Capítulo 17 Una lluvia de ladrillos rojos #2
Álvaro carraspeó. Echó una mirada furtiva a Susan y a los demás, que estaban a cierta distancia.
—No es un comentario demasiado apropiado para este momento —expuso con voz grave.
El tono entre nosotros se había vuelto íntimo.
—Bueno —repliqué encogiéndome de hombros—. A veces las cosas son inapropiadas.
Volví a levantar la mirada hacia él. El aroma de su perfume era una maldita adicción y me sentía tal y como una mascota fiel, esperando algo, una caricia o la aprobación para irme de allí, como si fuera incapaz de apartarme de su lado.
Recordé el beso de Brandon la noche anterior y lo sentía tan lejos...
Mis ojos serpentearon hacia los labios de Álvaro.
Me sobraba todo: la gente que nos rodeaba y el jersey que me cubría la piel.
Ansiaba volver a tocar su corazón, de la forma que fuera.
—Deberíamos seguir con las fotos —verbalicé.
Trepé una vez más la mirada hasta sus ojos.
—Sí, deberíamos hacerlo —confirmó.
Tiré del abrigo y me lo llevé para apoyarlo encima de los palés.
—¿Qué te parecen las últimas fotos sin el casco?
—Está bien.
Álvaro se quitó el casco y lo dejó a un lado. Se colocó en un punto donde, por encima de su hombro derecho, se veía el skyline de Manhattan a lo lejos. Me miró. Levanté la cámara y lo observé a través del objetivo. Sin el casco estaba todavía más impresionante.
Saqué algunos planos más cerrados sin que apareciera el edificio en construcción.
Pensé que podría utilizarlos para otras publicaciones: su imagen limpia, sin columnas ni pilas de material ni elementos de obra, solo él y Manhattan extendiéndose a sus pies a lo lejos, como si todo aquello le perteneciera.
—Un par de ellas más y terminamos.
—Está bien.
Volví a centrarme mirándolo a través del objetivo. El ruido de la obra seguía rodeándonos, como lo había estado haciendo todo el tiempo. Algunos murmullos cercanos de la conversación de Susan llegaban hasta mí. Un sol radiante entró por el lateral derecho, inundándonos y deslumbrándome brevemente.
Entonces, cuando volví a centrar el objetivo, algo extraño ocurrió.
Se escuchaba un ruido diferente, gigantesco, como un chirrido.
En un primer momento no podía entender de dónde venía, era algo que no formaba parte del conjunto orquestal que nos acompañaba.
El ruido provenía del lado izquierdo, de la inmensa grúa que estaba subiendo palés de ladrillos.
Algo iba mal. El brazo de la grúa se movía de una manera anormal, diferente.
—¡Álvaro! —grité.
Él volvió la mirada hacia donde yo estaba mirando y entonces lo comprendió en cuestión de segundos, mucho más rápido que yo que todavía estaba tratando de entender.
El ruido se hizo mucho más intenso, como un chirrido inmenso.
Álvaro volvió la mirada hacia mí.
—¡Corre! —gritó.
El brazo de la grúa empezó a moverse sin control. Todo ocurrió demasiado rápido para entenderlo, pero los palés de ladrillos oscilaron con violencia y se precipitaron hacia la estructura.
Corrí unos metros, alejándome de la zona en la que habíamos estado haciendo las fotografías, buscando dónde cubrirme, pero no había un solo lugar en el que ponerse a salvo.
El golpe fue seco, brutal. Los palés impactaron contra el forjado y uno de los pilares. El estruendo fue inmenso y el ruido retumbó por todo el edificio. Ladrillos enteros, o en trozos, salieron disparados. Me agaché de forma instintiva y al momento sentí que el cuerpo de Álvaro me cubría.
—No te muevas —me advirtió.
—¡Álvaro! —jadeé asustada.
—Aguanta —insistió.
Todo pasó demasiado rápido.
La lluvia de pedazos de ladrillos apenas duró segundos.
Sentí que caían sobre nosotros, pero no me dio ni uno, porque Álvaro era un escudo alrededor de mi cuerpo.
Estaba hecha una bolita, temblando aterrada.
Él protegió mi cabeza mientras aquella lluvia de proyectiles rojizos no cesó.
La gente gritaba descontrolada sin entender del todo qué estaba pasando.
El corazón me iba a mil. Tuve una serie de pensamientos atropellados: corriendo en la casa de mis padres, con mi madre abrazándome cuando era niña, la mirada de mi padre orgulloso cuando había terminado la carrera, Brandon sonriéndome en nuestra primera cita, Álvaro encima de mí, el día en que nos habíamos conocido, su mano sobre mi espalda con nuestros estómagos llenos de chocolate caliente…
La lluvia arrojadiza cesó tan rápido como había empezado.
Parecía que todo había terminado, salvo por los chirridos que emitía la grúa, que parecían auténticos lamentos.
Álvaro se separó un poco para dejar que levantara la cabeza.
—¿Estás bien? —preguntó.
—¿Yo? —murmuré—. La que tiene que preguntar si estás bien soy yo. Te has llevado los golpes.
Álvaro negó con la cabeza, pero yo lo había sentido. Los cascotes de ladrillos habían llovido sobre nosotros. Éramos los que estábamos más cerca de la zona del suceso.
Levanté ambas manos y cogí su rostro entre ellas.
—¿Te han dado en la cabeza? —murmuré hundiendo mis manos en su cabello.
Se había quitado el casco porque yo se lo había sugerido, para hacer algunas fotos. Me sentí responsable.
—En la espalda y el brazo —aclaró. En la cabeza me rozó uno, pero no me golpeó de lleno.
Zac llegó corriendo desde la otra punta.
—¿Cómo estáis?
—A Álvaro le han dado.
—No ha sido nada —se adelantó.
La grúa chirrió muy cerca de nosotros. Lo que quedaba de la carga oscilaba en el aire y podría volver a golpear el edificio.
—Hay que salir de aquí —advirtió Susan acercándose—. Hay dos obreros con lesiones. Ya están en el montacargas.
—¿Os han dado?
—A mí no —confirmó.
—Yo sentí como pasó un ladrillo rozándome el hombro, pero no ha sido nada —respondió asustado Zac—. No obstante, no te acompañaré en futuras empresas como esta —añadió mirándome—. Creo que podemos gestionar las redes desde lugares menos expuestos a accidentes de construcción.
Álvaro se levantó echando su mano derecha sobre el hombro izquierdo. Se notaba que le dolía.
Todo lo que ocurrió a continuación pasó muy rápido.
El jefe de obra llegó para evaluar cómo estábamos.
Algunas personas habían recibido impactos de ladrillos y había heridos.
Desalojaban la construcción con urgencia para prevenir nuevos accidentes.
Además, era necesario controlar el brazo oscilante de la grúa y comprobar que se podía continuar trabajando en condiciones de seguridad.
El descontrol fue considerable, sobre todo, porque había muchos trabajadores en otras plantas que no sabían qué había ocurrido, lo cual sumaba más estrés a la situación.
Salimos del edificio en uno de los elevadores de obra, que confirmaron que era seguro al encontrarse en el lado opuesto de la planta.
Muchos de los trabajadores utilizaron las escaleras, pero estábamos a gran altura y Álvaro no tenía buena cara.
Me negué a que bajara por las escaleras y no me separé de él ni un solo momento.
Por mucho que insistía en que no le habían golpeado en la cabeza, que apenas le habían rozado.
Me pregunté si lo hacía por mí, porque sabía que me sentía responsable de haberle pedido que se quitara el casco.
Cuando me subí con Zac y Álvaro en una ambulancia, por fin conseguí respirar.
***
Zac pasó a una sala de espera y a Álvaro y a mí nos ubicaron en otra.
El paciente era Álvaro, porque a mí no me había rozado ni el aire, gracias a él.
Tras el triaje, nos asignaron un box con una camilla y una silla para el acompañante.
Me quedé allí a solas con Álvaro quien tenía que ponerse un camisón, al menos de cintura para arriba.