Capítulo 19 Un baile en el Havana Social #2
Este simplemente asintió con un gesto.
Me puse de pie y cogí la mano de Zac, que me observaba con una inocencia inmensa. Ajeno a que se acaba de adentrar en el campo de gravedad que había entre Álvaro y yo.
Álvaro observó el gesto, cómo le daba la mano, y no dijo nada.
Caminé de la mano de Zac. Me había puesto una falda de tubo de color crudo, desde mi cintura hasta mis rodillas.
Tenía un corte trasero para ayudarme a caminar.
De parte de arriba llevaba un top corto que mostraba un pedazo de piel por encima de mi cintura y era algo escotado.
Justo en aquel momento, que caminaba de la mano de Zac con mi largo cabello recogido, el cuello al aire y aquel top que enseñaba mi espalda, mientras sonaba NUEVAYoL , de Bad Bunny sentí como si aquella gravedad que se formaba entre Álvaro y yo cuando estábamos juntos estuviera tirando de mí.
Miré hacia atrás, buscándolo, solo por unos segundos.
Álvaro seguía en el mismo sitio: al lado de la barra. Sus ojos estaban clavados en nosotros. Me perdí un instante en aquel hielo gris azulado que en aquel momento ardía y volví la mirada hacia delante.
Zac se detuvo entre otras parejas y comenzó a moverse con sus mejores pasos.
Yo lo seguí mientras me reía. Ambos nos reímos, porque con Zac todo era así.
Él había llenado mi estancia en Nueva York de color.
Se movía en una especie de imitación de salsa y me cogía de la cintura, para volver a hacerme girar.
—No tenía ni idea de que Álvaro había regresado —comentó.
En ese momento miré hacia el invocado. Estaba en la barra, pero bebía de su copa y hablaba con una sonrisa con Susan y Sebastián.
—Yo tampoco. Está claro que se enteró de la invitación de Sebastián y ha querido venir a saludarlo.
—Desde luego —replicó Zac convencido—. Se le ve con buen aspecto, ¿no?
—Lo veo como siempre —mentí desviando la mirada.
—No sé, lo veo algo bronceado. Supongo que es el efecto de pasar dos semanas en México. A ver si podemos coger algo de color cuando vayamos a Los Hamptons —añadió divertido.
—No sé todavía si iré… —comenté.
Zac hacía referencia a la invitación que teníamos todos los empleados a una convención que organizaba la empresa.
Se empezaba por la mañana haciendo una actividad; después, una comida ligera con sobremesa, para terminar el día con cena y baile.
La ubicación solía ser Los Hamptons. Se pagaba la estancia para todos los empleados de la empresa.
Me habían comentado que era un evento que la compañía tenía muy arraigado.
—¿¡Cómo no vas a ir!? —rebatió Zac espantado—. Yo no me lo pienso perder por nada. Bastante trabajamos como para no disfrutar de lo único que nos dan gratis que es exclusivamente para disfrutar.
—¿Tú ya has ido? —pregunté con curiosidad.
—Por supuesto. En la última ocasión fue un planazo. Uno de los mejores días desde que estoy en la empresa, por no decir el mejor.
Me reí.
—No sé. Me dijeron que no es obligatorio —dudé.
Movió la cabeza.
—No es obligatorio… Pero es un evento de trabajo, se recomienda ir.
Seguramente haremos alguna actividad chula por la mañana —replicó—.
Lo malo es que hay que madrugar—. Se encogió de hombros—.
Pero bueno, duermes en el camino. Supongo que nos pondrán algunos autobuses, como la última vez.
Tienes que venir, prométeme que vendrás.
No conocía a demasiada gente. Confianza solo tenía con Sebastián y Zac. También me caía bien Susan, pero no diría que era una persona con la que tuviera un trato tan cercano. Me habían dicho que te mezclaban con personas de otros departamentos para hacer las actividades y eso me echaba para atrás.
—Bueno, lo pensaré… No estoy segura del todo —repliqué con una sonrisa contenida.
—Pensarás ¿el qué? —quiso saber Sebastián llegando a la zona de baile.
—Beth se está pensando si venir o no a Los Hamptons. ¿Te lo puedes creer? Para entrar en la oficina a currar es la primera, pero para disfrutar por un día… Pues que se lo tiene que pensar.
Sebastián me miró como si fuera un extraterrestre.
—¡Por supuesto que vas a venir! —zanjó como si en su cargo de superior de departamento pudiera decidir por mí—.
¿Cómo no vas a venir? ¿Estás loca? Esto es algo que nos dan por todo lo que nos hacen currar.
¡Vamos todos! —Acto seguido, me cogió para bailar—.
Anda, Zac, échate a un lado y sigue ensayando que te falta aprender a mover las caderas.
Zac se rio y aceptó bailar con el marido de Sebastián. Observé como Oliver lo hacía girar y me reí. Estaba sonando Ricky Martin y la gente cantaba a gritos y bailaba. Yo me dejé llevar por las risas y el ambiente y perdí completamente de vista a Álvaro.
Bailamos un par de canciones más y después fui al cuarto de baño.
Me refresqué y, cuando salí, me crucé con Álvaro.
—Baila conmigo —dijo alargando una mano hacia mí para que la cogiera.
Lo miré a los ojos y después, su mano. La imagen de su mano en mi espalda el día que nos habíamos encontrado de noche y me había acompañado a casa vino a mi mente. Acto seguido se impuso la imagen de su pecho desnudo y el beso que yo había depositado en él.
Su mano, una ofrenda.
Deslicé mis dedos hasta enredarlos con los suyos.
En cuanto tuvo mi mano, me cogió con firmeza y caminó conmigo un par de pasos entre la gente que bailaba.
El ritmo había cambiado. No me daba cuenta de qué estaba sonando, pero era un ritmo denso, de esos que se te meten en la piel.
Que parecen hechos para poder conectar a otro plano con otra persona.
Que dice por ti lo que no tienes palabras para decir.
Álvaro se detuvo y puso una mano en mi cintura, acercando mi cuerpo al suyo.
Sentí que el aire se paraba en mis pulmones.
Cogió mi mano con la suya para bailar lentos, muy lentos.
La mano que me quedaba libre la apoyé sobre su pecho, que se perfilaba como mármol ardiente bajo su camisa.
No me atreví a decir ni una sola palabra, me dejé mecer por la música y sentí como se deslizaban sus dedos por mi cintura.
Irremediablemente se me erizó la piel bajo su tacto.