Capítulo 11 Arte moderno #3
—Contadnos algo sobre vosotras —nos pidió Logan.
Harper le tocaba los botones de la camisa de forma distraída.
—Beth ha ganado prácticamente todos los premios de belleza a los que una mujer puede presentarse en el Estado de Alabama —declaró hablando de algo que no le interesaba a nadie.
Volví mi atención a Harper. ¿Por qué había contado eso? Me sentí incómoda al momento.
—No fue Miss Alabama porque no se quiso presentar —dijo con una rotundidad difícil de discutir—. A los diecinueve ganó Miss Birmingham y ya no quiso seguir compitiendo.
No dije nada, pero quería matar a mi amiga.
—¿Y eso? —preguntó Logan con curiosidad—. ¿Por qué no quisiste presentarte? ¿Había mucha competencia?
Enrojecí.
—¡Qué va! —respondió Harper—. Beth habría ganado. Tenéis delante de vuestras narices a la que habría sido Miss América si ella no hubiera decidido dejar de competir. —Sentí calor en las orejas—. Habría arrasado, ¿o es que no tenéis ojos en la cara?
—¿Qué ocurrió? —preguntó Álvaro sin mirarme.
—Competía solo por mi madre. No me interesa nada de la cultura de la belleza que rodea esos premios.
—Hice una pausa. Era plenamente consciente de la presencia de Álvaro a mi lado.
No se movía, pero sentía cada una de las fibras de su cuerpo.
Me concentré en mirar a Harper y Logan—.
Mi madre ha sido una reina de la belleza desde niña.
Para ella era importante, así que hasta los diecinueve participé en aquellos certámenes que sabía que le importaban. Lo hice por ella.
—¡Ay, la madre de Beth es maravillosa! ¡Y guapísima! Arrasó en todos los concursos. No hubo un solo certamen en el que participara que no ganara —comentó Harper con orgullo—. Nos hemos visto todos los vídeos de sus competiciones.
—Gracias, Harper —dije con cierta incomodidad—. No creo que les interese el mundo de los certámenes de belleza.
Mi amiga se encogió de hombros.
—¿Y en el momento en que tuviste la oportunidad de participar en el más importante te retiraste? —preguntó Logan con curiosidad—. Eso no se hace. Una vez llegados hasta ahí, tenías que haberte presentado para averiguar qué recorrido podrías haber tenido.
—No es un camino por el que quisiera seguir —negué—. Todo eso no tenía nada que ver conmigo. Siempre tuve claro que quería trabajar en la empresa de mi padre, centrarme en lo mío. El mundo de los certámenes de belleza no es mi mundo.
—¿Ni siquiera por la compensación económica? —preguntó Logan.
Negué con la cabeza.
—El dinero no sería una motivación en su caso —declaró Harper, que había decidido ponerse a hablar de mí en vez de centrarse en hablar sobre sí misma—.
La verdad es que, si Beth se hubiera presentado y hubiera ganado, lo habría donado todo a algún fin benéfico.
Eso es así. Lleva desde los once años trabajando con protectoras de animales y con al menos dos fundaciones para ayudar a niños sin hogar.
—Eso es muy bonito —comentó Logan.
Álvaro no dijo nada.
Me sentí incómoda. No veía la necesidad de que se pusieran sobre la mesa todas mis inquietudes y recorrido vital.
—¿Por qué no les hablas de tu pasión por el ajedrez? —la animé, volviendo mi mirada hacia ella para intentar desviar el interés—. Así dejas de contar cosas que no creo que les interesen en absoluto.
—¿Juegas al ajedrez? —preguntó Logan volviendo su atención a su compañera de aventuras nocturnas—. Me encanta. Soy el mejor en el tablero de juego.
Harper se acercó a él para besarlo con un breve pico en los labios.
—Eso ya lo he notado —replicó con coquetería.
Logan le siguió el rollo y le devolvió el beso.
—Parece que va a ser un día largo —comentó Álvaro observando como Harper y Logan volvían a meterse en su propia burbuja personal y a hablar entre ellos sobre algún deporte cuya afición compartían.
—Bueno, quizás si desaparecemos en algún momento ni lo noten —manifesté.
—Los domingos suelo trabajar, pero si me haces una oferta interesante, no me importaría desaparecer contigo —aseguró Álvaro, y sentí su voz rodando por mi piel.
Todo el cuerpo se me erizó.
—¿En qué estás pensando? Porque todo lo que tengo para ofrecer son galletas y chocolate.
Álvaro me miró como si se debatiera en decir o no algo más.
—No sé si voy a poder tomar chocolate dos días seguidos —replicó finalmente.
—¿Demasiado dulce? —lo tenté.
Serpenteó su mirada hasta mis labios.
—Sí, demasiado dulce —afirmó—. No estoy acostumbrado.
Lo que cada uno estuviera pensando no se materializó, porque llegó la camarera y nos tomó nota.
El entrecot estaba delicioso y la comida resultó muy amena.
Después de la misma, tenía la certeza de conocer mejor a Logan.
Ellos también nos conocían mejor a ambas.
Pero Álvaro seguía igual de críptico que siempre.
Habló un poco de Dubái, era un buen comodín para utilizar, al haber estado allí de viaje hacía tan poco.
También averigüé que era un apasionado de los Knicks.
A mí también me gustaba el baloncesto y ese fue un punto de apasionado debate entre todos.
Tanto Harper como yo éramos seguidoras de los Lakers.
La nota discordante la dio Logan, forofo de los Chicago Bulls.
Después de la comida fuimos a dar un paseo.
Tal y como yo había predicho, parecíamos dos parejitas por las calles de Nueva York.
Finalmente acabamos en un taxi para desplazarnos hasta el MoMA.
Harper había estado en dos ocasiones en Nueva York con anterioridad, pero en ninguna de las dos había tenido oportunidad de visitar el museo.
Mi amiga declaró abiertamente que, si bien este fin de semana había visto cosas muy interesantes con las que no contaba, comentario tras el cual Logan se había reído abiertamente, no quería perderse la visita al museo.
Insistió en que la acompañáramos. Así que terminamos los cuatro en el MoMA.
El MoMA siempre era una buena elección para sumergirse una tarde de ocio. Sin prisas y sin reloj. Paseé fijándome con atención en las piezas, tanto en las mundialmente conocidas como en aquellas otras que pasaban más desapercibidas.
Observaba Campbell’s Soup Cans , de Andy Warhol, cuando Álvaro se colocó a mi lado, contemplando la obra.
Me había perdido durante un rato, necesitaba un poco de espacio.
Durante el viaje en taxi a mí me había tocado una de las ventanillas traseras y Álvaro había estado sentado en el medio y, aunque había sido excesivamente caballeroso y no había hecho ni un solo comentario inadecuado, había sido imposible no sentir su muslo fuerte al lado del mío.
Ahora se paraba de nuevo a mi lado. Era mi jefe. De la forma más absurda del mundo habíamos acabado pasando un fin de semana prácticamente juntos, pero no me olvidaba de que era mi jefe. Sin embargo, también era el chico de Manhattan y eso tampoco podía olvidarlo.