El chico de Manhattan Capítulo 16 Trenzadas a mis rodillas
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Capítulo 16 Trenzadas a mis rodillas

Trenzadas a mis rodillas

Álvaro

Observé mi reflejo en el cristal de unas puertas dobles blancas, muy blancas. Vestía chaqué con chaleco y corbata grises. Llevaba un pequeño arreglo floral en la solapa. Los gemelos simétricamente colocados. No había nada fuera de sitio. Mi atuendo era, de arriba abajo, perfecto.

Crucé las puertas y caminé. El color blanco predominaba en todo lo que había a mi alrededor: impoluto, rayando lo celestial. Un blanco cegador que lo llenaba todo, y en medio de aquel mar de luz blanco, estaba ella.

Caminé hacia Elizabeth.

—Hola —saludó con calma.

Una sonrisa sostenida en sus labios, casi como si me acariciara.

—Hola —repliqué.

—Te estaba esperando.

—¿A mí?

—Claro, a ti. ¿A quién si no?

La observé. Llevaba un vestido blanco, etéreo, cegador, con un bordado de encaje sobre una tela transparente. Estaba tan perfecta… El cabello recogido. Todo el conjunto quería decirme algo, sentí que me mordía el estómago.

—¿Y esto? —pregunté sin acertar a comprender.

—Es mi traje de novia.

Busqué el solitario en su mano. Su anillo de compromiso.

¿Finalmente se casaba con aquel tipo? Con aquel cretino que la había besado, que había estado dentro de ella, que la había humillado y engañado.

Busqué el anillo. No era el solitario. Sentí que me daban un puñetazo en el estómago: era el anillo de compromiso de mi madre.

—¿Elizabeth?

—¿Qué pasa? No me digas que todavía no nos hemos casado y ya estás arrepentido.

—¿Casarnos?

—Pues claro.

—¿Casarnos tú y yo?

Elizabeth se rio y era el sonido más bonito del mundo. Dulce, etéreo.

—¿Y con quién me voy a casar si no?

—Pero yo siempre estoy solo… Siempre he estado solo —murmuré.

Sentí las manos de Elizabeth deslizándose por las solapas del chaqué.

—Ya nunca más estarás solo.

Estábamos en una iglesia repleta, inmensa.

Miré a mi alrededor; la conocía. Era la Catedral de San Patricio, ubicada en la Quinta Avenida de Manhattan.

Miré los bancos abarrotados. Estaban los padres de Elizabeth en primera fila.

Estaban Beca, Filip, Candela… Y mis padres.

Me dolió el pecho con aquella estampa. Mi padre me abrazó.

—Estoy tan orgulloso de ti —declaró.

No pude decir una sola palabra.

Mi madre tomó mi rostro entre sus manos. Me miraba exactamente como lo hacía cuando era un niño. Sentí que me rompía. Quería llorar. Gritar. Apoyar mi cabeza en su pecho y olvidar todos los años que ella no había estado. Hacer como si no hubieran existido.

—Mamá…

—Estás perfecto. Tan guapo… Vas a ser tan feliz, Álvaro. Inmensamente feliz. Ve con ella.

Volví mi mirada hacia Elizabeth.

Dejé a mi madre y caminé hacia mi futura esposa.

Elizabeth me abrazó, envolviéndome en aquella calidez que podría hacer creyente al mayor ateo. Yo nunca había creído en nada, pero creía en ella. Cerré los ojos y me dejé envolver por ella. Elizabeth representaba todo lo que me había sido siempre negado: lo bueno, lo auténtico, lo intocable.

Abrí los ojos. El suelo estaba lleno de rosas blancas. Había rosas por todas partes. De un blanco inmaculado, cegador. Caminé entre ellas solo. No había nadie más allí. Ya no estaba en la catedral ni había nadie conocido allí conmigo. Estaba solo, absolutamente solo, caminando entre rosas blancas.

Me quité la chaqueta. Solo llevaba un pantalón y una camisa blanca.

Seguí caminando entre las rosas blancas que inundaban todo el espacio.

Entonces la vi, a lo lejos: Elizabeth. Caminé durante mucho tiempo, pero no podía llegar hasta donde se encontraba, ella siempre permanecía fuera de mi alcance.

—¡Elizabeth! —grité.

Entonces volvió su mirada hacia mí y de repente ya no había ninguna distancia entre nosotros.

Elizabeth estaba sentada en una cama blanca, inmaculada como todo lo que nos rodeaba. Era una cama grande y ella estaba sentada en el centro. Había rosas blancas cayéndose por todas partes. Llenando todo el suelo.

—Estoy aquí —respondió mirándome.

Estaba completamente desnuda con su cabello rubio muy claro suelto.

—Te estaba buscando… —expliqué.

—Pues ya no tienes que buscar más —afirmó—. Estoy aquí.

La observé y puse una rodilla encima de la cama, después la otra. Me detuve, sin atreverme a avanzar ni a retroceder. Me quedé encima de la cama, sentado sobre mis rodillas. Me sentía incapaz de acercarme más. De tocarla, como si yo no fuera digno.

—Ven… —me llamó.

El pecho me dolía, la cabeza me ardía. Todo mi cuerpo pugnaba por tocarla, pero sencillamente no podía…

—No puedo.

—Pero te estoy esperando.

Ramas de plantas enredaderas se desprendieron de la cama y se ciñeron a mis piernas, trenzándolas con rosas blancas.

Observé a Elizabeth, ¡estaba tan cerca y tan lejos! Me sentí incapaz de alcanzarla. Ella me esperaba, completamente desnuda y, a pesar de ello, no había nada impúdico en su desnudez. Por algún motivo no podía ver las zonas más íntimas.

—No puedo llegar hasta ti —declaré.

—¿Cómo es posible? —preguntó Elizabeth—. Si estoy aquí. Llevo tiempo aquí, esperándote.

En aquel momento me desperté. Estaba empapado en sudor. Me senté en la cama, sobresaltado.

— No puedo creerlo. ¿¡Ha sido un sueño!? —pregunté con la marca de agua de la desnudez de Elizabeth en mis pupilas.

Miré el reloj. Era hora de levantarme y ducharme. Tenía que prepararme para ir a trabajar. Aquello solo había sido un sueño.

Elizabeth no me estaba esperando.

Ella no tenía nada que ver conmigo.

Yo no debía ni tan siquiera atreverme a soñar algo así con ella.