El chico de Manhattan Capítulo 11 Arte moderno #2
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Capítulo 11 Arte moderno #2

Había estado hablando con mi madre hacía un par de días. Ella se preocupaba tanto como mi padre, pero él llevaba peor la traición de Brandon. Era su niña, siempre me había sobreprotegido. No lo podía evitar.

—Así es —respondí—. Ahora está en la ducha. Vamos a salir de paseo en un rato.

Me sentí mal por la mentira piadosa, no soportaba engañar a mi padre. A él menos que a nadie.

—Bien, eso es lo que tienes que hacer. Salir y hacer planes por Nueva York —comentó con seguridad—. ¿Estás contenta en el apartamento?

—Sí, de verdad. Estoy muy a gusto aquí, ya te lo he dicho. No tenéis que preocuparos tanto, también se lo comenté a mamá el otro día. —Hice una pausa—. Me estoy adaptando bien a mi vida aquí, tanto al barrio como al trabajo. El apartamento es perfecto para mí.

Se escuchó un breve sonido al otro lado de la línea; mi padre había dejado algo sobre la mesa, supuse que sería una taza de café. A esas horas, y siendo él, sería ya el segundo café del día.

—Bueno, pero si algo no te convenciera, del apartamento o de la zona, me lo dices y buscamos otro.

—No, de verdad. Es un lugar fantástico. Es todo lo que necesito.

Me rompía el corazón ver a mi padre preocupado, pero él no podía evitarlo.

Su prioridad era que yo estuviera bien. No quería que me tocara ni una mácula.

Era un perfecto padre de familia. Sus funciones eran cuidar y proveer, y siempre había cumplido a la perfección con su rol.

El hecho de que Brandon me hubiera roto el corazón había sido un duro golpe para él.

Era, al fin y al cabo, el chico perfecto a sus ojos: trabajador, inteligente, muy familiar y tradicional, plenamente integrado en la alta sociedad de Alabama…

O al menos eso era lo que creíamos de él.

Después estaba su lado B. Comprendía la sensación de desamparo, de estafa que sentía mi padre respecto a Brandon.

Mi padre todavía recordaba, de forma muy vívida, lo mal que lo había pasado, por eso ahora estaba tan preocupado en confirmar mi bienestar.

Había estado destrozada, esa era la realidad. Al nivel de convertirme durante las primeras semanas tras la ruptura en una especie de autómata. Me levantaba, iba al trabajo, comía y volvía a casa. No sonreía, no interactuaba, me centraba en respirar y seguir adelante.

—¿Cómo ha ido esta semana en el trabajo?

—Muy bien —confirmé—. Estoy plenamente integrada, papá. Funcionando a pleno rendimiento. La primera semana fue de contacto, pero ahora ya estoy metida de lleno en el trabajo. Además, los compañeros son muy agradables —añadí—. Me centro en el trabajo y no tengo tiempo para nada más.

Mi padre asintió al otro lado del teléfono.

—¿Con Álvaro va todo bien?

Se me aceleró el corazón al instante. Imágenes de su mano perdiéndose debajo de mi vestido vinieron a mi cabeza… Un sueño, ¡había sido un sueño!

—Ha estado de viaje —comenté tapándome la cara con una mano—. En Dubái, así que no ha venido mucho por la oficina. En todo caso, ya sabes, no es mi superior directo.

—Es el único jefe de verdad que tienes ahí, Elizabeth. Tenlo en cuenta —indicó mi padre. Él era muy serio con todo lo que tenía que ver con las jerarquías en el trabajo.

—Tienes razón, papá. Lo tendré en cuenta.

—Si tienes cualquier inconveniente, acude a él —señaló con convicción—. Sé que él te cuidará.

Recordé la mano de Álvaro en mi cuello.

—Es un gran tipo. Un adicto al trabajo, pero supongo que es la forma de conservar un trabajo así —añadió pensativo—. Aprende de él. Es un tipo duro, pero muy inteligente.

—Lo haré. —Me costó tragar.

—Bien —sentenció con confianza—. Pero si quieres cambiar algo… Si algo no te convence. Dímelo.

—Estoy bien, de verdad. No te preocupes más, papá.

—Si me necesitas, acude a mí. Cogeré un avión y estaré ahí en unas horas.

Mi padre, Thomas Harrington, era el hombre más fuerte que conocía.

Era un empresario exitoso y uno de los principales rostros de la clase alta de Alabama, me destrozaba el corazón el dolor que la ruptura de mi compromiso con Brandon le había provocado.

Se volcaba en protegerme como la más feroz mamá pájaro.

Mi madre, por otro lado, también había sufrido y se preocupaba por mí, pero ella sabía que yo estaría bien.

Confiaba mucho en mi fortaleza. Incluso más de lo que lo hacía yo misma.

—No hay ningún avión que coger.

—Está bien —aceptó finalmente—. Cualquier cosa que necesites… Solo avísame.

—Por supuesto, tú serías al primero al que acudiría, ya lo sabes —repliqué y se lo dije de corazón.

—Bien. Pues te dejo que seguro que quieres arreglarte para salir con Harper por ahí. Disfrutad del domingo.

—Gracias, papá.

Cuando colgué el teléfono me quedé un rato en la cama recordando todo lo que había pasado.

A mi madre llorando por el compromiso roto.

El rostro de mi padre incrédulo. Brandon no había dado señales de vida durante todo ese tiempo desde el día en que habíamos roto y ahora…

Volví a leer el mensaje y algo se me revolvió en el estómago.

Mi cabeza se llenó de las imágenes de aquel vídeo que había grabado.

Sentí asco y un dolor familiar en el pecho.

Ya no tenía aquella intensidad de dos meses atrás.

Era como un viejo eco que se deslizaba por mis huesos.

Me tapé con el nórdico y por un momento quise desaparecer.

Miré aquel anillo todavía en mi mano, porque yo había estado tan enamorada como para comprometerme.

Recordaba sus sonrisas, la primera vez que nos habíamos besado, los paseos tranquilos, los sueños de futuro…

Todo aquello había estallado como una nube de cristales sobre mi cabeza.

Me quité el nórdico de encima y bufé.

—Vamos, Beth. ¡Levántate y sal de la cama! No dejes que te afecte, es solo un mensaje. Sigue adelante. La vida sigue ahí fuera sin ti y no está dispuesta a esperarte.

***

Me puse un vestido de punto de color marrón con cintura ceñida, minifaldero y suelto en las caderas.

El cuello era redondo y algo escotado, por lo que la pequeña cruz de oro que solía llevar descansaba a la vista sobre mi piel.

Me había puesto unas botas marrones de caña y medias transparentes.

Dejé el abrigo y caminé hasta la mesa que me indicaron.

Estábamos en el RH Rooftop y las vistas eran increíbles.

En su interior había mucho verde en la decoración y unas lámparas de cristal elegantes que hacían del sitio un lugar sofisticado, pero con clase.

Un camarero me señaló la mesa. Lo primero que vi fue a Harper y a Logan de espaldas.

Estaban sentados el uno al lado del otro y no paraban de hablar, con la complicidad que tendría una pareja que lleva toda una vida junta.

Era algo insólito. Sentado enfrente de ellos, en un asiento de sofá, estaba Álvaro.

Estaba tan guapo que me quedé sin respiración y esa tristeza que me había invadido desde que Brandon me había escrito se evaporó, quedando atrás a medida que avanzaba hacia la mesa.

Cuando percibió que me aproximaba, Álvaro me miró y fue como recibir el golpetazo de una ola inmensa azul helada.

Después de arrollarme con aquella mirada, bajó sus ojos hacia mis piernas para volver a subirlos.

Me pregunté si el vestido sería demasiado corto.

Estaba cómoda, era un vestido muy cómodo con un punto coqueto.

Era domingo y no había pensado en que la comida era con mi jefe cuando lo había elegido.

Él llevaba un jersey de pico de color azul y una camiseta blanca que asomaba en su cuello. Creo que era la primera vez que lo veía sin camisa. El azul de la prenda intensificaba sus ojos.

Cuando llegué hasta ellos, Harper se levantó y me dio un breve abrazo y un beso.

—¡Beth, ya estás aquí! —declaró feliz—. Estábamos a punto de pedir.

—Siento haberme retrasado.

—Nada, no te preocupes. Solo llevamos diez minutos —comentó Logan.

—Estupendo. ¿Qué se come aquí? —pregunté mientras observaba el sofá que me tocaba compartir con Álvaro.

Él no hizo el menor gesto. Esperó a que yo me sentara a su lado mientras Logan y Harper seguían hablando, comentando las opciones para comer.

—Hola —saludé una vez sentada.

—Buenos días —replicó sin mirarme.

Su perfume me invadió, como si quisiera deslizarse de su propio cuerpo hasta el mío. Era un olor sofisticado, masculino.

—Tienes la carta en el QR —comentó Harper—. Todo tiene muy buena pinta, no sé qué elegir.

—Estupendo, echémosle un ojo —declaré sacando el móvil.

—También puedes verlo aquí —me ofreció Álvaro deslizando una carta a mis manos. Subí mi mirada hasta él—. Si te gusta la carne, pide el entrecot. Es de lo mejor. —No dije nada. Ya era bastante trabajo soportar el azul lleno de gris de su mirada—. No sé lo que te gusta.

No sabía lo que me gustaba, pero yo tenía el recuerdo de sus caricias. Las reales y las que habían sido solo producto de mis sueños.

—La carne está bien, seguro que está buena. Me gustan muchas cosas —añadí.

—Pues el chuletón lo hacen delicioso.

Asentí.

—Qué bien que ya lo conozcas.

Nos miramos un momento en silencio hasta que las carcajadas de mi amiga hicieron que volviera mis ojos hacia ella.

Harper y Logan se reían cómplices, totalmente ajenos a nosotros.

Me pregunté cómo podían ser ya tan íntimos.

Hablaban sobre alguna anécdota del trabajo de Logan.

¿Toda esa complicidad era por el sexo? ¿Solo por eso?

—¿Qué tal has dormido? —preguntó Álvaro mientras la camarera se acercaba y colocaba delante de él una botella de agua con gas. La abrió y le sirvió.

¿Qué tal había dormido? Recordé su mano deslizándose entre mis piernas y tocándome… Sí, había sido un sueño, pero ¡parecía tan real! Me ruboricé cuando recordé que me había ido en sueños gracias a él.

—Tuve sueños un poco movidos…

Álvaro cogió el vaso con el agua con gas y bebió sin dejar de mirarme. Sentí deseo de demasiadas cosas. Cosas a las que no era ni tan siquiera capaz de darle forma. ¿Qué me estaba pasando? ¡Era mi jefe!