El chico de Manhattan Capítulo 21 Las luces de Nueva York a través de mi ventana
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Capítulo 21 Las luces de Nueva York a través de mi ventana

Las luces de Nueva York a través de mi ventana

Beth

Había cenado con mi padre en un restaurante con vistas panorámicas a Nueva York. Había sido muy agradable poder estar con él unas horas y simplemente charlar sobre mil cosas y sobre ninguna en particular.

Adoraba a mi padre. Siempre había sido así.

Él era mi héroe y yo era su debilidad. Supongo que ser hija única había tenido mucho que ver.

Recuerdo mi infancia siempre alrededor del gran salón de nuestra casa.

Con mi padre sentado en el sofá leyendo el periódico o hablándome de finanzas, costumbre que había iniciado a mis tiernos diez años.

Algunas tardes jugábamos a las cartas en la mesita que hay cerca de la ventana.

Recuerdo la cara de mi padre iluminándose el primer día que fui capaz de ganarle.

Mi madre, siempre atenta a aquellas jugadas, se sentaba en su sillón favorito, hojeando alguna revista de moda o la biografía de algún personaje histórico.

En el ambiente, el olor del azúcar glas de algunos de los pastelillos que nos habíamos tomado para merendar.

La televisión de fondo, muy bajita, con alguna película de Greta Garbo o Ava Gardner; las favoritas de mi madre.

Se las sabía de memoria. En algunas ocasiones ni tan siquiera les ponía voz, la televisión las reproducía mientras tenía un disco de música sonando en la minicadena.

Esos son los recuerdos de mi infancia. En todos ellos, mi padre era mi personaje protector. Mi héroe: el hombre de mi vida. En ese momento, seguía siéndolo.

Cuando me había prometido con Brandon él había sonreído satisfecho.

Brandon era lo que él siempre había querido para mí: un chico sureño de clase alta, educado en los mejores colegios, brillante y con un futuro prometedor.

Había declarado que no podría dejarme en mejores manos.

Brandon me cuidaría y era una apuesta segura, la mejor elección que habría podido hacer. No fue nada de eso.

Pensé en la cara de decepción de mi padre cuando conoció la ruptura. Le rompí el corazón. Brandon me lo había roto a mí y yo se lo rompí a mi padre al contárselo.

Fue mucho más fácil hablarlo con mi madre. Es curioso; normalmente la relación con una madre suele ser más cercana, más cómplice. Sin embargo, mi padre y yo éramos uña y carne. Los dos lados de una misma moneda. Ver cómo se le rompía así el corazón fue romper el mío en una segunda ocasión.

Mi madre también se llevó una gran decepción, pero lo encajó mejor.

Ella era todo un referente para mí, a pesar de que éramos muy distintas.

Mi madre era la reina de su casa, preparaba recepciones, hacía meriendas con sus amigas y vecinas.

Se implicaba en la vida social y cultural.

Ella me había inculcado el implicarme en actividades con fines benéficos.

Tenía esa dualidad: pertenecer a la clase alta e implicarse con los menos favorecidos.

Era muy mamá y de alguna manera extendía esa protección maternal a otros ámbitos.

Había decidido quedarse en casa y criarme.

No salir a trabajar una vez que fue madre.

En eso éramos muy diferentes. Ella se sentía plena dentro de su hogar.

Sin embargo, por muy feliz que fuera en casa, por mucho que me atrajera la idea de formar una familia, yo siempre había sentido inquietud por lo que pasaba más allá de las puertas de mi casa desde muy pequeña.

Cada vez que acompañaba a mi padre a la oficina me emocionaba.

Ver cómo él tomaba decisiones sobre inversiones, cómo la empresa se posicionaba como un referente en el mercado había sido un aliciente en mi crecimiento.

Sentía su emoción, su adrenalina casi como si corriera por mis propias venas.

Mi madre no había necesitado nada de aquello.

Había soñado con un príncipe y lo había encontrado.

Ahora era la reina de su castillo. No sé si es porque era una mujer, y las mujeres de alguna manera estamos hechas de una pasta más resistente a los embates de la vida, pero mi madre encajó mejor la pérdida de mi compromiso.

Me sentía agradecida por el empuje que había tenido mi padre en que me fuera a Nueva York. Él era el que había puesto más empeño, convencido de que se trataba de un buen cambio para mí, y había acertado.

Es curioso porque en Alabama seguía viviendo en el hogar familiar. No me había independizado a pesar de tener veinticuatro años. Había vivido fuera durante la época universitaria, pero después había regresado a casa. Convencida de que saldría de allí con un vestido blanco, del brazo de mi padre.

Ese sueño se había roto en mil pedazos.

Ahora estaba en Nueva York y Alabama quedaba muy lejos.

Cenar con mi padre había sido reconfortante, estar con él me traía cierta añoranza de mi tierra.

Sin embargo, no quería volver, por ahora estaba muy bien en Manhattan.

La niña que las Navidades pasadas soñaba con casarse con un vestido blanco con el chico perfecto americano se había quedado muy atrás.

Mi padre me había dejado en casa hacía ya media hora.

Estaba en mi apartamento, en mi nuevo hogar, en el corazón de Manhattan.

Tras una ducha, me había puesto una camiseta amplia y caminaba por mi piso entre luces y sombras.

Eran cerca de las doce de la noche y no podía dormir.

Acaricié las rosas del jarrón que tenía en un mueble auxiliar y recordé aquel sueño en el que me había hundido en el sofá con Álvaro y cientos de rosas. ¡Había sido tan real!

Cuando pensaba en Brandon sentía en la boca un sabor a cenizas, como a papel quemado.

Sin embargo, cuando pensaba en Álvaro sentía su olor metiéndose directamente por debajo de mi piel. Enredándose en aquello de lo que estaba construido mi cuerpo, más allá de la carne y los huesos.

Caminé en la penumbra hasta mi habitación. Me metí en la cama y cogí el móvil. Busqué su teléfono. Lo tenía guardado tal y como lo había hecho el día que lo había conocido en Central Park: Álvaro, el chico de Manhattan.

No debía escribirle.

No era posible.

Yo siempre había sido una buena chica, siempre había seguido las normas. Él era mi jefe, tenía negocios con mi padre y me sacaba doce años. Simplemente, no podía ser.

Respiré hondo.

Le escribí.

Yo: No puedo dormir.

Miré el móvil esperando una respuesta.

Álvaro el chico de Manhattan: Es tarde.

Las luces de la ciudad se colaban por la ventana hasta mi cama. Sentí calor solo con dos palabras. ¿Eso era normal?

Yo: Pienso en lo que me dijiste.

Álvaro el chico de Manhattan: ¿Qué te dije?

Yo: Que me habías extrañado.

Álvaro el chico de Manhattan: No debí haber dicho eso.

Yo: ¿No era cierto?

Álvaro el chico de Manhattan: Eso no importa. No debí haberlo dicho, fue una imprudencia.

Yo: ¿Por qué lo dijiste?

Vi la pantalla en silencio.

Yo: ¿No me vas a contestar?

Álvaro el chico de Manhattan: Es tarde. Acuéstate.

Me enfadé y sentía aquella presión en el pecho y aquel calor. Apreté las piernas.

Yo: Ya estoy en la cama.

Silencio.

Yo: ¿Y tú?

Álvaro el chico de Manhattan: También.

Yo: ¿Y en qué estabas pensando antes de que te escribiera?

Álvaro el chico de Manhattan: En tu cuello.

Me quedé mirando la pantalla.

Yo: Álvaro…

Álvaro el chico de Manhattan: Discúlpame. No debí escribir eso. Ni debí haber bailado contigo. Por favor, duérmete.

Vi como dejaba de estar en línea y me quedé esperando en la penumbra. Releí todo lo que había escrito dos veces. Esperé diez minutos. Yo siempre había sido comedida. Estaba harta de tanta contención.

Yo: No te disculpes. No tienes que arrepentirte. Yo no me arrepiento de nada de lo que ha pasado entre nosotros desde el día en que te conocí en Central Park.

Álvaro lo leyó. Esperé en silencio. No contestó.

Quise añadir muchas otras cosas, pero no lo hice. La valentía no me daba para tanto. Dejé el móvil en la mesilla y me tumbé.

Di vueltas en la cama y acabé recordando su cuerpo encima del mío el día en que nos habíamos conocido.

Quería volver a sentir su cuerpo sobre el mío.

Deslicé mi mano entre mis piernas pensando en su mirada dura, gris, azul, cambiante, contenida…

Metí la mano por debajo del elástico de mi ropa interior y comencé a acariciarme.

Recordé su mano en mi espalda en mi piso, después de haber tomado chocolate caliente, cómo había golpeado a Brandon, mi mano sobre su corazón…

Jadeé y seguí acariciándome. Pensé en los músculos de su espalda cuando la había acariciado, cómo su piel reaccionaba a mi tacto, cómo había cambiado ligeramente su respiración cuando mis labios habían besado su cuello.

Seguí tocándome, de forma superficial, como solía hacer; estaba completamente empapada, sentía que me ardía todo el cuerpo.

Recordé cómo había acercado mi cuerpo al suyo mientras bailábamos hasta que ambos habían hecho contacto.

Reclamándome, como algo suyo. Su mano en mi espalda, en mi cuello… Seguí, seguí… Sus labios entreabiertos…

—¡Ah! —grité.

Me quedé temblando en la oscuridad con la respiración acelerada. Miré el techo. Me ardía todo el cuerpo. Me temblaban las piernas.

—¡Maldita sea, Elizabeth! —blasfemé, frustrada por estar sola. No podía reconocerme en aquel anhelo tan doloroso—. Duérmete de una vez.

Me giré buscando las luces de Nueva York en mi ventana y al final me dormí por puro agotamiento.