El chico de Manhattan Capítulo 12 Soñar con ser una princesa
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Capítulo 12 Soñar con ser una princesa

Soñar con ser una princesa

Álvaro

—No quiero que des el visto bueno a eso, Candela —expuse enfadado.

—No tienes derecho a vetar mis decisiones. Son propiedades en Francia. La sucursal de París está bajo mi gestión. Aquí tengo yo la última palabra.

—Sé muy bien cómo funcionamos —ladré—. Pero no quiero que hagas un movimiento tan arriesgado. ¿Comprar castillos? ¿En serio? ¿En qué estás pensando?

—Hay que innovar, Álvaro —replicó con firmeza—. No podemos hacer lo mismo de siempre. Necesitamos abrir nuevos horizontes.

—Candela, de verdad, no estás siendo racional —insistí—. Es una mala decisión la mires por donde la mires.

Sentí el hielo en el silencio de Candela al otro lado de la línea telefónica.

La gente solía pensar de mí que era un tipo frío, inaccesible, con una fachada de piedra.

Sabía que las mujeres me veían así. No podía recriminárselo; en cierto modo era así.

Me sentía cómodo proyectando esa imagen.

Pero, en comparación con Candela, era un tipo afable y cercano.

Ella estaba a otro nivel. Ella nunca daba su brazo a torcer.

Era dura, infranqueable, implacable. No cedía ni daba espacio para la debilidad.

Mis dos hermanas no podían ser más antagónicas. Candela parecía estar siempre en modo alerta, era como si la vida le debiera algo. En el fondo la comprendía, porque yo, de alguna forma, sentía ese mismo vacío mordiéndome las tripas que sentía ella. Habíamos tenido que crecer muy rápido. Demasiado.

—Es mi decisión —determinó—. No voy a ceder, Álvaro. Es una adquisición que yo quiero hacer. Tengo mis propias motivaciones. Te repito que yo no me meto en tus decisiones como CEO en Nueva York, espero lo mismo de ti para la sede de París.

Negué con la cabeza, frustrado, y observé por la ventana las luces de Manhattan. Hacía rato que había anochecido.

—Candela…

—Esta conversación ya dura demasiado, ¿no crees? Te enviaré la información por correo —sentenció mi hermana—. Hablamos otro día, Álvaro.

Candela cortó la llamada y me quedé con el teléfono en la mano, sintiéndome un completo imbécil.

—¡Como cuando éramos niños! —murmuré asombrado.

Me giré y encontré en el umbral de la puerta de mi despacho a la chica Harrington.

Elizabeth estaba allí con un iPad en la mano y unas piernas espectaculares.

Me quedé sin palabras. ¿Cómo podía ser tan impresionante?

Elizabeth llevaba un traje de falda y americana azul claro.

La falda era bastante corta, sin dejar de ser elegante.

Apreté la mandíbula y mi parte más irracional sintió deseos de decirle que el dress code exigía algunos centímetros más, pero no podía hacerlo porque no era cierto.

No había ningún código de vestimenta impuesto.

Ella podía hacer lo que le diera la gana, y así lo hacía.

Lo ridículo era ver que me convertía en un pelele al verla con aquellas medias sedosas transparentes pegadas a sus piernas torneadas.

Los zapatos de tacón medio y un traje que le quedaba como un guante.

No pensé que siguiera en la oficina a esas horas.

Eran cerca las nueve de la noche y prácticamente no quedaba nadie en la planta desde las siete de la tarde.

—Hola —saludé.

—No quería interrumpirte —replicó con cierta precaución.

—No te preocupes, la conversación ya ha terminado. Pasa, por favor —comenté dejando el móvil encima de la mesa—. Candela tiene la facultad de empezar y terminar las conversaciones cuando ella dice. Es una habilidad única. No he conocido a nadie más con una capacidad así.

—¿Es tu hermana?

La miré. Sabía que era mi hermana porque seguramente había buscado información de mi familia. Además, en la propia web e intranet del grupo había una ficha de Candela, socia principal y CEO de BAC France Real Estate.

—Sí, es mi hermana. De hecho, me llama por un arcaico sentido de lealtad, precisamente por el lazo familiar que nos une, porque te puedo asegurar que cuando Candela toma una decisión de inversión no cuenta con la aprobación de nadie.

Pero, en este supuesto, al ser una maniobra arriesgada que compromete una importante partida económica, me ha llamado…

para informarme, en realidad. No por otro motivo.

Elizabeth caminó hasta la mesa y se sentó en la silla en la que la había entrevistado, un par de semanas atrás.

—¿Y cuál es la discrepancia que tenéis?

—Quiere comprar castillos —respondí hastiado de la discusión con Candela.

—¿Castillos?

—Sí, quiere comprar castillos en Francia —confirmé—. Bueno, empezará por Francia, pero su idea es adquirir castillos por media Europa. La operación es de alto riesgo y no nos conviene añadir más exposición en este momento. Ya tenemos bastantes decisiones de inversión exigentes que gestionar.

—¿Como Dubái? —dejó caer.

—Sí, como Dubái.

Elizabeth apoyó el iPad sobre sus rodillas y, aunque no debía, deslicé mi mirada hacia sus piernas una vez más y después la desvié deliberadamente hacia la pantalla.

Debería enviar a la chica Harrington a trabajar a otra planta, una en la que no me torturara con sus largas piernas.

No habíamos vuelto a coincidir desde nuestra visita al MoMA del domingo.

Estábamos a martes. En esos dos días solo la había visto en un par de ocasiones y siempre a distancia.

Era lo mejor. No tenía la necesidad de volverme loco con su presencia, y ella no necesitaba tener a su jefe babeando detrás de ella.

Era ridículo. No me había pasado eso en la vida.

—Así que tu hermana quiere comprar castillos… —comentó pensativa.

—Sí, ¿no te parece una idea desastrosa? Es algo extraño en Candela, ella suele ser muy cerebral. ¿Cómo puede parecerle buena una inversión que exige un desembolso tan elevado y una salida al mercado tan complicada?

—¿Eso es inusual en ella?

—Si el riesgo no compensa la inversión, sí.

Elizabeth me miró y se encogió los hombros.

—Quizás es una romántica.

—¿¡Candela!? —bufé.

—Si está interesada en rescatar viejos castillos, quizás haya una parte dentro de ella muy romántica que se lo esté pidiendo. —Miré a Elizabeth con escepticismo—. Quizás simplemente quiere hacerlo por la niña que soñaba con princesas cuando era pequeña.

Esbocé una sonrisa templada.

—Candela nunca ha soñado con ser una princesa.

—¿No? ¿Y con qué soñaba?

—Con ser una amazona. Tanto por la referencia a la guerrera como por su pasión por los caballos.

Elizabeth sonrió y fue una sonrisa dulce, genuina. No parecía quedar nada de aquella tristeza que a veces velaba su mirada cuando la había conocido un par de semanas atrás. Parecía que Nueva York le estaba sentando bien.

—¿Y tú? —necesité saber de repente—. ¿Soñabas con ser una princesa?

—¡Desde luego! —aceptó sin miramientos—. Mis sueños de niña no podían ser más típicos: ser una princesa, casarme con un príncipe, tener una casa y cuatro o cinco hijos.

Me sorprendí.

—¿Tantos?

—Sí —se rio, y era una sonrisa franca, sin dobleces—. Siempre he querido tener una casa llena de ruido. Supongo que porque soy hija única —replicó con total normalidad encogiéndose de hombros—. Aunque supongo que me contentaría con tres o incluso con dos.

—O sea que los niños no son negociales —murmuré tocándome la barbilla.

Elizabeth negó con la cabeza.

—No, no lo son. Si no puedo tenerlos por mí misma, me gustaría adoptar.

—¿Tres o cuatro?

—Claro, ¿por qué no? Podría incluso adoptar a unos hermanos. Pero me gustaría una casa llena de ruido.

—Ya veo.

—¿Tú no quieres tener hijos?

¿Niños? La idea me golpeó directamente en el estómago. Una casa ruidosa con la sonrisa de Elizabeth para compensar. Esa imagen sí me pareció sacada de un cuento.

—No lo sé —repliqué tratando de evitar el tema—. No lo veo como algo cercano y tampoco sé si quiero tener hijos. No es algo que ocupe espacio en mi cabeza en este momento.

La sorpresa cruzó el rostro de Elizabeth.

—¿En serio? ¿A tu edad? —El golpe no podía ser más directo.

—No soy un anciano.

—Tampoco un niño —indicó.

—Bueno, creo que los hombres no tenemos el problema del reloj biológico.

Elizabeth me miró como si observara a un extraterrestre.

—Ya veo… —comentó—. Pues para mí es algo esencial. No me imagino la vida sin una familia.

No dije nada. Toda mi vida estaba basada en el trabajo. Nos quedamos en silencio, y era un silencio algo incómodo, como si hubiera algo sin resolver entre nosotros relativo a esa conversación.

Mi mente se llenó de la piel blanca de su espalda que había acariciado el sábado pasado. Cosa que no había debido hacer en modo alguno.

Carraspeé y todavía no sabía qué hacía en mi despacho.

—Perdona, ¿venías por algo? Ni siquiera te lo he preguntado.

Elizabeth sonrió y relajó el gesto.

—Vengo a enseñarte algunas de las ideas que he estado desarrollando con Zac —expuso—.

Sebastián me dijo que tenía que comentarlo contigo antes de ejecutarlas, ya que algunas rompen con la línea que ha venido teniendo la firma hasta ahora.

Le dije que me acercaría yo misma y te las expondría.

—Hizo una pausa—. Eso de que tenga que venir un tercero a explicarte mi proyecto me parece poco práctico.

La miré valorando sus palabras.

—Sebastián sabe que vuestro equipo tiene libertad creativa —comenté—. Si considera que el proyecto necesita mi visto bueno primero, es porque tiene que ser atípico. Supongo que tienes ideas rompedoras y Sebastián prefiere evadir la responsabilidad de tener que asumirlas.

Esbozó una media sonrisa. La noche que se filtraba a través de los ventanales de mi despacho creaba un ambiente íntimo.

—Puede que alguna sea rompedora, pero a veces hay que arriesgar —expuso.

En la mirada de Elizabeth brillaba un pequeño desafío.

Me recosté en mi silla ergonómica de alta dirección.

—Convénceme.

—Prepárate, porque no te vas a poder resistir.

Sin ser consciente, me toqué el mentón.

—Estoy seguro de que no —murmuré.