Capítulo 18 Tus dedos en mi espalda
Tus dedos en mi espalda
Álvaro
—Estoy bien, Beca. No tienes de qué preocuparte —declaré.
—¿Estás seguro? —preguntó mi hermana al otro lado de la línea telefónica.
—Por supuesto que lo estoy —reiteré, a pesar de que estaba en casa porque la doctora había insistido en prescribirme unos días de descanso—. Son solo unas contusiones.
Sospechaba que aquella indicación de la médica se debía a que Susan había aparecido por allí justo antes de que me dieran el alta.
Había declarado abiertamente que era un adicto al trabajo y que, si ningún ladrillo me había dejado inconsciente, era muy capaz de volver a trabajar aquella misma tarde.
Eso había ocurrido hacía dos días y me había comportado como un paciente ejemplar.
Sin embargo, el accidente había llegado hasta Francia, al corazón de Belvès, donde Beca debía preocuparse por su plantación de fresas y no por mí.
—No me quedo tranquila —murmuró preocupada.
—De verdad, hazme caso, Beca: estoy bien. Susan no tendría que haberte contado nada —añadí mirando hacia la rubia sentada en el sofá de mi casa—. Te ha alarmado sin ningún motivo.
Susan me sonrió de forma abierta y volvió a centrar su atención en su portátil.
—Eso da igual. El caso es que ya lo sé y sí estoy preocupada —replicó mi hermana—. Te conozco perfectamente, Álvaro, y tú no eres capaz de bajar el ritmo.
Bufé molesto.
—Tengo muchos frentes abiertos, Beca. No estoy para perder el tiempo. Olvídate de este asunto, que no ha sido nada.
—Está bien, procuraré estar tranquila.
—Además —añadí con una sonrisa—, no vas a viajar hasta aquí en tu estado, ¿verdad?
—No, no lo haré. Tranquilo.
Beca suspiró al otro lado de la línea. Filip hizo algún comentario cariñoso que la hizo sonreír y ella le dijo que se callara entre risas.
—Sigo aquí —declaré sin poder evitar una sonrisa.
Beca se merecía todo lo bueno que pudiera ocurrirle. Me sentía tranquilo sabiendo que Filip estaba a su lado.
—Lo sé, perdona. Es que no veas cómo está Filip…
—Me lo imagino —repliqué mientras caminaba hasta el ventanal enorme de mi salón de líneas rectas y modernas.
Manhattan en todo su esplendor se extendía al otro lado del cristal.
—¿Se lo has contado a Candela? —pregunté.
Sentí el silencio al otro lado del teléfono.
—No, todavía no. Encontrar un momento para sentarnos a hablar tranquilas me parece imposible.
—¿Y cuándo vas a decírselo? —pregunté sabiendo que aquella conversación no podía dilatarse mucho—. En unos meses el bebé estará en tus brazos.
—No lo sé… Con ella es todo tan difícil. Siempre acabamos discutiendo.
Meneé la cabeza. Conocía bien aquella sensación.
Candela era… complicada. A mí me ocurría lo mismo.
Siempre había mantenido una buena relación con ambas, pero con Beca era mucho más cercana.
Beca era cálida, impetuosa, como un pequeño torbellino, pero era de esas personas con las que te apetece sentarte a hablar, siempre dispuesta a escucharte.
Sin embargo, Candela era fría, su tacto era el de un cactus.
Habitualmente no me importaba, porque no me afectaba.
Yo estaba en Nueva York, a miles de kilómetros de ellas.
Pero ambas estaban en Francia, podían compartir más y, sin embargo, no lo hacían.
Creo que, en cierto modo, Candela se enorgullecía de no necesitar a nadie.
Se había encerrado en su propio caparazón y mantenía a todo el mundo a distancia.
—Últimamente ella y yo tampoco estamos en sintonía, ya lo sabes —comenté.
—¿Sigues molesto con el tema de los castillos?
—Por supuesto —respondí tajante—. Sé que la sede de París es cosa suya, pero es un negocio familiar.
No me parece una buena inversión. Ni siquiera hay un plan claro de qué pretende con esta inversión.
Lo que sea que quiere hacer lo guarda con celo para ella misma.
No puedo apoyarla, pero no parece que pueda sacárselo de la cabeza.
Beca suspiró.
—Candela es la persona más cabezota del mundo —declaró mi hermana—. Si se le ha metido entre ceja y ceja, lo hará.
Meneé la cabeza.
—No encaja con ella, siempre tan medida en todo. —Me quedé callado. Tenía que volver a intentar hablar con Candela, no podía dejarlo estar por más tiempo—. Por cierto, ¿tú estás bien? ¿El bebé está bien?
—Sí, estoy bien. Todavía disimulo. Hay mucha gente que no se ha enterado de que estoy embarazada.
—Pero ¿todavía no se lo has dicho a los empleados? —pregunté sorprendido.
—No. En absoluto. No quiero que nadie me trate de una manera diferente, ya me llega con Filip.
—Es una cabezota —escuché la voz de Filip al otro lado de la línea telefónica.
—¡Es que si fuera por ti estaría todo el día en el sofá comiendo y descansando! —se quejó mi hermana.
—Yo puedo hacerte compañía en el sofá —declaró mi cuñado con su acento particular, medio checo medio andorrano.
Meneé la cabeza.
—Estoy aquí —volví a llamarles la atención.
—Perdona —me dijo mi hermana—. No veas Filip cómo se pone. Está insoportable. No puedo con él.
Filip se acercó y seguramente la estaría abrazando y besando por los sonidos que se escuchaban.
—Bueno, creo que puedes soportarlo bastante bien —concluí—. Y yo voy a colgar porque creo que es suficiente intimidad la que he escuchado por hoy, gracias.
—¡Hablamos! Cuídate, Álvaro —respondió—. Tu imperio seguirá en pie, aunque descanses dos días.
No repliqué, aunque la afirmación de Beca no era correcta. El holding necesitaba mi entrega veinticuatro horas últimamente y, en todo caso, ese imperio era tan mío como suyo.
Colgué y dejé el móvil sobre sobre la mesa.
—¿Qué tal está Beca? —preguntó Susan bajando la pantalla de su portátil.
—Viviendo en un cuento. En los verdes prados franceses rodeada de fresas con su novio, medio checo medio andorrano, que parece un armario capaz de tumbar a cualquiera —relaté con una media sonrisa—. Bueno, y felizmente embarazada.
Susan rio brevemente.
—Me alegro de que Beca haya encontrado su sitio, se lo merece.
—Desde luego, es la mejor de los tres.
Me senté en un sillón, enfrente de ella.
—No pensabas que aparecería un tipo que estaría a la altura de Beca, ¿eh? —me picó Susan. Ella sabía que todo me parecía poco para mis hermanas.
—No, lo reconozco. He sido muy crítico con los hombres que se han acercado a mis hermanas. —Me encogí de hombros—. ¿Qué quieres que te diga? Soy protector con ellas.
—Excesivamente protector…
Volví a encogerme de hombros. Sabía la respuesta.
Sabía que era así porque habían muerto nuestros padres demasiado jóvenes.
De alguna forma, la vida me había puesto en esa posición.
Desde entonces, no podía evitar actuar de aquella manera con ellas.
Como tampoco había podido evitar mantener relaciones superficiales, no profundizar.
Cerrar esa parte de mi vida. Recordé el beso de Beth en mi cuello.
Eso no había sido precisamente mantener la distancia. El exponerme así había sido imprudente.
—Es posible —acepté sin tener ganas de dar mi brazo a torcer.
—Con Beca más que con Candela.
—Con Candela también lo soy —declaré con firmeza—. Pero es difícil ser protector con un cactus.
Susan rio brevemente.
—Me encanta Candela —replicó con una mirada afilada.
—Eso es porque te gustan las aristas.
Susan levantó las cejas.
—No lo voy a negar. Las aristas tienen su punto atractivo. De qué otro modo te habría aguantado todos estos años.
En esta ocasión fui yo el que esbozó una sonrisa.
Entró un mensaje en mi teléfono.
El nombre de Elizabeth se iluminó en el móvil encima de la mesa. Susan se dio cuenta al instante. Subió su mirada y la cruzó con la mía.
—¿Te escribe mucho la chica Harrington? —preguntó con intención.
La miré. Sabía que quería decirme algo. Susan no era de las que les daba vueltas a las cosas. No conmigo. Así que, si quería decirme algo, lo haría.
—¿Es una pregunta personal o profesional?
—Álvaro, ¿en serio?
Levanté una ceja.
—Lo digo porque no sueles preguntarme por chicas.
—Porque normalmente no lo veo necesario —replicó.
—¿Y qué ha cambiado?
—Lo que hay en tus ojos cuando la miras.
Me quedé callado.
—Álvaro, sé que no es asunto mío… y quizás hasta son imaginaciones mías —se excusó para tratar de sacarle hierro—. Pero, desde que entró por tu despacho, he tenido la sensación de que pasa algo entre vosotros. —Se quedó callada, y yo no dije nada—. Pero no es mi estilo inmiscuirme, ya lo sabes.
Asentí.
—Lo sé.
—Además, si tuvierais algo… Bueno, no sería la primera vez que hay una relación así en la empresa. Nunca hemos establecido una política al respecto. No suele pasar, pero ha ocurrido antes.
—Eso también es cierto —respondí sin aclarar nada sobre mi relación con Elizabeth.
Susan me miró.
—No es un asunto mío.
—En eso estamos de acuerdo —dije más serio de lo que me hubiera gustado.
Nos quedamos en silencio los dos. En mi caso, porque no quería mentirle, pero es que además no tenía muy claro lo que estaba pasando entre Elizabeth y yo.
—Has faltado dos días a la oficina. Solo dos días, Álvaro.
Elizabeth me ha preguntado por ti los dos días.
Esta misma mañana lo ha hecho… y, sin embargo, te acaba de escribir.
No creo que sea por nada del trabajo. Todo el mundo sabe que estás con un par de días de reposo.
¿Por qué te iba a escribir ella? Su departamento no tiene por qué tratar contigo directamente.
No dije absolutamente nada.
La pantalla volvió a iluminarse una segunda vez con el nombre de la chica Harrington. La mirada de Susan decía mucho más que cualquiera frase elocuente.
—Tú nunca has sido así —añadió hablando de forma franca—. Jamás has mezclado tu vida privada con el trabajo…, y ella es la hija de Thomas Harrington.
No respondí a eso y Susan no añadió nada más.
Nos mantuvimos unos instantes en silencio y después Susan retomó la conversación justo donde la habíamos dejado antes de la llamada de mi hermana.
Seguimos un buen rato hablando, pero exclusivamente de asuntos de la oficina.
Susan no volvió a mencionar a Elizabeth y yo no tuve que contestar nada al respecto.
Cuando Susan se marchó leí los mensajes.
No era la primera vez que me escribía. Siempre me preguntaba por cómo me encontraba.
Me hablaba de algo del trabajo o de cualquier cuestión cotidiana.
Lo que había pasado no lo mencionábamos.
No era la mejor idea tratarlo por teléfono, pero estaba ahí, ingrávido entre nosotros.
Cogí el teléfono en mis manos. Sentía la mirada de Susan como una espada sostenida sobre mi cabeza. Recordé quién era Elizabeth y por qué había venido a Nueva York.
Elizabeth: Hola, ¿qué tal va la tarde? 😊
¿Cómo está esa espalda? ¿Y tu hombro?
Eran mensajes sencillos. Una forma de estar ahí, como si necesitara ese cordón umbilical que nos unía, que se había construido entre nosotros. Sentí que era hora de cortarlo. Debía hacerlo.
Tecleé rápido.
Yo: Hola. Todo bien. Ha venido Susan a trabajar.
Oye, Elizabeth. No es necesario que me escribas todos los días. Estoy bien.
Releí el mensaje. Era el de un auténtico cretino. Aun así, se lo envié.
Me sorprendió que no tardara nada en replicarlo, apenas unos segundos.
Elizabeth: ¿No quieres que te escriba?
Pensé.
Yo: No es lo más apropiado.
Recordé los labios de Elizabeth sobre mi piel.
Elizabeth: ¿Apropiado?
Yo: Soy tu jefe.
Elizabeth: ¿Me estás hablando en serio?
Había que ser directo.
Yo: Creo que nuestra relación debe ceñirse a lo estrictamente profesional. Lo lamento.
Elizabeth: ¿Lo lamento? ¿Estás hablando conmigo o con un proveedor?
Sentí deseos de llamarla. No, de llamarla no, de ir a su casa.
Yo: Siento haberte herido. No era mi intención.
Elizabeth: No te preocupes. No te escribiré más.
No escribió nada más y dejó el móvil.
Deposité el teléfono sobre la mesa y valoré lo que acababa de hacer. Me había comportado como un gilipollas, pero a la larga, sería lo mejor para ella. Aquello no podía ir a más. Cortarlo por lo sano era lo más sensato.
Me levanté y le di la espalda al móvil y a la chica Harrington. Me sumergí en las cuestiones de trabajo que tenía que resolver, en todos los frentes que tenía abiertos. Trabajo, una zona segura a la que entregarme. Eso me había servido en muchas ocasiones y volvería a servirme.
Me centraría en México. Allí teníamos problemas que afrontar, pero antes todavía debía hacer unos viajes intermedios, a otros puntos que requerían mi atención.