El chico de Manhattan Capítulo 22 Un beso con sal #2
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Capítulo 22 Un beso con sal #2

—Tu camisa era el faro. Entre el rumor de las olas sentía una llamada: «¡Elizabeth, ven!

» —expuso—. Y pensé: ¿quién es? ¿Quién podría apartarse, triste y solo, cuando la fiesta está en pleno apogeo?

—Me miró y me pregunté si estaba tirándome el anzuelo.

Observé sus labios, lo peor es que estaba deseando picar—.

He seguido la llamada y me he traído la botella que iba a compartir con Zac y Sebastián…

Y mira: aquí estás. Menos mal que eres tú y no un posible asesino descuartizador.

Alargó la botella hasta mí.

Observé su brazo con la camisa remangada. Era de una complexión fina.

—Bueno, creo que soy mejor compañía que un descuartizador, pero te has arriesgado. Este es un buen escenario para Dexter.

Levantó la ceja, pero no retiró la ofrenda. Cogí la botella y bebí.

—Si apareciera, trataría de dialogar con él. Siempre he tenido un buen discurso y, además… Dexter siempre acababa con los malos. Yo soy objetivamente buena.

Ensanchó su sonrisa. Me sentí febril y toda mi contención se cristalizaba a punto de romperse en mil pedazos, solo con un gesto tan sencillo...

Quería comerme aquella sonrisa. No debía tener esos pensamientos caníbales con ella, pero eran imposibles de obviar.

Especialmente, cuando ella estaba cerca.

Podía obviarla cuando estaba a distancia, pero no cuando la tenía a escasos centímetros.

Le devolví la botella. La cogió y bebió. El champán estaba frío y era refrescante.

—Me sorprende que conozcas la serie. Eras muy pequeña…

—Perdona, abuelo —se rio y dio un nuevo trago—. Siempre me olvido de que a tu lado soy una niña.

—Una niña no…

Me miró sosteniendo aquello en el aire que yo había dejado flotando.

—No, ¿pero?

—Pero sí eres mucho más joven que yo.

—Vaya… Realmente tienes que empezar a hacerte retoques estéticos. Alguno que otro ya va haciéndote falta.

Se notaba que Elizabeth llevaba alcohol en sangre.

Ya me había demostrado que, a pesar de su timidez inicial, era muy capaz de romper con ella, pero ese coqueteo más abierto no era habitual en ella…

Habíamos estado acercándonos y alejándonos desde el principio.

Sentía deseos de alargar la mano hasta tocarla y acercarla a mí.

—Bueno, no me has contestado.

—¿Cuál era la pregunta? —traté de ubicarme.

—¿Quién podría apartarse triste y solo cuando la fiesta está en pleno esplendor?

—No suelo quedarme demasiado en estos eventos. Es trabajo —aclaré—. Especialmente, para mí. La gente no tiene ganas de soltarse delante del CEO.

—Eso lo estás presuponiendo —comentó devolviéndome la botella.

—En todo caso, no estoy triste y solo. Solo solo.

—Solo, como el titán Atlas —murmuró y sus labios me parecieron brillantes bajo la luz de la luna.

Bebí un largo sorbo y volví a entregarle la botella.

Elizabeth bebió a su vez sin dejar de mirarme.

—Deja un poco tu carga —añadió—. O compártela conmigo… Yo podría ayudarte a llevarla, soy mucho más fuerte de lo que parezco.

Miré al mar.

—No sé si podría dejarla y desde luego no estoy acostumbrado a compartirla.

Elizabeth sonrió con cierta nostalgia y también volvió la mirada a aquellas aguas oscuras. Estaba claro que el alcohol envalentonaba sus acciones. Normalmente era más prudente, aunque me había demostrado en más de una ocasión que podía mostrar gallardía cuando era necesario.

—Por supuesto que no —comentó como si ella me conociera perfectamente en aquellos meses.

Volvió a beber. Una, dos veces.

Pensé que no deberíamos estar tan alejados del grupo. Eché un vistazo hacia la zona de la fiesta. El bullicio festivo apenas era un murmullo. La distancia era considerable como para distinguir a una sola de las personas que se distribuían por la playa a lo lejos.

—No es que no quiera hacerlo. Es… simplemente así —añadí como si necesitara justificar mi respuesta—. Llevo tantos años en esta dinámica que me he acostumbrado.

Elizabeth me ofreció la botella una vez más, casi nos la habíamos terminado. Me pregunté qué estábamos haciendo y si aquello era una excusa para algo más… Las manos empezaban a picarme de las ganas de tocarla.

—Yo también me he acostumbrado… A nuestros encuentros y a que desaparezcas mientras me quedo pensando.

—¿Pensando?

—Sí, pensando en qué es esto que nos mantiene atados.

La miré: sus labios entreabiertos, la oscuridad con las estrellas cerniéndose sobre nuestras cabezas.

No dije nada.

—Cuando te conocí todavía me sentía rota y apareciste de la nada para caerte justo encima de mí. Fue como un golpe de realidad.

—Un golpe de realidad —repetí como un autómata.

Elizabeth se puso de rodillas sentándose sobre sus talones.

—Sí, como si necesitara algo que me hiciera despertar. Que me hiciera ver que aquel dolor no era tan profundo. No era tan real, no como esto —dijo llevándose la mano al pecho, al lugar donde estaba su corazón.

No podía dar crédito a lo que estaba diciendo. La veía allí, abriendo su pecho para que yo pudiera asomarme y ver lo que había dentro, sin subterfugios.

—Elizabeth…

—Estuve enamorada de Brandon, pero ahora comprendo que no era un amor profundo.

No era una necesidad carnal. Era más un acuerdo acompasado…

Me dolió por el engaño, la ruptura del compromiso, la decepción.

Comprometerme, casarme, formar una familia era lo que siempre había anhelado…

—Sonrió con un punto de tristeza en los ojos—.

Quería lo que siempre han tenido mis padres.

El pack completo: el matrimonio, el hogar y los hijos.

Miró su anillo.

No dije nada.

—Por eso no he podido quitármelo, a pesar de esto que tengo en el pecho.

Decía tanto que resultaba abrumador. Se quitó el anillo y lo sostuvo en la palma de su mano.

Elizabeth se levantó y se acercó a la orilla.

Dejé la botella y me levanté con una extraña sensación de protección.

Caminó un par de pasos hasta que metió los pies en el agua.

—Espera, Elizabeth.

—No, déjame hacerlo.

El agua le llegaba por los gemelos. Miró a aquel océano oscuro y lanzó el anillo.

Acto seguido me miró.

—Tenía que habérmelo quitado en Alabama, pero supongo que tenía que hacer una transición.

Entender qué era lo que tanto me había dolido.

No era tanto por perderlo a él, era el desengaño.

Perder la vida que íbamos a compartir. Un sueño roto.

—Hizo una pausa sin dejar de mirarme de aquella forma devastadora—.

Creo que, en realidad, Brandon y yo no nos conocíamos de verdad.

Volvió su mirada hacia el agua, a donde había lanzado el anillo.

—Quizás alguien lo encuentre en la playa —comenté para quitarle hierro.

Elizabeth rompió a reír.

—Me gustaría. Que el final de mi historia fuera el principio de otra. Pero de una que tenga una base sólida, unas raíces reales.

Me miró con cierto aire enigmático.

—No tengo ni idea de nada de eso —me escuché decir.

—¿No lo viviste con ninguna de tus novias? —preguntó adentrándose un par de pasos más en el agua.

—No he tenido novias… Elizabeth, no te metas en el agua. Está oscuro, has bebido, es una idea terrible.

Dio un par de pasos más ya con el agua por encima de las rodillas.

Se dio la vuelta y me miró.

—¿No has tenido novias?

—No, novias no —repliqué entre el murmullo del agua en la que me estaba metiendo detrás de ella.

—¿Parejas?

Sus ojos oscilaron.

Negué con la cabeza. El agua nos rodeaba y el alcohol hacía mella en nuestros cuerpos. Deseé alargar una mano y cogerla para acercarla a mí.

—¿Ligues?

—No tengo ligues.

Caminó de espaldas y el agua ya le llegaba por los muslos.

—¿Has llevado una vida de monje? —preguntó con guasa.

—No precisamente. ¿Podemos seguir hablando en la orilla?

Elizabeth me miraba. Caminé detrás de ella, el agua ya me alcanzaba las rodillas.

—Pero… te habrás enamorado.

No dije nada.

—Tienes que haberte enamorado —insistió.

—No hacemos nada metiéndonos en el agua. Los dos hemos bebido… No es una buena idea.

Elizabeth dio un nuevo paso hacia atrás.

—Ven —la llamé alargando una mano hacia ella.

—De eso nada —replicó caminando un poco más.

El agua le llegaba por la cintura.

—Por favor, Elizabeth…

Una sonrisa asomó a sus labios.

Se metió más en el agua y no pude evitar meterme detrás, a pesar de que mi iPhone estaba en mi bolsillo derecho. El agua a Elizabeth ya le llegaba al pecho.

—No. Me gusta, resulta refrescante.

Caminé detrás de ella, entre el agua oscura.

Elizabeth tenía ya el agua por los hombros.

Me adelanté y por fin cogí una de sus manos con la mía. Atrayéndola hacia mí.

—Esto que estás haciendo es una estupidez —declaré entre el murmullo del agua.

El cuerpo de Elizabeth golpeó el mío en el agua y yo lo aferré de forma instintiva.

—¿Tú crees? —murmuró con la mirada vidriosa.

—Desde luego —repliqué con mi mano en su espalda.

Elizabeth flotó brevemente y su cuerpo subió un poco. Su cara estaba a escasos centímetros de la mía.

—Es una soberana tontería —añadí.

Estaba empapada. Su cuerpo se chocaba con el mío con el breve oleaje.

—¿Por qué habría de tener miedo? —preguntó en un murmullo—. Está aquí mi caballero de brillante armadura.

—Yo no soy nada de eso —repliqué observando las gotas saladas sobre sus labios.

—No… Eres un caballero oscuro, pero eso no te quita un ápice de brillo.

Deslicé mi mano por su cuello.

Elizabeth se zafó de mi caricia, metiéndose un poco más mar adentro, dispuesta a provocarme.

—Elizabeth —murmuré hipnotizado, como si ella fuera una sirena y yo estuviera a punto de hundirme, de morir ahogado por ella. Incapaz de obviar su canto.

— Mi caballero oscuro…

Volví a cogerla. Nuestro cuerpo hizo contacto en varios puntos. El agua le llegaba al cuello. Ella era un poco más baja que yo y, por lo tanto, mi posición era de superioridad. Mis labios siguieron los suyos, sin llegar a tocarla.

—Esto es una locura… —declaré.

Alargué mi mano por detrás del cuello de Elizabeth.

Ella se echó hacia atrás justo cuando mis labios alcanzaron los suyos.

Justo en ese momento la besé.