El chico de Manhattan Capítulo 20 Tu cuello
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Capítulo 20 Tu cuello

Tu cuello

Álvaro

No debí haberle pedido que bailara conmigo.

Nunca jamás bailaba con una compañera del trabajo, ni con una empleada.

Había estado en decenas de convenciones, en múltiples celebraciones de cumpleaños, jubilaciones, compromisos, etc.

Con la gente del trabajo no había cruzado esa línea, para mí esa distancia era necesaria.

Cercano, pero sin esa familiaridad. Sin embargo, cuando se trataba de Beth, no sabía discernir dónde estaban los límites que siempre había tenido tan claros.

La había abordado al salir del baño porque necesitaba tenerla cerca.

Una cosa era mantenerme a distancia cuando estaba viajando, o en la oficina con más gente.

Otra cosa era estar allí, en un ambiente distendido, tomando copas, y observar cómo se reía, cómo bailaba, cómo se divertía… , cómo hacía todo aquello con otros.

No, no debería haberla abordado, pero no había podido contenerme. Ahora la tenía entre mis brazos y me parecía imposible soltarla. Era ridículo, yo jamás había sentido ese tipo de apego por nadie. Sin embargo, en este momento en el que su cuerpo estaba en mis brazos me sentía incapaz de dejarla ir.

Deslicé mis dedos por su cintura. Apenas un par de centímetros.

Solo para sentir aquella piel expuesta, como si yo tuviera algún derecho a tocarla.

La piel de Elizabeth se erizó a mi contacto y algo primitivo, que no había sentido nunca, la reclamó.

Bajé la mirada para buscar los cambios en su cuerpo.

Las aletas de su nariz mostraban una ligera alteración.

La piel de su clavícula, su cuello… Toda ella a escasos centímetros y su piel erizada bajo mi tacto.

—Mírame —le pedí. Casi como una exigencia.

Elizabeth levantó la mirada en un gesto suave.

Unos ojos azules… tan tan claros. Sus labios ligeramente entreabiertos.

Su respiración… casi como la de un ciervo en las garras de un lobo.

Así me sentí y no puedo negar las ganas de devorarla que tenía.

Pero, más allá de un sentimiento animal, primitivo, fue casi como un reclamo.

En ese momento, me olvidé de la gente que bailaba a nuestro alrededor.

Ignoré que había cambiado el ritmo de la canción hacia tonos más bailables.

Subí mi mano a su cuello y lo rodeé, acariciándolo con mi dedo.

Lentamente, tan lentamente que resultaba insoportable.

En ese momento me sobraba todo el mundo.

—Álvaro… —murmuró.

Me gustó lo que vi en sus ojos, una mezcla de deseo y sorpresa.

—Te he extrañado —confesé dándome cuenta de ello por primera vez de forma tan palpable—. ¿No te parece raro? Yo nunca extraño a nadie.

Quise bajar mi mano hacia la piel de su escote. No lo hice; me conformé con deslizarla hacia su hombro y volver a bajarla por su brazo.

—No sé qué responder a eso —murmuró.

—Yo tampoco. No tengo ni idea.

Me miró tratando de buscar respuestas. Yo la había apartado y ahora estaba allí, incapaz de quitarle las manos de encima. Mi forma de actuar no era coherente.

—¡Beth! ¡Mira quién está aquí! —saludó Sebastián a gritos.

Solté a Elizabeth en ese mismo instante, separándome de ella. Esperando no sabía el qué. Quizás que algún compañero de trabajo apareciera de repente.

—¡Papá! —exclamó Elizabeth de repente.

Me puse rígido y me aparté un paso, dándole espacio.

—Es difícil darte una sorpresa —clamó la voz de Thomas Harrington—. Pensé que tendría que rastrear todo Manhattan hasta dar contigo.

Elizabeth estaba sorprendida, pero se la veía muy feliz.

—Pero ¿qué haces aquí? —preguntó mientras le daba un abrazo a su padre.

—Vine por unas reuniones que tenía y pensé en sorprenderte. Pero ya me ha dicho el vigilante que os habíais venido a celebrar el cumpleaños de Sebastián.

Thomas conocía a Sebastián, a Susan y a algunos más de la oficina. Por ello hablaba con familiaridad.

Se giró hacia mí y alargó la mano.

—¡Álvaro! ¿Cómo estás?

—Muy bien, señor Harrington.

Respondí dándole una mano. Era un tipo contundente y en cierto modo imponente. A pesar de que a mí no solía parecerme nadie imponente por mi propia envergadura.

—¿Se está portando bien mi chica? —preguntó con una mirada despierta.

Asentí, con la sensación de estar tragando clavos.

—Por supuesto. En el departamento están muy felices con su incorporación —añadí mirando a Sebastián—. Ha resultado ser un gran fichaje.

Thomas Harrington sonrió satisfecho.

—¡Sabía que sería un acierto que vinieras a Nueva York! —exclamó mirando a su única hija.

Mis ojos viajaron a Elizabeth quien cruzó una mirada con la mía. Ambos guardamos lo que había pasado para nosotros y sonreímos, como si simplemente fuéramos jefe y empleada. Como si el suelo no hubiera estado a punto de abrirse bajo nuestros pies.

***

Thomas Harrington era un tipo fascinante.

Se dedicaba exactamente a lo mismo que yo: era inversionista y empresario de bienes raíces.

Propietario o socio mayoritario de varias empresas de desarrollo inmobiliario en Alabama y el sur de EE .

UU. La principal diferencia entre él y yo radicaba en que en BAC USA Real Estate habíamos diversificado mucho, con gran inversión en el extranjero, y él se había centrado en el mercado americano, especialmente, en el sur de EE.

UU. Lo bueno es que para los estadounidenses sus empresas eran una apuesta segura, un nombre asociado a las raíces americanas.

Mientras, nuestra baza era que nuestro holding tenía una imagen más moderna dinámica y no tan afincada en EE.

UU. Lo cual no era de extrañar; al fin y al cabo, BAC USA Real Estate era la sucursal de una empresa cuya primera sede estaba en Madrid, con unas raíces claramente extranjeras.

—El tipo me dice que tengo que meterme ya, porque van a construir el edificio más alto de Nueva York —expuso Thomas Harrington con la energía de un gran narrador.

Entonces, me miró. Nos habíamos quedado en el bar tomando una copa antes de que él se fuera con Elizabeth.

Volvía al día siguiente a Alabama. En otras ocasiones, había hecho un viaje como aquel de ida y vuelta en el mismo día.

Era perfectamente factible venir en el vuelo de primera hora para cuestiones de negocios y volver a última hora.

Pero, teniendo a su hija en Nueva York, y no habiendo ella regresado a casa en estos meses, tenía sentido que se quedara.

Elizabeth escuchaba a su padre con atención.

—¿Eso te dijo? —comenté dándole pie a hablar, tal y como estaba esperando.

—¡Exactamente! Eso me dijo. Y yo pensé en el One World Trade Center, cuya construcción rondó los tres mil novecientos millones de dólares.

Fue financiado por el dinero de las aseguradoras, además de una importante aportación pública e incluso inversión privada.

Aquel tipo quería que me metiera en algo que lo superaría.

Me pareció hasta un insulto. Es un símbolo.

—Ya ha habido propuestas —apunté.

—Sí, pero por algo no se han hecho —destacó Harrington—. Además de lo complejo que resulta a nivel financiero, de desarrollo urbanístico y de permisos, está el respeto a ese edificio. Por ahora lo veo muy pronto. Quizás algún día. En este momento, no quiero formar parte de algo así.

Pensé en todo el problema de desarrollo urbanístico y permisos que habíamos tenido en Dubái y también en lo que significaría un edificio así en Nueva York, algo que superaría a un edificio emblemático. A un símbolo. Quizás aquel tipo estaba tanteando a los inversores y no tenía el proyecto cerrado.

—¿Y por qué te reuniste con él? —quiso saber Elizabeth.

Escuché las risas de Susana y Zac, que estaban pidiendo otro cóctel un poco más allá del lugar que estábamos ocupando nosotros en la barra.

—Bueno, hay otras inversiones que sí estoy dispuesto a hacer con él. Este tipo ha hecho algunos de los proyectos de desarrollo urbanístico más importantes de la costa oeste.

Thomas Harrington volvió a mirarme; era de ese tipo de personas a las que le gustaba una validación externa cuando exponía algo.

—Ha hecho proyectos interesantes —añadió.

—¿Siempre sobre seguro? —pregunté.

—Sí —confirmó—. Siempre con una base sólida sobre la que invertir. Es la primera vez que se sale del carril.

—Bueno… A veces todos queremos arriesgarnos un poco —comentó Elizabeth, y desvió su mirada hasta mí.

Sentí una bola de fuego en el estómago.

—Esa no es mi filosofía —argumentó su padre—. Ya me conoces, Elizabeth.

Su hija sonrió y le acarició el brazo con cariño.

—Lo sé, papá, te conozco bien.

Observé el reloj y pensé que era hora de marcharme.

Ya había saludado a Sebastián por su cumpleaños, había tomado un cóctel, había charlado un buen rato con uno de mis más potentes inversionistas…

Y me había saltado todos mis límites cuando había bailado con Elizabeth.

Cuando había deslizado mi mano por su cintura, por su cuello…

Miré su cuello y sentí cierto azoramiento en ella.

No recordaba haber estado con una mujer que se ruborizara en toda mi vida.

Tenía que cortar el derrotero de mis pensamientos.

Me puse en pie.

—Señor Harrington, me marcho. He llegado hoy de México y necesito descansar. Me retiro ya.

Thomas Harrington me dio la mano.

—Muy bien, Durand —replicó—. Me alegro de haberle visto. He estado viendo los últimos informes y la evolución de mi cartera está siendo muy positiva. Estoy satisfecho —replicó.

Asentí.

—Sí, estamos bien posicionados.

—Sigue trabajando duro, muchacho —indicó de forma paternalista—. Y cuida de mi Elizabeth.

La miré brevemente y ella no dijo una sola palabra. Observé el lugar exacto en el que había deslizado mi dedo en su cuello y pensé en posar mis labios allí.

Elizabeth respiró y tragó, como si hubiera leído mis pensamientos.

Rompí el contacto visual.

—Es una gran trabajadora. Estamos muy contentos con ella.

Thomas Harrington sonrió satisfecho.

Asentí y me giré sin volver a mirarla, ya la había mirado más de lo debido. Salí de allí.