Capítulo 11 Arte moderno #4
—Me impresiona cada vez que la veo —declaró Álvaro a mi lado—. Es una de mis favoritas.
Observé los lienzos: treinta y dos latas de sopa con mínimas diferencias, limitadas casi únicamente al sabor. En una visión rápida, podrían parecer casi la misma imagen repetida. Una obra icónica del Pop Art.
—Sí, tiene esa capacidad de dejar fuera de juego al observador —apunté.
—Una reflexión a la producción masiva y el consumismo.
—Parece que eso es lo que su obra sugiere. Aunque no se sabe con total certeza si Andy Warhol quería lanzar una crítica más profunda o no. Era un tanto ambiguo respecto a las intenciones de sus obras.
—Lo sé —declaró observando la imagen—. Siempre me deja pensando.
—¿En abandonar el consumismo? —pregunté con una mirada divertida.
Él llevaba encima miles de dólares desde su jersey hasta sus zapatos, pasando por su Rolex. Todo era exclusivo. Él mismo emanaba un aire de inaccesibilidad, de aquello que era éxito y capitalismo.
—Quizás —respondió volviendo sus ojos agrisados a mí.
—¿Qué harías?
—¿Si abandonara el consumismo?
—Sí —respondí, y en ese momento deseé saberlo.
—No sé. Quizás irme a una cabaña en la montaña y dejar de afeitarme. Tirar el móvil y el portátil. —Guardó silencio—. O simplemente navegar alrededor del mundo.
—Creo que para lo segundo necesitas la tecnología y desde luego un barco es exclusivo y representativo del lujo, por lo tanto, del consumo.
—Vale, a ver qué te parece esto: vivir en una isla caribeña, en una cabaña de pescador —declaró como si esta idea le pareciera más plausible—.
Una vida sencilla, rodeado de mar y naturaleza.
Pescar lo que necesite para vivir. No sé, algo como Caye Caulker en Belice, o Isla de Providencia en Colombia.
—No te creo —murmuré despacio.
Álvaro se volvió del todo hacia mí.
—¿Crees que sería incapaz de llevar ese tipo de vida?
Como si lo conociera de toda la vida, afirmé:
—Completamente incapaz. ¿Qué harías con todo ese peso?
—¿Con qué peso? —preguntó extrañado.
—Con el mundo que llevas sobre tus hombros. ¿Quién lo cargaría entonces?
Nos quedamos mirándonos en silencio.
—Siempre que veo esta obra siento deseos de tomarme un plato de sopa —manifestó Logan acercándose a nosotros. Echó un brazo sobre los hombros de Álvaro quien no se movió ni un milímetro.
—Me encantaría tenerla en mi casa —replicó Harper—. Me fascina el arte Pop.
—Bueno, yo en mi piso no la veo. Más que nada por el tamaño —comentó Logan.
Volví la mirada a la obra y posteriormente al amigo de Álvaro, quien sonreía de forma abierta. Era un tipo al que le cogías cariño rápidamente.
—¿Seguimos? —preguntó Harper moviéndose por la sala—. Todavía nos queda recorrido.
Me moví observando el resto de las piezas que nos quedaban y subí con Harper.
Quería ver La noche estrellada , de Vincent van Gogh.
Esa noche sentida, el cielo en movimiento…
En cierto modo, me sentía un poco así. Cuando la observé busqué instintivamente los ojos de Álvaro.
Él la miraba con intensidad. Pensé si sentiría cierto desasosiego, como yo.
—Tiene un punto inquietante, ¿verdad? —comentó Harper.
—Sí —murmuré.
Álvaro serpenteó su mirada hacia mí, pero no dijo nada.
—Deberíamos marcharnos, tengo que ir a recoger mi maleta al hotel. Mi vuelo sale en unas horas —declaró Logan.
—No voy a poder superarlo —comentó Harper fingiendo un momento dramático—. Ahora ya no podré vivir sin ti.
Logan la atrajo hacia sí para decir:
—¿En serio? Pero si tú también vas a volver a tu ciudad mañana.
—Bueno, pero eso ya es mañana —se rio—. Hoy lloraré destrozada en cuanto nos separemos.
Logan rompió a reír y simplemente la besó.
Reconocí con asombro y una punzada de celos que ellos habían experimentado toda una vida en un fin de semana. Algo que me parecía asombroso. ¿Cómo podían haber vivido tanto en tan poco tiempo?
Salimos del MoMA no sin antes pasar por la tienda de regalos en la que Logan y Harper compraron varios recuerdos y se intercambiaron un par de detalles entre besos y risas.
Pensé en cómo ella habría podido pasar la noche con él, quedar totalmente prendada y desligarse de su presencia tan rápido.
Pasar con alguien veinticuatro horas: comer, pasear, compartir impresiones sobre la vida, confidencias, tener sexo en varias ocasiones y después olvidarlo todo, como si no hubiera ocurrido nada.
Era algo imposible de entender para alguien con mi estructura mental.
Por suerte para ella, Haper siempre había sido una mujer desinhibida y libre.
No es que hubiera hecho algo así de forma habitual, pero sí que se había ido con algún chico a pasar la noche en la primera cita.
Yo simplemente no podía. Nunca me había sentido tan libre.
También es cierto que nadie me había inspirado lo suficiente para querer perderme con él sin apenas conocerlo.
Aunque mentiría si negara que bueno, quizás la forma en que Álvaro me miraba fuera un motor para desear ser tan libre como Harper, aunque tan solo fuera por una vez.
Tan solo por una vez…