El chico de Manhattan Capítulo 19 Un baile en el Havana Social
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Capítulo 19 Un baile en el Havana Social

Un baile en el Havana Social

Beth

Estábamos a finales de mayo y hacía un tiempo increíble.

Eso había animado a que la gente se uniera a la celebración.

Era el cumpleaños de Sebastián Ramírez y habíamos ido a celebrarlo al Havana Social después de trabajar.

Allí daban unos cócteles increíbles que ya había podido disfrutar en más de una ocasión con Zac, Sebastián y su marido, Oliver Johnson, cuando salíamos a despejarnos algún jueves después del trabajo.

El afterwork con ellos siempre era muy agradable.

Ahora mismo estaban bailando una bachata Sebastián y Oliver.

Me encantaba verlos. Especialmente, por lo compenetrados que estaban.

A Oliver le pasaba un poco como a mí, se notaba que en realidad éramos gringos y no teníamos en el cuerpo el ritmo de la salsa, la bachata y las letras latinas.

Definitivamente, nos faltaba sazón. Pero él no lo hacía nada mal.

Sebastián cumplía cuarenta y ocho años. Llevaba con su marido varios años y, por cómo se movía Oliver Johnson, se notaba que Sebastián lo arrastraba a bailar en más de una ocasión.

Había muchos compañeros de trabajo. Algunos ya iban por el segundo cóctel, y teníamos en una mesa una tarta que estaba ya medio mutilada, después de haber repartido varias porciones.

Eché un vistazo a las últimas publicaciones que había subido al Instagram de la compañía.

Me sentía satisfecha. Desde mi llegada, hacía unos dos meses, el impacto digital de nuestras publicaciones había mejorado de forma notable.

Además, me gustaba mucho trabajar con Zac y con Sebastián. Formábamos un buen equipo.

—Pensé que la idea era desconectar del trabajo —dijo una voz detrás de mí.

Levanté mi mirada por encima de mi hombro izquierdo. Yo estaba sentada en la barra y tenía enfrente mi cóctel a medio tomar: un Rum Punch preparado a base de ron Bacardí, granadina y jugo de piña, entre otras cosas.

Me encontré con los ojos azules grisáceos de Álvaro.

No me lo esperaba en absoluto. Había pasado más de un mes desde que había ocurrido el accidente de Queens.

Todavía recordaba la suavidad de su piel bajo mis dedos.

Estos deslizándose por su espalda. Su aroma: intenso, varonil.

Mis labios por debajo de su cuello, sobre su clavícula.

La mirada de Álvaro también me decía que él se acordaba perfectamente.

De eso y de la noche en mi casa, cuando me había rescatado de un momento terriblemente incómodo con Brandon.

Pero todo eso había ocurrido hacía más de un mes y, desde entonces, Álvaro y yo no habíamos vuelto a interactuar en un plano íntimo ni habíamos estado a solas.

Tras el accidente en Queens, él había estado teletrabajando unos días.

Después había venido a la oficina esporádicamente entre viaje y viaje.

Había estado en California para gestionar algunas inversiones que teníamos en Los Ángeles y Beverly Hills, y desde allí había viajado a México donde había permanecido las dos últimas semanas, en Tijuana y Rosarito.

Pensé que había tenido que disfrutar de buen tiempo, porque su rostro tenía un tono algo más moreno por el sol.

—Solo estaba echando un pequeño vistazo —comenté dejando mi móvil sobre la barra, al lado del cóctel.

Nos quedamos un momento en silencio, mirándonos. A nuestro alrededor la gente estaba bailando, riendo y bebiendo. El ambiente era muy distendido.

—Hola —saludó.

—¿Qué tal? —respondí.

No habíamos hablado en todo ese tiempo. Sí que nos habíamos cruzado algún día en la oficina y nos habíamos saludado, rodeados de más gente.

También habíamos coincidido en alguna reunión de trabajo, así como en las zonas comunes de la oficina, pero ninguno de los dos se había detenido.

No habíamos tenido un momento a solas. Nada.

Los dos sabíamos que él había cortado de raíz aquello que había nacido entre nosotros.

—¿Qué tal todo por México? —pregunté.

—Muy bien. Agotador pero bien —declaró—. Creo que el equipo os envió fotos e información para montar algunas publicaciones.

—Sí —respondí pensando en una imagen en concreto de él con el mar de fondo. Me encantaba esa instantánea.

—No he visto todavía qué hicisteis con ellas.

—Pues magia —respondí—. Como siempre.

Álvaro se acercó un poco más, porque una mujer quería pasar por detrás de él. Su cuerpo quedó a escasos centímetros del mío, pero no me tocó. Aun así, su aroma me envolvió. Era un perfume masculino, sofisticado. Evité mirarlo a los ojos.

—¿Y tú? ¿Cómo has estado? —preguntó en un tono que guardaba cierta intimidad.

Volví a elevar la mirada hacia él. Estaba tan guapo, era tan atractivo…

Solo había que ver cómo se convertía en el epicentro de las miradas femeninas y algunas masculinas.

Su mirada profunda, el cabello oscuro, su mandíbula marcada…

Aquella sensación de que él tenía que estar en el centro de una clase de dibujo y que los demás tendrían que tratar de plasmar en un lienzo aquella belleza perfecta.

—¿Toma algo, señor? —preguntó un camarero acercándose.

—Un Mule, por favor.

El tipo asintió.

—No soy amiga del vodka —repliqué refiriéndome al cóctel que había elegido.

—A mí siempre me ha gustado, aunque hace tiempo que no tomo uno.

Bebí de mi propio cóctel y lo volví a dejar sobre la barra.

—Y, en esta ocasión, ¿lo vas a beber? —pregunté haciendo mención de la broma recurrente de cuando nos habíamos conocido.

Nos sostuvimos la mirada unos instantes.

—Esta vez, creo que sí —respondió con voz profunda.

Volvimos a quedarnos callados.

—Estoy bien —declaré recordando la pregunta que me había hecho instantes antes—. He estado bien.

Álvaro apretó ligeramente la mandíbula y me quedé con las ganas de saber en qué estaba pensando. Yo todavía tenía muy presente lo que había pasado entre nosotros, a lo que él le había puesto freno. Había pasado más de un mes.

El día a día con Zac y Sebastián era muy agradable.

Si algo tenían en común mis dos compañeros de trabajo era que hacían un tándem muy divertido.

Sebastián era un apasionado de la música latina y de vez en cuando cerraba la puerta de cristal que nos separaba del resto de la oficina y ponía los últimos hits para ponerse a bailar en medio de nuestra sala.

Zac no podía parar de reírse y trataba de unirse al baile con mucho menos arte.

A ver, Zac era de Savannah, Georgia, mientras que Sebastián era un colombiano que llevaba veinte años en Nueva York, se le notaba que el ritmo estaba en sus venas.

Con Sebastián y Zac había trabajado duro, pero también me había divertido mucho.

Ambos sabían que había estado prometida y que en enero había puesto fin a mi compromiso por una infidelidad.

Zac se había limitado a escucharme y a hacer algún comentario amable.

Alguna vez se había fijado en el anillo de compromiso que llevaba todavía en el dedo, pero no había dicho nada.

Sin embargo, Sebastián había despotricado abiertamente sobre los hombres infieles y había contado alguna historia suya al respecto.

Él estaba felizmente casado, pero que antes de eso le había tocado enfrentarse a algún psicópata integrado.

De hecho, había declarado que conocía unos tipos que podían ir a Alabama si yo quería que le dieran un toque a mi ex.

Cuando Zac lo había mirado serio le había dicho que se relajara. Que estaba bromeando.

Agradecí la cercanía de ambos, y se convirtieron en mis únicos amigos en Nueva York.

Zac solía llamarme los fines de semana. Me llevaba con su grupo de amigos y salíamos a comer, a tomar algo o a pasar el rato.

Al ser de Savannah, Georgia, tenía mucho en común conmigo.

Los dos habíamos sido educados en ciudades del sur, por lo que ambos teníamos esas raíces bien marcadas en nuestro ADN: la hospitalidad sureña, la religión, el conservadurismo, la historia.

A veces me daba la impresión de que nos entendíamos con una sola mirada.

Además de eso, mi día a día se había basado en afianzar rutinas. Nueva York me había dado aires nuevos y el tiempo primaveral se había llevado lejos mi invierno.

Mis padres y Harper eran pilares esenciales en mi día a día. Hablaba con ellos a menudo y me sentía acompañada. Incluso me había apuntado los martes por la tarde a clases de cocina. Era algo que ya se me daba bien, pero me gustaba seguir aprendiendo y mantener la cabeza ocupada.

Dejar a Brandon en el pasado, olvidar mi compromiso. Aprovechar el hecho de estar en Nueva York. Conocer gente, ir a clases de cocina o a bailar salsa con Sebastián los jueves al salir de trabajar en ese mismo local en el que ahora estábamos tomando tarta.

Todo había sido positivo en este último tiempo.

Álvaro se había mantenido a distancia y reconozco que cortar de forma abrupta aquello que había nacido entre nosotros también había sido una forma de no complicar las cosas.

Entendía lo que había hecho. No me había gustado cómo me había apartado, pero podía comprenderlo.

Aun así, ahora, con su presencia a escasos centímetros de mí, no podía obviar todo lo que su cuerpo despertaba en el mío.

Él se había mantenido a distancia.

Yo me había dedicado a sanar.

Ahora estábamos allí, con sendos cócteles, rodeados de música latina.

—¿Y tú? —pregunté sosteniéndole aquella mirada llena de gris—. ¿Cómo has estado tú?

Álvaro permaneció en silencio. Su cuerpo se acercó ligeramente al mío. El movimiento era apenas perceptible, pero estaba allí.

—Yo…

—Beth, está sonando NUEVAYoL … ¡Ven, vamos a bailar! —declaró Zac llegando justo en ese momento—. ¡Ey, Álvaro! ¿Qué tal por México?

—Muy bien —respondió él dando un paso atrás.

—¿Vamos? Esta es la que tenemos controlada —declaró Zac con una sonrisa capaz de iluminar todo un estadio de fútbol—. Hemos venido un par de veces por aquí y no veas Sebastián la que nos ha estado dando hasta que hemos aprendido a bailarla como se debe —comentó dirigiéndose a Álvaro.