El chico de Manhattan Capítulo 13 ¿Quién es este imbécil?
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Capítulo 13 ¿Quién es este imbécil?

¿Quién es este imbécil?

Beth

Bajé en el ascensor hasta la recepción de la planta baja. Allí, a aquellas horas, solo quedaba el guarda de seguridad.

—Hasta mañana —me despedí saludándolo con una media sonrisa.

—Buenas noches —replicó. Era un tipo risueño.

Había estado casi una hora desarrollando mi trabajo con Álvaro.

Él me había hecho un hueco en la mesa a su lado.

Habíamos puesto allí una silla para trabajar codo con codo.

Álvaro era duro, había sido implacable en sus comentarios y críticas.

Cuando algo le gustaba asentía y cuando no estaba convencido preguntaba hasta el más mínimo detalle hasta que todas sus dudas eran disipadas.

Desde el momento en que lo había conocido había comprendido que era un monolito imposible de derribar, y me lo había demostrado con creces.

Había sido una exposición agotadora. Había tenido que hacer una defensa férrea.

Pero, si había un motor en mi vida, era el trabajo.

Me apasionaba lo que hacía y mi padre lo sabía, por eso había insistido tanto en que Nueva York resultaría sanador.

Era mi tercera semana allí y sentía algo más ligero el pecho.

Me había quitado algunas de aquellas densas capas de humedad que se pegaban a mí en Alabama.

Cuando salí a la calle eran cerca de las diez de la noche.

—¡Beth! —me llamó una voz conocida.

El corazón me dio un vuelco. No era posible.

Me di la vuelta y lo miré.

—¡Brandon! —exclamé sin poder dar crédito.

—Hola, Beth —saludó y mi nombre en su boca me supo a ceniza.

—¿Qué haces aquí? —pregunté sorprendida.

No me esperaba encontrarlo allí. Estaba completamente fuera de juego. No estaba preparada para verlo. Todavía necesitaba tiempo para poder enfrentarlo.

—¿No es obvio? —preguntó acercándose.

La mirada de Brandon era triste, terriblemente triste. La mía también. Lo había querido muchísimo.

—No lo sé —respondí con la voz trabada.

—He venido para que hablemos.

—Te dije que no quería hablar —indiqué.

El dolor había sido tan abrumador que simplemente no había podido hablar con él. Brandon había llamado decenas de veces, me había esperado al salir del trabajo y de la casa de mis padres y siempre había evitado detenerme a hablar con él.

No podía, todavía no.

—No, no puedo hablar contigo —declaré.

—¡Fue un error! —expuso con una mirada triste—. Un maldito error, Beth. No significó nada.

Brandon acortó la distancia hasta quedar prácticamente a un paso de mí.

Era él, el mismo chico del que me había enamorado.

Con sus ojos cálidos y el cabello rubio por el que tantas veces había deslizado mis dedos.

Representaba el sueño americano de pies a cabeza y, sobre todo, representaba mi corazón roto.

—No puedo hablar contigo…

Rompí el contacto visual y miré el suelo. De repente, era como si todo acabara de ocurrir. Como si los pedazos de lo que habíamos sido se convirtieran en escombros lloviendo sobre nosotros. Polvo de cemento metiéndose en mis fosas nasales.

—Beth… —murmuró bajando la voz—. Soy yo.

Sentí que me cogía por los brazos para acercar su cuerpo al mío.

El polvo de ladrillos se me metía en los ojos y no podía respirar.

—¡Suéltame! —le pedí.

Me dolía su contacto. Cerré los ojos.

—Siento tanto tanto lo que ocurrió… —declaró con la voz rota—. ¡Te quiero muchísimo! Eres mi prometida, tenemos que arreglarlo… Todavía podemos arreglarlo. Por Dios, Beth. No me digas que no podemos solucionarlo.

Subí la mirada a sus ojos.

—Ya no somos nada, Brandon. Tú te encargaste de ello.

—¡No digas eso! —se quebró.

Sentí su dolor. No podía ayudarle con su dolor. Yo tenía el mío.

—Lo siento —me disculpé. Porque yo lo había querido tanto que de algún modo todavía tenía aquello atado en el pecho. No quería herirlo—. No quiero hacerte daño.

—Beth, no… —murmuró.

Los ojos se me llenaron de lágrimas. Brandon apoyó su frente en la mía. Sentí mi cuerpo tenso.

—¿Sabes cuánto te quiero? —preguntó.

Levanté la mirada hacia él. Estaba allí: aquello que nos había unido, que había constituido todo mi mundo. El hombre al que le había dicho que sí. Pero también estaban allí los escombros lloviendo sobre nosotros. Nuestro mundo hecho pedazos, y eso lo había hecho él.

Se me cayeron las lágrimas.

—No llores, no puedo soportar que llores —declaró secándome las lágrimas que se me habían escapado de los ojos —. ¡Te amo, nena! —murmuró justo antes de bajar los labios para besarme.

Sentí sus labios sobre los míos. Aquel olor tan conocido… Mi primer amor. Pero también estaba aquello otro… El dolor, lo que se había roto y ya no se podía arreglar.

—¡No! —murmuré separando mis labios de los suyos sin devolverle el beso—. No, Brandon, ya no estamos juntos.

No me soltó.

—Podemos arreglarlo, déjame arreglarlo —suplicó.

Brandon estaba destrozado, pero yo no podía hacer nada con aquello. Todavía estaba tratando de recomponerme.

—No, no puedes —murmuré con la voz ahogada—. Lo hecho hecho está. No podemos volver atrás y no podemos recuperar lo que fuimos.

Brandon no cedió. Serpenteó su mano hasta mi cuello y volvió a intentar besarme. No podía; simplemente, no podía.

Lo empujé poniendo mis manos sobre su pecho.

—No, Brandon. ¡Déjame! —le pedí tratando de apartarlo.

—¡Beth! —insistió con las lágrimas en los ojos—. Beth, por favor.

—Creo que te ha dicho que no. Es hora de soltarla —exigió una voz helada.

Giré la mirada. Álvaro estaba a unos metros. Su mirada era dura, devastadora. En sus pupilas se deslizaban las luces brillantes que iluminaban las noches de Nueva York.

—¿Y tú quién eres? —preguntó Brandon.

—Estoy bien, Álvaro. ¡No te preocupes! —respondí, pero Brandon no me soltaba, sujetándome de un brazo.

—No es lo que parece.

—Ya te ha contestado —ladró Brandon furioso—. ¡Lárgate!

Brandon siempre me había parecido un tipo tranquilo, pero en ese momento no actuaba como el hombre que yo creía conocer. Me preguntaba cuánto lo conocía en realidad.

—Suéltala —insistió Álvaro acercándose a nosotros.

Quería repetir que estaba bien, para que Álvaro no se preocupara, pero de algún modo no me sentía segura.

Brandon no me soltó. Respiraba aceleradamente.

—Elizabeth, ven —me pidió Álvaro extendiendo una mano hacia mí.

Un bote salvavidas. Mi bote salvavidas.

—¿Quién es este imbécil?  —preguntó mi ex—. ¿Y por qué te llama así? A ella le gusta que la llamen Beth.

Mi corazón golpeó en mi pecho con furia. Sin darme apenas cuenta alargué el brazo que tenía libre hacia Álvaro y él no tardó ni dos segundos en coger mi mano. Tiró de mi cuerpo hacia él y yo di dos pasos, separándome de Brandon. Este no tuvo más remedio que soltarme y dejarme ir.

Cuando la distancia con Álvaro se acortó, me observó como si necesitara asegurarse de que no me había hecho daño; comprobar que todas las piezas del puzle que me componían seguían en su sitio.

—¿Estás bien? —preguntó y vi cierta furia en su mirada.

—Sí. Estoy bien —respondí.

Álvaro no soltó la mano que tenía entrelazada con la mía, pero, sin poder evitarlo, subió la otra a mi cuello.

—¿Segura?

—Sí —aseguré, sintiendo como mi corazón latía justo debajo de donde él había depositado su mano.

Los ojos de Álvaro se debatían en un gris tormentoso.

—¿¡Te estás tirando a ese!? ¿Tan rápido?

Escuché la voz de Brandon a mis espaldas llena de rencor. Miré hacia él y me separé brevemente de Álvaro.

—Eso no es de tu incumbencia —declaré furiosa. Cómo se atrevía él a hacerme el más leve reproche—. Vete a casa, Brandon.

Mi exprometido me miró dolido. Lleno de una bilis que él mismo había macerado.

—Vámonos de aquí —murmuró Álvaro sin soltarme la mano.

Comencé a caminar con él cuando escuché la voz de Brandon siseando a mis espaldas:

—Eres una puta…

No tuve tiempo ni de pensar en lo que había dicho. Álvaro me soltó para retroceder unos pasos y le cruzó la cara de un puñetazo.

Mi ex se tambaleó sin dar crédito.

—Déjala en paz —fue lo único que dijo Álvaro—. O llamaré a la policía.