El chico de Manhattan Capítulo 15 Flores sobre mármol
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Capítulo 15 Flores sobre mármol

Flores sobre mármol

Beth

—No es cuestión de lo que yo desee. Esto no puede ser.

Me besó en la frente y se apartó.

Observé como Álvaro giraba su rostro hacia atrás, dispuesto a levantarse.

Todo mi cuerpo se rebelaba. Me sentía descontrolada.

No podía entender aquello que rugía dentro de mí, pero no podía soportar que dejara de mirarme.

Simplemente, no podía. ¿Dónde estaba la chica que siempre había actuado conforme a las normas?

Mi cabeza estaba a punto de explotar en aquel momento.

Tiré de su hombro para que volviera a mirarme.

Álvaro volvió su mirada hacia mí y acaricié nuevamente su mejilla, pero estaba vez no esperé su reacción.

Directamente lo besé. Un beso suave, pero firme.

Me sentía enferma, febril y completamente fuera de control.

No estaba acostumbrada a ser así con un hombre.

Jamás había actuado de una forma tan impulsiva.

Mi beso apenas había sido un roce suave.

Álvaro me miró unos instantes y entonces todos aquellos reparos que habían estado conteniéndolo estallaron en pedazos, que rebotaron entre lo que podía y no podía ser.

En las costuras de nuestras necesidades.

Álvaro se libró de todas las ataduras que habían estado reteniéndolo y me devolvió el beso.

Fue tal y como si una ola del mar hubiera caído sobre mí.

Sentí sus labios firmes, exigentes, y abrí la boca para recibirlo.

Su cuerpo se curvó sobre el mío y me recosté en el sofá mientras trataba de respirar en aquel inmenso océano azul en el que Álvaro me había sumergido.

Él lo llenaba todo. Su lengua acarició la mía y yo no pude sino devolverle el beso mientras mis manos se hundían en su cabello.

Álvaro era fuerte como la piedra. Lo sentía encima de mí mientras todo mi cuerpo se derretía.

Sus piernas se entrelazaron con las mías.

—Elizabeth, esto es una locura.

—No me importa —jadeé contra sus labios.

—¿Qué es lo que quieres? —me preguntó acariciando mi cuello.

—A ti —respondí—. Te quiero a ti.

Miré su rostro esculpido en el mármol.

—¿Estás segura de que esto es lo que quieres? —añadió deslizando su mano por encima de la blusa hasta acariciar mi pecho.

Me sentí abrasar. Toda mi piel estaba ardiendo, a pesar de que me había sumergido con él en algo denso. Un mundo donde solo él y yo existíamos. Profundo, azul y gris piedra, como sus ojos.

—Sí. Esto es lo que quiero —confirmé.

Él apretó mi pecho ligeramente y gemí en respuesta.

Deslizó su dedo por encima de mi pezón, que se irguió contra el sujetador.

Sentía su dedo deslizándose una y otra vez por encima de la seda de mi blusa.

Jadeé contra sus labios y fui plenamente consciente de que él estaba estudiando cómo reaccionaba.

Volvió a apretar el pezón y tuve la certeza de que sabía cómo volver loca a una mujer.

Mi pierna se movió y Álvaro se acomodó, colando una pierna entre las mías.

Me rocé contra él y supe que él sabía que iba a hacer eso.

Soltó mi pecho y acarició mi costado. Volvió a besarme y yo subí mis manos a sus mejillas, acariciándolo, mientras del mármol de su rostro crecían flores.

Sus labios húmedos, densos acariciaban los míos en besos imposibles mientras me abrazaba contra su cuerpo.

Había flores creciendo allí donde mis manos tocaban su piel: en su rostro, su cuello, su pecho duro, firme, cálido, profundo como el océano de Nueva York.

Flores creciendo por cada centímetro de piel mientras sus dedos acariciaban mi muslo colándose entre mis piernas.

Me tocó por encima de la tela humedecida de mis medias.

Me arqueé debajo de él y gemí profundamente mientras sus dedos no dejaban de acariciarme.

—Elizabeth… —murmuró sobre mis labios.

Lo miré a través de la niebla del deseo.

Me sorprendió que no hubiera flores sobre su piel, porque antes estaban allí…

Pero ahora las flores estaban llenando todo el salón.

Rosas blancas cayéndose a borbotones del sofá mientras la mano de Álvaro me acariciaba entre las piernas.

Mientras la humedad empapaba mi ropa interior y mis medias...

Flores en el suelo del salón, amontonando pétalos llenos de colores mientras Álvaro me observaba con los labios entreabiertos.

Flores creciendo por las paredes, enredadas en la lámpara, descolgándose del techo mientras bajaba para morder mi labio inferior y tirar de él.

Jadeé, deshaciéndome en deseo mientras él rompía la tela de mis medias y tiraba de mi ropa interior.

Flores llenando cada pedazo de mi apartamento y, en medio de aquellas flores, la mirada llena de piedra gris de Álvaro observando como mi falda se había subido hasta mi cintura.

Separándome una pierna hacia un lado para acariciarme desde el interior del muslo hasta mi humedad.

—¿Así? —preguntó introduciendo un dedo dentro de mí.

—¡Álvaro! —jadeé.

Salió y me acarició nuevamente mi punto más sensible mientras las flores lo llenaban todo. Pensé que rompería a llorar. Entonces, introdujo dos dedos.

—¿Sigo? —preguntó con la voz cargada de deseo.

—Sí, por favor —le pedí.

Él siguió con su mirada fija en mí.

—No dejes de mirarme —ordenó.

Bajó su cabeza y mordió mi pezón por encima de la blusa mientras seguía entrando y saliendo de mi cuerpo.

—Por favor… —supliqué.

—Tranquila.

No sabía qué era sentirse así, pero Álvaro me enseñó.

Rompiendo una a una todas las reglas que siempre creí que estaban ahí.

Haciéndome mirarlo a los ojos. Mientras él solo rompía el contacto visual para observar como sus dedos entraban y salían de mi cuerpo, como cada centímetro de mi cuerpo ahora era suyo.

Se acercó a mi oído para susurrar.

—Vamos, quiero verlo.

Como si mi cuerpo pudiera reaccionar a sus deseos, el océano llegó con una ola rotunda que me cubrió por completo. El agua me inundó. Me sumergió entera, dejándome sin opción a pronunciar una sola palabra. Lo llenó todo.

Las flores se inundaron. Mi cabello flotaba. No podía respirar. Álvaro llenaba cada pedazo de mí.

Desperté sobresaltada.

—¡No! ¡Otra vez no! ¡No puede ser otro sueño! —declaré con el corazón latiendo con fuerza en mi pecho.

Me derrumbé sobre la cama. No podía creer que hubiera vuelto a soñar que Álvaro me tocaba.

No era un sueño cualquiera. No solo por el hecho de que me entregara a él, sino por la forma en que me entregaba, por lo autoritario que mi subconsciente lo dibujaba.

Cerré los ojos con fuerza y cogí una almohada para taparme la cara. Me moría de vergüenza.

Recordé lo que había pasado en realidad: había estado a punto de ocurrir algo, sí, pero al final no había pasado nado. Álvaro se había marchado a su casa y yo me había quedado allí, sola.

Sin embargo, yo estaba empapada. ¿Cómo era posible tener sueños tan vívidos como aquel? Y lo que era peor, ¿cómo era posible que Álvaro y yo hubiéramos estado a punto de besarnos? Aquello era una locura. ¿Dónde estaba todo aquel amor que había sentido por Brandon?

Observé la sortija de compromiso en mi mano.

No tenía sentido llevarla puesta. En un arrebato la toqué para quitármela, pero algo me lo impidió.

La dejé, no podía quitármela todavía. Cuando recordaba a Brandon sentía un sabor amargo extendiéndose por mi estómago.

Pero en medio de todo aquello estaba lo que habíamos vivido: los paseos tranquilos, las noches juntos, los sueños de los que habíamos hablado tanto…

Sus detalles, la forma que tenía de mirarme…

Había habido muchas cosas. Él lo había destrozado todo con sus propias manos.

Todavía no podía creerme que hubiera venido el día anterior a Nueva York.

No quería verlo. No en este momento. No es que no lo quisiera perdonar, es que no podía.

En ese momento la alarma de mi móvil sonó.

—¡No puede ser! —exclamé.

Era hora de levantarme y estaba en mi cama recuperándome de una noche de no sexo con mi jefe, regodeándome en el dolor de lo que me había ocurrido con Brandon.

Tenía una salida de trabajo en Queens, y llegaba tarde.

No me había dado cuenta de adelantar la hora de la alarma teniendo en cuenta que tenía que desplazarme hasta allí.

Salté de la cama y corrí a la ducha. Tomé un café a toda prisa y me vestí unos vaqueros de pierna recta con unos botines, un jersey fino y una americana.

Era hora de enfrentarme al protagonista de mis desvelos.