Capítulo 22 Un beso con sal
Un beso con sal
Álvaro
Me aparté un poco del bullicio de la fiesta.
La convención estaba siendo un éxito y eso me hacía sentirme satisfecho.
Había pasado las últimas dos semanas entre Alemania, Bruselas y Texas.
Estaba cansado de hoteles, cambios horarios, reuniones y de tratar de solucionar problemas constantes.
Mi día a día era trabajar. No hacía otra cosa.
Llevaba tiempo sin ir al gimnasio, ya ni hablar de ir a jugar al pádel con unos colegas con los que solía quedar de vez en cuando.
El trabajo me había absorbido por completo.
Sentía una inmensa presión y de lo único de lo que tenía ganas era de irme a mi casa, enterrarme en mi piso de Manhattan y dormir durante catorce horas, pero jamás había faltado a una de esas convenciones.
Estar allí era una cuestión de responsabilidad con mis empleados, era el CEO.
Aquel evento siempre se había hecho en Los Hamptons.
Hacíamos un día de actividades, comida, tiempo libre para que la gente fuera a la playa por la tarde o a descansar y, al caer la noche, una cena muy informal.
Los empleados se liberaban de la presión y conseguía conectar a gente de distintos departamentos que no solía compartir trabajo en su día a día.
El día estaba por terminar y prácticamente ya podíamos confirmar que había sido todo un éxito. Estábamos ya en las copas y baile tras la cena.
Se notaba que la gente tenía ganas de relajarse y que estábamos en la playa.
Todo el mundo llevaba un atuendo veraniego, ropa cómoda y playera.
Más de uno estaba ya directamente en chanclas.
Hacía calor para estar en junio y yo mismo había optado por una camisa blanca de lino con unas bermudas caqui.
Por la mañana habíamos tenido un paseo en un yate, después habíamos disfrutado de una cata de vinos y seguidamente habíamos comido.
Durante la tarde había habido tiempo libre.
La gran mayoría lo había pasado en la playa.
Era el plan favorito. En mi caso, lo había empleado en descansar en mi propia casa, que se ubicaba a un kilómetro y pico de donde estábamos ahora mismo.
Nos habíamos reencontrado para cenar hacía ya un par de horas.
Se había tratado de una cena informal tipo cóctel.
Sin asientos fijos. En la que la gente estaba más preocupada por disfrutar y beber vino que por comer.
El salón estaba abierto con varias puertas de cristal dobles que daban a la playa y, al estar todas abiertas, la sensación era muy relajada e invitaba a continuar la fiesta directamente sobre la arena.
El vino había dado lugar a las copas y el ambiente era festivo.
Di un trago a mi copa. Era la segunda. Mi intención no era beber, pero necesitaba algo anestesiante para soportar el cansancio y para mantenerme lejos de ella.
Miré a Elizabeth justo en la otra punta del salón.
Donde estaban las puertas de cristal que se abrían a la playa.
Supuse que ella, Zac, Sebastián y unos compañeros de Contabilidad con los que habían hecho piña todo el día habían pasado la tarde en la playa y habían venido directamente a la cena.
Elizabeth tenía su cabello rubio recogido en una trenza informal que caía por su hombro derecho.
Vestía una camisa color crudo bastante transparente que insinuaba un bikini de cortina negro, y un pantalón vaquero corto.
Le había cogido algo el sol en la piel y se reía mientras hablaba con Zac y giraba una sombrilla de papel de su cóctel.
Sentí deseos de enredar aquella trenza en mi mano para tirar de ella ligeramente y lamer su cuello.
Eché aquel pensamiento a patadas de mi cabeza.
—Está siendo un éxito, ¿no crees? —preguntó Susan satisfecha.
—Sí, desde luego, como siempre —repliqué bebiendo un trago.
—Me alegro de que hayas venido. Es un esfuerzo tras el trasiego de las últimas dos semanas, pero la gente agradece que estés aquí.
—No podía no venir. Además, el trasiego de mis viajes parece que se ha convertido en norma últimamente.
—Lo sé. Estos últimos meses no paras: Dubái, México, Alemania, Bruselas, Texas…
—Te dejas algunos.
—No había terminado.
Sonreí leventemente. Me sentía cansado, a pesar de que estaba aguantando bastante bien.
—Suelo viajar mucho —comenté quitándole importancia.
—Sí, pero últimamente ha sido demasiado, Álvaro.
Me encogí de hombros.
—Gajes del oficio.
—¿Es lo que le toca al CEO? —preguntó mi mano derecha con cierto retintín. Sabía lo que opinaba: tenía que delegar.
Miré a Susan.
—Sí, supongo que sí. Ya lo sabes.
—Pero también tiene que haber otras cosas, Álvaro —comentó dirigiendo su mirada a Elizabeth—. No todo puede ser trabajo.
—Es posible que tengas razón —concedí—. No todo puede ser trabajo.
—Bueno, quizás podamos desquitarnos en Francia. Tener algún día libre —dejó caer.
Observé a Susan. Había roto hacía un año con la pareja con la que llevaba años y estaba sola.
No le interesaba la maternidad y nunca me había hablado abiertamente de su ruptura.
Nada verdaderamente íntimo. Trabajaba muchísimo, tanto como yo, a pesar de sus recriminaciones.
Quizás tuviera ganas de tener un respiro.
La próxima semana viajaríamos a Francia por el tema de los castillos de Candela.
Había efectuado varias adquisiciones y el desembolso había sido considerable.
El patrimonio invertido en unos activos con salida tan complicada era un movimiento arriesgado.
Ella era el CEO de la sucursal de París, pero el holding era de los tres.
De ella, de Beca y mío. No me sentía cómodo con aquellos movimientos, no era algo que encajara con el proceder habitual de Candela.
Me sentía responsable de frenar aquellas compras.
—No sé si tendremos tiempo para tomarnos una noche libre. Vamos a tener una agenda muy ocupada.
—Bueno, cualquier agenda ocupada no emplea más de doce horas diarias —replicó con una sonrisa—. Creo que sí tendré esa noche libre. Seguro que Elizabeth quiere disfrutar de París conmigo.
—No sé.
Procuré no mirar a Elizabeth. La idea de que viniera a Francia había sido exclusivamente de Sebastián.
Según él, si íbamos a vender castillos habría que hacerlo bien y tenía planeado toda una serie de publicaciones y plan de marketing enfocado a convertir las compras de Candela en una oportunidad y un escaparate.
Publicidad e imagen. Según él, los castillos eran una imagen increíble.
—Relájate, Álvaro.
Miré a Susan y traté de esbozar una sonrisa mientras la gente bailaba y reía.
—No sé si ya sé relajarme.
—Esa respuesta lo dice todo.
Seguí hablando con Susan hasta que me terminé la copa. Después se acercó a saludarnos una compañera que trabajaba en otra planta. Así que, cuando ellas se pusieron a hablar amigablemente, aproveché para salir al exterior.
Había algunas personas por la playa en pequeños grupos. La gente había trasladado el ambiente festivo a la playa y la imagen era distendida. Era un lugar ideal para disfrutar de una noche de junio.
Caminé acercándome hasta la orilla y dejando atrás la fiesta. El mar iba y venía trayendo las olas que empapaban la arena, dejándola oscura. Me sentí en paz, cosa que no me ocurría en mucho tiempo.
Paseé durante unos minutos hasta que la música quedó atrás. La fiesta y el jolgorio seguían, pero, donde yo estaba, el rumor del mar ganaba espacio a la noche.
Decidí sentarme en la arena entre la serenidad de las estrellas y el mar.
Estaba cerca de mi casa, así que la fiesta se había quedado un poco alejada.
Me senté y simplemente observé el mar: escuché las olas en la oscuridad, viniendo hacia la orilla.
El sonido era muy relajante. Me resultaba extraño estar así.
Cuando paraba me costaba desconectar, esa era la realidad.
Estaba siempre trabajando a un nivel tan elevado que no conseguía bajar el ritmo y simplemente descansar.
—¿Huyes de tu propia fiesta? —me sorprendió la voz de Elizabeth.
Me giré y me la encontré a un par de metros. Era ella: la chica Harrington. En una mano llevaba el calzado y en la otra, una botella de champán.
—Yo no lo diría así exactamente —respondí.
—¿No? —preguntó—. ¿Y cómo lo dirías?
—Simplemente he venido a sentarme un rato y observar el mar.
Elizabeth esbozó una sonrisa. Los mechones de cabellos que habían escapado de su trenza se cruzaron en su rostro.
—¿Puedo observarlo contigo?
—Claro —contesté.
Caminó rodeándome hasta que se sentó a mi izquierda. Observó a lo lejos la zona del restaurante con la fiesta.
—Estamos a una buena distancia.
—Un kilómetro aproximadamente. Algo más.
—¿Cómo lo sabes con tanta exactitud? ¿Conoces bien la zona?
—Sí, bastante bien. Mi casa es esa de ahí —comenté señalando hacia atrás a uno de los accesos cercanos.
Elizabeth echó un vistazo en la dirección en la que yo estaba señalando y volvió a mirarme.
—¡Vaya! Así que es eso, has decidido abandonarnos para venirte a tu casa y no tener que charlar con tus empleados.
—Es posible.
Elizabeth asintió con la sonrisa sostenida entre los labios y dirigió su mirada al mar. Había dejado el calzado a un lado, pero todavía sostenía la botella en sus manos.
—Había salido con esta botella para bebérmela con Zac y Sebastián, pero cuando llegué a la arena había tantos grupos de personas que no los encontré.
—Hizo una pausa para que sus ojos regresaran a mí—.
Sin embargo, observé una figura a lo lejos, con una camisa blanca.
Como un destello en la distancia. La imagen no era nítida del todo, estaba en movimiento. Parecía un faro… Eras tú.
—¿Yo?
—Sí, esa imagen era tu camisa llamándome.
Noté que estaba algo bebida. La verdad es que yo también había bebido un par de copas, no sabía si pasaría la prueba en una parada de control de alcoholemia. Elizabeth Harrington desde luego no lo haría.
—Así que mi camisa te estaba llamando.
Asintió.