El chico de Manhattan Capítulo 17 Una lluvia de ladrillos rojos
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Capítulo 17 Una lluvia de ladrillos rojos

Una lluvia de ladrillos rojos

Beth

—Buenos días. ¡Por fin apareces! —bufó con un punto molesto.

Zac Smith era un tío joven, divertido y que siempre mantenía el buen ánimo. Me resultó extraño notarlo con un punto picajoso. Aunque, normalmente, yo no lo dejaba tirado con el trabajo.

—Esto ha sido idea tuya, Beth. Venir aquí ha sido idea tuya y me dejas aquí tirado con todos estos…

Estábamos en un edificio de nueva construcción de BAC USA Real Estate.

Era un proyecto ambicioso para Queens. Se levantaría un conjunto de tres torres de viviendas.

Por ahora solo estaba la primera. Bueno, en realidad, lo que estaba era la estructura.

Estábamos en el esqueleto del edificio y habíamos subido con casco y todas las medidas de seguridad necesarias.

En mi plan para hacer las redes sociales del holding más atractivas, me había empeñado en humanizar las publicaciones colocando a Álvaro como protagonista.

Sí, había sido idea mía: unas instantáneas del CEO junto al ingeniero, el jefe de obra y otros implicados en el proyecto, en el esqueleto del edificio en plena construcción.

Y allí estábamos. Todos ellos, Zac y yo. Además, había varios obreros trabajando, haciendo lo que hacen los profesionales de la construcción para logar que los edificios se mantengan en pie.

—No te he dejado tirado con nadie —negué—. Estoy aquí, ya he llegado, solo he tenido un pequeño problema de horario.

—Bueno, pues espabílate, porque Álvaro está tenso. Llevo dos años en esta empresa, tiempo más que suficiente para saber que no le gusta que lo hagan esperar.

Miré a Álvaro. Estaba hablando con Susan.

Ella era preciosa y parecía muy cercana a él.

Con ellos conversaba un tipo robusto que, salvo error, era el jefe de obra.

También estaba el ingeniero del proyecto.

Álvaro dirigió la mirada hacia donde estaba yo, como si supiera que acababa de llegar.

Sus ojos se clavaron en mí: azul intenso con algo de gris.

La mañana era fresca y su mirada tenía un punto de hielo, pero también recordaba la calidez con la que me había mirado el día anterior.

Recordé mi sueño, con las flores creciendo en el mármol.

En ese momento no había ni una sola flor; solo quedaba el mármol, y sí, estaba tenso.

—A nadie le gusta esperar, pero no es el fin del mundo —repliqué—. Venga, vamos.

Caminamos hasta ellos.

—Bueno, Beth ya está aquí. Podemos empezar —comentó Zac.

—Hola, siento el retraso —saludé.

El jefe de obra me saludó con un gesto. Era un tipo afable.

—No te preocupes, Beth. A todos se nos han pegado las sábanas alguna vez —replicó Susan con guasa.

—No me he quedado dormida —murmuré—. Solo que he tenido una noche algo… accidentada.

Desvié la mirada esperando que dejaran de mirarme y que volvieran a centrarse en la conversación entre ellos.

Apoyé la funda de mi cámara fotográfica en una pila de palés, junto con el casco que me habían dado. No me parecía práctico para ponerme a hacer fotos con él. Me fijé en la luz y saqué un flash para colocarlo.

—¿Estás segura de que harás bien las fotos? —preguntó Zac con dudas.

—Tengo varios cursos de fotografía, ya te lo he dicho.

—Sí, sí, lo sé —comentó algo nervioso—. Pero para esto siempre enviamos a profesionales.

—Yo soy profesional, aunque me dedique habitualmente a otros menesteres.

—Ya me entiendes —replicó Zac—. No eres nuestra fotógrafa oficial.

Me encogí de hombros.

—Ahora sí lo soy.

Me colgué la cámara del cuello y dejé sobre los palés el resto de las cosas, incluida mi americana.

No hacía un frío excesivo, estábamos teniendo un tiempo cada vez más primaveral.

Busqué con la mirada a Álvaro quien no había pensado lo mismo que yo esta mañana.

Llevaba un abrigo de corte perfecto, entallado y abierto.

Debajo se intuía su traje hecho a medida y una corbata gris que resaltaba sus ojos grises azulados.

Había sido una buena elección. Viéndolo allí, a pesar del casco, todo el mundo reconocía su estatus.

Álvaro transmitía inaccesibilidad por cada poro de la piel.

Y, a pesar de la cercanía de la noche anterior, de la cena y la conversación, de mi mano sobre la piel que mostraba su camisa entreabierta, me había dejado más que claro que era exactamente así: inaccesible. Se había marchado, sin más.

Caminé hacia él.

Sí, se le veía algo tenso. Sentí que, bajo su mirada, caminaba sobre un lago helado. Con la certeza de que el suelo podría resquebrajarse bajo mis pies y me hundiría sin un salvavidas al que aferrarme.

—Bueno, estoy lista —comenté—. Cuando queráis.

—¿Te encaja el escenario con lo que habías pensado? —preguntó Susan.

—Sí, desde luego. Es justo lo que tenía en mente.

Quería humanizar nuestras publicaciones.

Eso era lo que les había vendido, y lo que tenía delante de mis ojos encajaba perfectamente con aquella idea.

Además, estaba el hecho de que Álvaro era extremadamente atractivo, y eso suponía un reclamo inmenso.

Claro que ese detalle no lo había comentado cuando traté el tema con Sebastián y Zac.

Pero no había duda de que Álvaro era nuestra mejor baza para que la gente hiciera clic en nuestras publicaciones.

Por otro lado, estaba esa mirada inaccesible, dura…

Sí, eso también podría enganchar al usuario.

Me acerqué hasta quedarme a un par de metros de Álvaro.

—Si os parece bien, haré primero un par de fotografías generales, captando el edificio en construcción y el estado actual de la obra —indiqué—.

Después, algunas en las que me gustaría que salierais hablando de forma distendida, orgánica, y finalmente, solo el CEO —añadí, marcando la distancia con Álvaro.

Su ceño se frunció ligeramente; no parecía contento con que me dirigiera a él así—.

Por ahora, podéis hacer como si no estuviera aquí.

Hablad sobre la obra. Podéis coger algunos recursos como planos físicos o documentación del proyecto, como habíamos comentado.

—Está bien —respondió Susan con quien ya había hablado de eso un par de días antes—. Tú eres la que tienes el ojo en lo que es necesario.

—Por mí, como queráis —comentó el jefe de obra—. La gente está trabajando como siempre porque pensé que así sería más natural. Me comentó Susan que era lo que estabas buscando.

—Sí, sí, desde luego —afirmé—. Eso es precisamente lo que quiero.

—Un resultado parecido al que obtuvimos con las de Dubái, ¿no, Beth? —me preguntó Susan—. Son las fotografías que te enseñé antes, Carlos —añadió dirigiéndose al jefe de obra.

—Sí, eso es. No quiero vender solo edificios, quiero humanizar las publicaciones.

—Muy bien. Lo que vosotros digáis —respondió el tal Carlos.

—Entendido —añadió el ingeniero—. Pues vamos a figurar.

Esbocé una sonrisa.

—Perfecto, Beth —respondió Susan—. Empieza cuando quieras.

Álvaro no había dicho ni una sola palabra.

Asentí y me alejé un poco.

Fotografié la obra con el paisaje de Queens.

Estábamos en la planta 35 del edificio, lo que nos daba una buena perspectiva y una panorámica amplia.

Algunos de los obreros eran muy simpáticos e incluso hablaron un poco conmigo mientras les hacía fotografías: en algunas posaban con sonrisas cálidas y en otras trabajaban, como si no supieran que estaba allí.

Después fotografié a Álvaro, con el ingeniero y el jefe de obra. Seguimos la misma tónica: algunas fotos posadas y la mayoría más espontáneas. El ingeniero sostenía unos planos mientras hablaban sobre el proyecto.

Álvaro apenas había pronunciado un par de monosílabos.

Tenía un buen repertorio; solo me faltaban las fotografías del CEO en solitario.

Finalmente, me aparté con Álvaro para hacer mi magia.

Observé el sol que entraba a raudales por un lateral de la estructura.

El murmullo de la conversación de Zac con Susan llegaba hasta nosotros, a pesar de la distancia.

Se percibía más ruido ambiente por la obra, algo que me ayudaba a concentrarme y aislarme.

Una grúa inmensa trabajaba, elevando bloques enormes de ladrillo hacia las plantas superiores.

Revisé el trabajo que había hecho, para valorar el material que tenía, mientras Álvaro se posicionaba. Cuando vi que estaba listo esperándome me acerqué.

—Bien, vamos allá —comenté—. Solo quedan las tuyas.

—Está bien —respondió—. Cuando quieras, tú mandas.

Sonreí levemente, eso me gustaría.

Disparé. Dos fotografías captando la mirada fría de Álvaro. El sol entrando por el lateral derecho, como si lloviera luz por encima de él. Estaba espectacular. Sus ojos grises se veían aún más claros. Era un titán, inalcanzable.

—¿Qué te parece alguna sin el abrigo?

—Lo que tú digas.

Observé como se lo quitaba y no pude evitar acercarme a él para cogerlo.

No sé por qué lo hice, ya que yo tenía que hacer las fotos y no tenía más idea que él de dónde dejar el abrigo.

Sujeté la prenda cuando él todavía no la había soltado.

Su aroma llegó hasta mí. Me pregunté cómo había empezado a poder reconocerlo como su olor.

Sentía que se me metía directamente por debajo de la piel.

—Estás muy callado —comenté aprovechando que habíamos acortado la distancia.

—Suelo ser así —replicó.

Subí la mirada trepando hasta sus ojos.

—No tanto.

—En ocasiones, sí.

—Ya veo.

Álvaro apretó la mandíbula y yo miré sus labios. No me había besado el día anterior. Habría podido hacerlo, pero no lo había hecho de forma deliberada.

—¿Qué te parece alguna sonriendo? —pregunté observando sin ningún pudor su boca—. ¿O alguna en la que parezcas humano? Cualquiera podría confundirte con una de las estatuas de Literary Walk.

La sorpresa cruzó su mirada.

—¿Tú crees?

—Sí. De hecho, es un pensamiento que he tenido varias veces. Creo que ayer te dije algo así. Quizás no concreté la comparación con las pétreas figuras de los escritores, pero algo así comenté, ¿no? Si no fuera por el hecho de que he comprobado que tu tacto no es de piedra, seguiría dudándolo.