El chico de Manhattan Capítulo 14 Mi empleada, la hija de Thomas Harrington
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Capítulo 14 Mi empleada, la hija de Thomas Harrington

Mi empleada, la hija de Thomas Harrington

Álvaro

—Espera un poco —me pidió Elizabeth mientras sostenía un paño con hielo sobre mi mano.

Había llevado a Beth a su casa. Bueno, mi chófer nos había llevado y después se había retirado.

Volvería a mi piso dando un paseo. Eso me ayudaría a despejarme después de haberme enfrentado a aquel tipo por Elizabeth.

No tenía que haberlo hecho, la violencia nunca era la respuesta, pero no había podido evitarlo.

Era un ser despreciable. ¿Cómo había podido estar comprometida con un tipo así? ¿Cómo podía llevar todavía su anillo?

Elizabeth se había alterado mucho por el altercado con su ex.

No había parado de hablar en todo el camino.

Sobre lo increíble que era que él hubiera venido hasta Nueva York.

Que qué se creía. Si pensaba que era posible que ella simplemente cerrara los ojos a lo que había pasado, como si no fuera nada.

Habló y habló sin parar, sin ser consciente de que estaba llorando, hasta que yo le di un pañuelo.

Entonces lo cogió, se limpió y dejó de hablar.

Cuando llegamos al portal de su edificio insistió en que subiera y que podíamos cenar algo.

Que no se sentía bien para estar sola. Nunca pensé que yo sería la compañía que alguien escogería para sentirse reconfortado, pero allí estábamos, y la verdad es que yo no quería dejarla sola.

Ahora Beth, Elizabeth, sostenía mi mano con su propia mano, y por encima tenía un paño con hielo que sostenía con la otra.

Así que mi propia mano estaba entre el calor que le proporcionaba una de sus manos y el hielo de la otra.

No sé por qué, pero pensé que así me sentía con ella.

Entre mi propia frialdad y una calidez inusitada.

—¿Te duele? —preguntó.

Vi el cabello rubio cayendo hacia un lado. La luz indirecta de la lámpara dándole un tono más dorado.

—Menos de lo que a él le duele la cara, eso seguro.

Esbozó una sonrisa suave. Me pregunté qué haría falta para hacerla sonreír de verdad.

Una sonrisa completa. Supuse que a él sí le habría sonreído así.

Ese imbécil al que le había regalado sus sonrisas se había portado mal con ella.

La había lastimado, la había traicionado…

Sin embargo, pensé en que ambos eran demasiado jóvenes.

Él estaba en la edad de cometer errores.

Me sentía muy alejado generacionalmente de él.

Debería ser mayor que Beth unos tres o cuatro años.

Lo cual hacía que yo le sacara unos ocho o nueve años.

Era un niñato. Pero eso no había impedido que le pegara un puñetazo en la mandíbula.

Estaba mal, y aun así volvería a hacerlo.

¿Cómo había podido llamarla así? Me enfurecí al recordarlo.

No merecía nada de ella, ni tan siquiera respirar el mismo aire.

—No tenías que haberlo hecho —me recriminó con una dulzura tibia.

—Él tampoco tendría que haberlo dicho.

—Ya.

La miré en silencio.

—No voy a disculparlo —declaré—. Pero se ve que sigue enamorado. Lo que dijo fue la rabieta de un hombre herido.

Los ojos azules de Beth me miraron.

—Lo sé.

—Aun así, no debió decirlo —ratifiqué—. Por mucho que sus elucubraciones lo cegaran.

—No, es cierto. No debió decirlo. —Recolocó los hielos—. Tú tampoco debiste haberle pegado.

—Toda la razón —acepté—. Pero no pude soportar que dijera eso de ti.

Volvió a mirarme.

—Esa es toda una declaración.

Me quedé callado.

—¿Te apetece comida mexicana para cenar? —preguntó Elizabeth mientras algo de lo que habíamos dicho todavía flotaba en el aire.

—¿Con mucho o poco picante? —pregunté.

—Me gusta solo con un poco de picante.

—Como a mí —respondí.

***

Cenamos tacos sentados en su sofá, con la televisión encendida y la comida en la mesa baja ubicada delante del sofá.

Después Beth sacó una tarrina de helado de vainilla y dos cucharas y compartimos helado mientras veíamos un late night .

Entrevistaban a un taxista neoyorquino que estaba contando un montón de historias, a cuál más disparatada.

Nos reímos. Bueno, principalmente, Beth se rio, y yo me sentí aliviado.

—¿Te imaginas ser un taxista y vivir semejantes peripecias? —se rio hundiendo la chuchara en el helado.

—Bueno, esto es Nueva York, supongo que es normal que se encuentre con toda clase de tipos. —Hice una pausa—. Pero no, no creo que pudiera ser taxista. El tráfico me pondría de los nervios.

—¿Y conducir te gusta? —preguntó.

—Sí, no me disgusta. Pero no es algo que me apasione.

—¿No? A mí me encanta. —Me miró, clavando la cuchara en el helado—. Me gusta la velocidad —añadió como si confesara un secreto oculto. Un pequeño pecado.

—¿La velocidad?

—Un poco. Sentir el aire entrando por la ventana, con la radio en mi emisora favorita —expuso—.

Alguna vez he cogido la Talladega Scenic Drive y me he perdido un par de horas conduciendo.

Es una carretera larga, sinuosa y elevada, con tramos sin casas ni gasolineras…

y con bosque denso a ambos lados. Me encanta esa sensación de estar sola, de no tener que hablar con nadie, de la velocidad mientras la música lo llena todo dentro del coche.

—Espero que eso lo hagas respetando los límites de seguridad —indiqué.

Se mordió el labio.

—En la mayor parte de las ocasiones.

Esbozó una pequeña sonrisa de culpabilidad.

—Elizabeth Harrington, ¿eso es lo que les enseñan hoy en día a las jóvenes sureñas? —la reprendí.

Negó con la cabeza.

—No. Los valores sureños tradicionales siguen intactos. Pero de vez en cuando, hay que saltarse alguna que otra norma, ¿no? Aunque sea una norma de tráfico.

La miré sin decir nada. Mi cabeza se llenaba de las normas que le habrían inculcado de pequeña y de todas las que me gustaría que se saltase conmigo.

En la televisión sonaron risas por algo que dijo el conductor del programa. Dejé el helado con las cucharas encima de la mesa.

—Gracias por lo de hoy —dijo Elizabeth de repente.

—No tienes que dármelas.

—Le habría parado los pies —añadió con aquella mirada que demostraba que ella era fuerte a pesar de su aspecto delicado.

—Lo sé —aseguré—. Pero no pude evitar inmiscuirme.

No nos movimos, pero fui muy consciente de su cuerpo, a escasos centímetros del mío en el sofá.

—Todo un caballero —declaró.

—No me veo así en modo alguno.

Elizabeth estiró su mano hasta mi mejilla y me acarició.

Cerré momentáneamente los ojos ante su tacto.

Ella no retiró la mano. La bajó delicadamente por mi cuello.

Volví a abrir los ojos y ella me observaba con los labios entreabiertos.

Deseé estirar la mano y reclamar su boca como mía.

Sus dedos menudos bajaron por el hueco que mi camisa dejaba abierto en los primeros botones.

—No eres el ideal del caballero clásico. Eres más bien un caballero oscuro —murmuró—. Pero así es más interesante.

Me había quitado la corbata para cenar. La había dejado en el bolsillo de mi chaqueta en la entrada. Sin embargo, los botones cerrados impedían a Elizabeth avanzar. Y, con todo, no apartaba la mano de la piel que mostraba el hueco de mi camisa.

—Beth —murmuré—. No deberíamos.

Todo mi cuerpo estaba en tensión bajo una caricia tan sutil, tan delicada.

Como una niña que acaricia un lobo. Mi parte más primaria estaba deseando saltar.

Cada pedazo de mi cuerpo clamaba por dejarse llevar y despiezar todo aquello que era correcto y adecuado.

Olvidarme de quién era ella y de quién era yo y de todo lo que nos separaba.

Por otro lado, solo quería quedarme así, quieto.

Esperar como un mendigo sus caricias. Que hiciera lo que quisiera conmigo.

Estaba dispuesto a arder y consumirme solo por los centímetros de piel que ella quisiera tocar.

—No voy a hacer nada —declaró con la voz cargada—. Solo quiero… Solo quiero sentir tu corazón —añadió.

Mi corazón, un músculo que bombeaba sangre a todo mi cuerpo y nada más. Al que no le había prestado atención desde hacía años. Ella ansiaba llegar hasta él.

No dije nada.

Elizabeth desabrochó dos botones más de mi camisa.

En ese momento debí pararla, detenerla, no podía permitir que ocurriera nada entre nosotros, pero no lo hice.

Ella acortó todo el espacio que quedaba en el sofá y sentí su cuerpo haciendo contacto con el mío.

Deslizó su mano dentro de mi camisa hasta mi corazón y la detuvo allí.

—Solo quería hacer esto —murmuró en un suspiro, apoyando su cabeza en mi hombro—. Solo quería sentir tu latido, nada más —añadió como un pecado inconfesable.

Fui incapaz de replicar. Apoyé mi cabeza en la suya y me deshice en sus manos tan solo con tenerla allí, pegada a mí.

—El día que te conocí… —murmuró.

—¿Qué? —conseguí decir.

—Pensé que quizá estuvieras hecho de piedra. A veces tu semblante es así, como si siempre quisieras mantenerte distante, permanecer lejos, infranqueable.

—¿Como la piedra?

—Sí —murmuró con su mano sobre mi pecho.

Moví mi cabeza para mirarla a los ojos.

Elizabeth volvió la mirada hacia mí.

—No es una mala descripción.

—¿Te sientes identificado? —preguntó.

Sentí aquella mano sobre mi piel, volviendo a ascender por mi esternón. Era pequeña, pero avanzaba con firmeza, a pesar de los miedos y reparos que me mostraba en su mirada. Elizabeth tenía algo muy vulnerable y no utilizaba subterfugios ni engaños. No, ella se mostraba tal y como era.

—Sí. Es una descripción bastante buena.

Subí mi propia mano a su cuello. La piel de Elizabeth era sedosa y se erizaba a mi contacto. Entreabrió los labios.

—Sin embargo —murmuró—. Tu corazón late con fuerza y tu piel es cálida. No es fría como el mármol —añadió mientras nuestros cuerpos se acercaban.

Sentí como el mármol se resquebrajaba y se abría. Todo lo que yo era estaba a punto de hacerse pedazos en sus manos.

—Bésame —pidió Elizabeth.

Me incliné sobre sus labios. El lobo hambriento, deseando saltar. El precipicio ante mis pies.

Deslicé mis labios hasta su mejilla. La besé allí; después, en la comisura del labio mientras las manos de Elizabeth me sujetaban con firmeza la camisa.

—Álvaro… —murmuró.

—No puede ser —musité sobre sus labios, haciendo acopio de toda la fuerza de voluntad de la que fui capaz.

Elizabeth me miraba frustrada, con el deseo barriendo sus ojos.

Apoyé mi frente en la suya.

—Me deseas, puedo notarlo —murmuró.

Sentí su aliento sobre mis labios. Claro que la deseaba.

De una manera completamente irracional. Nunca había sentido un deseo así.

Yo no estaba acostumbrado a lidiar contra ese tipo de sentimientos: anhelar algo y tener que reprimirme.

Más bien estaba acostumbrado a coger con mis manos aquello que deseaba.

Pero en esas ocasiones el sexo era algo más físico, más orgánico.

No tenía que entrar en debates éticos conmigo mismo.

No sentía aquella fuerza arrastrándome hacia otra persona, como me ocurría con Elizabeth.

Era mi empleada, era la hija de Thomas Harrington y, como si todo eso no fuera suficiente, era mayor que ella doce años. Era la chica con el corazón roto que había conocido en el parque. No podía simplemente dejarme llevar y hacer lo que me pedía cada fibra de mi cuerpo.

—No es cuestión de lo que yo desee. Esto no puede ser.

La besé en la frente y me aparté.