Capítulo 17 Una lluvia de ladrillos rojos #3
Había declarado que era su acompañante y creo que todo el mundo dio por sentado que era su pareja. Él no había dicho nada.
—No tienes que quedarte —declaró cuando estuvimos a solas en el box.
—No voy a irme a ninguna parte.
Álvaro se movió para quitarse la chaqueta, pero un gesto de dolor cruzó su rostro. El hombro le dolía, por mucho que se empeñara en quitarle importancia.
—Sí, ya veo que no necesitas mi ayuda —comenté—. Anda, déjame a mí.
Me coloqué delante de Álvaro y lo ayudé a quitarse la chaqueta con cuidado.
Él se quejó. Tenía que dolerle mucho más de lo que decía, porque estaba segura de que no era de los que se quejaban.
—No sabía que eras tan quejica —declaré mientras lo ayudaba a quitarse la corbata.
—Yo tampoco. Es una novedad —replicó—. Esto creo que puedo hacerlo yo —murmuró.
Busqué su mirada gris.
—Es posible —comenté mientras pasaba su corbata por encima de su cabeza—. Pero es más divertido si lo hago yo, ¿no crees? —pregunté mientras dejaba la corbata encima de la camilla.
—No estoy en posición de pensar mucho en este momento —confesó.
—Es cierto, tu brillante cabeza ha sufrido una contusión —dije mientras desabrochaba el primer botón de la camisa.
—Apenas me rozó en la cabeza —se quejó.
—Quizás con tantos golpes no tienes la capacidad de calibrar la gravedad —añadí tras abrir un segundo, tercer y cuarto botón.
—Es posible —aceptó con voz grave mientras yo llegaba a los botones que estaban cerca de su ombligo.
—No te preocupes, seré tu enfermera personal —zanjé mientras tiraba de la tela para sacarle la camisa del interior de los pantalones.
Álvaro tragó.
Mi corazón latía desbocado.
—¿Tienes estudios? —preguntó mientras yo bajaba con cuidado la prenda descubriendo sus hombros.
—No, pero tengo experiencia en voluntariado.
El pecho de Álvaro era algo difícil de describir. No era de las que se dejan apabullar por un físico despampanante, pero, claro, ese físico era de otro nivel.
—Tu experiencia es con perros, ¿no?
—Bueno, sí —repliqué con una sonrisa—. Pero me las apañaré. Al final son como nosotros: solo buscan alguien que les dé un poco de cariño —añadí mientras me pasaba a la parte trasera de la camilla para terminar de quitarle la camisa de la parte baja de su espalda.
—Ya…
—¡Dios mío! —exclamé cuando vi los golpes en su espalda y su hombro—. Tienes varias contusiones.
—No es para tanto.
—Sí lo es —repliqué observando las zonas enrojecidas y la piel raspada.
Deslicé mis dedos con cuidado sobre su espalda.
Álvaro se movió levemente.
—Siempre resultas ser un caballero cuando estás conmigo —murmuré tocándolo con muchísimo cuidado.
—No ha sido nada —replicó con la voz cargada.
—Yo no diría eso —añadí sintiendo que el aire de mis pulmones se consumía—. Ha sido mucho.
Sin saber cómo, besé una de las rozaduras.
Álvaro respiró profundamente, pero no dijo nada.
—No eres un caballero oscuro, como pensé en un primer momento —murmuré—. Eres uno de brillante armadura.
Volví a deslizar mis manos por su piel, pero esta vez lejos de las contusiones.
Le recorrí los músculos de la espalda hasta la cintura.
Estaba hipnotizada, embriagada, no sabía lo que estaba haciendo.
Sentía algo que me ataba a Álvaro. Yo no era así, jamás en toda mi vida había sido así con un hombre.
Siempre me había contenido en mis deseos, en mis necesidades, pero con Álvaro no podía pensar.
Mis dedos necesitaban tocarlo, era algo irracional, me sentía enraizada a él.
Arrastré mis dedos por su espalda y volví a rodear la camilla para mirarlo a los ojos.
Álvaro me observó con una tormenta rugiendo en sus ojos. Yo quería sentir aquella tormenta. Quería que me arrollara por completo, hasta consumirme. Jamás había sentido un deseo ahí.
—Yo no soy así en modo alguno —resolvió.
—Sí lo eres —murmuré acercándome a él.
Álvaro permanecía sentado en la camilla, sin camisa. Era tan hermoso que dolía mirarlo. Una obra perfecta, solitaria, hecha para ser contemplada. Sentí que me dolía todo el cuerpo de las ganas que tenía de tocarlo.
—Eres un brillante, inmenso caballero… Siempre dispuesto a salvarme.
Bajé la mirada a su pecho. Levanté la mano y lo acaricié. Álvaro se movió ligeramente bajo mi caricia. Me acerqué un poco más. Deslicé ambas manos por su pecho hacia su cuello. De forma instintiva, llevó sus manos a mi cintura acercándome a él.
—Elizabeth… —murmuró con la voz cargada.
Miré su pecho, la piel perfecta, sus hombros, su cuello. Inhalé su aroma y deseé pegarme a su cuerpo. Me aproximé más hasta que mi aliento calentó la curva de su cuello.
—¿Sabes? Antes no me gustaba nada cuando alguien me decía Elizabeth. —Busqué sus ojos. El acero gris me envolvió—. Siempre me ha parecido muy formal. Siempre he preferido Beth. Ahora, solo puedo pensar en que vuelvas a llamarme Elizabeth.
Las manos de Álvaro se ciñeron en mi cintura.
Volví la mirada a su piel y besé la curva de su cuello.
Justo en ese momento, alguien abrió la cortina.
—¿Álvaro Durand? —preguntó una doctora.
Nos apartamos repentinamente.