en el que se unen sus piernas y la lamí directamente sobre la tela.

Después mordí ligeramente justo en su punto más sensible.

Elevé la mirada para buscar sus ojos, pero Elizabeth se había puesto un brazo sobre los ojos mientras jadeaba.

El pudor, la vergüenza, la excitación eran demasiado para ella, pero yo todavía no alcanzaba a saber hasta qué punto.

La acaricié moviendo mis dedos sobre la tela. Hundiéndome apenas nada.

Ella se movió, jadeó y yo volví a morderla suavemente, a deslizar mi lengua, porque podía contenerme, pero, aun así, necesitaba deshacerla, centímetro a centímetro.

Subí hasta su ombligo nuevamente y lo besé mientras con mi mano la estimulaba por encima del bikini, que estaba empapado, del mar y de su excitación.

Volví a subir hasta su cara porque necesitaba mirarla a los ojos, pero ella seguía con el brazo derecho encima del rostro.

—Mírame —dije con voz gutural.

Elizabeth apartó el brazo mientras yo seguía tocándola sobre la tela en aquel punto tan sensible. En su punto más sensible. Me miró excitada, entregada, algo asustada… Tan vulnerable. Jamás una mujer se me había mostrado así.

—No quiero que dejes de mirarme —dije con la voz cargada.

Estaba duro, pegado a su muslo. Me dolía todo el cuerpo por el esfuerzo de contenerme y no deshacerme ya de las prendas que había entre nosotros y así poder penetrarla profundamente.

Elizabeth subió una mano para acariciarme con delicadeza la mejilla y los labios. Besé sus dedos y volví a bajar los labios hasta su boca para besarla.

—Quiero ver como te deshaces en mis manos —confesé sobre sus labios cuando comencé a deslizar los dedos debajo de la tela mojada de su bikini.

Como si hubiera activado el resorte equivocado, Elizabeth me sujetó el brazo con fuerza.

—Álvaro —murmuró.

—¿Qué ocurre?

—Nada… Yo…

Observé como se avergonzaba. Quería decir algo, pero no sabía cómo hacerlo. Pensé que se había arrepentido. Que el alcohol había actuado por nosotros y ahora ella se asustaba de que las cosas hubieran llegado tan lejos.

—Soy virgen —declaró de repente.

El mundo explotó.

Me detuve del todo.

Ambos estábamos muy bebidos, pero no hacía falta mucha lucidez para entender perfectamente qué era lo que había dicho Elizabeth.

Retiré mi mano, sacándola de debajo de la tela, y la apoyé en su cintura para no parecer tan brusco. Para no apartarme de golpe.

—No me sueltes —murmuró como si le doliera.

—Pero… No entiendo.

Buscaba una explicación. Era una mujer preciosa, inteligente, adulta… Había tenido novio. No solo eso: había estado prometida… ¿Cómo era posible?

—¿Por qué? —preguntó mi boca por mí.

Elizabeth me acarició el brazo.