Capítulo 11 Arte moderno
Arte moderno
Beth
—Tengo que irme —murmuró Álvaro.
—¿Ahora? —casi exhalé, como si lo que había dicho fuera imposible.
Asintió.
—Sí, porque si me quedo voy a hacer algo que no deberíamos hacer —determinó con una voz profunda que reverberó por mi piel.
—¿Por qué? ¿Por qué no debemos?
La mano de Álvaro seguía en mi cuello y se deslizó hacia mi nuca, enredándose en mis cabellos.
—Hazlo. Lo que sea que estás pensando hacer —le pedí.
Álvaro acercó ligeramente mi cuerpo al suyo hasta que hicimos contacto. El ambiente se había distendido, extendiéndose la noche en aquel apartamento mientras la sangre se movía bajo nuestra piel, encendida en los puntos en los que nuestros cuerpos estaban en contacto.
—¿Estás segura?
—Sí —exhalé.
Enredó mi cabello en su mano y tiró ligeramente.
Gemí, deshaciéndome en sus manos.
Álvaro se inclinó y lamió mi cuello. El contacto de su lengua sobre mi piel hizo que me estremeciera.
Se separó para mirarme a los ojos. Estaba completamente rendida y él lo sabía.
En ese momento me besó. Fue un beso posesivo, exigente.
No me habían besado así nunca. Respondí al beso mientras él giraba mi cuerpo y lo apoyaba en el frigorífico.
Subí ambas manos para acariciar su cuello, buscando el contacto directo con su piel.
Álvaro no era de piedra, su tacto era cálido bajo mis dedos.
Me sujetó contra su cuerpo duro e intensificó el beso.
Sus labios eran exigentes, pero de algún modo también se recreaban en el beso.
Sentí su mano deslizándose por debajo de mi vestido.
Subiendo entre mis piernas. Accediendo por mis muslos.
Se me erizó toda la piel a su paso. Eso no podía estar ocurriendo…
, pero no podía pararlo, lo deseaba tanto…
Rompió el beso y me miró a los ojos.
—¿Quieres que siga?
La cabeza se me había llenado de él. ¿Quería? Nunca había sentido un deseo así, por nadie. Sí, sí quería. No debía. Yo no era así, no hacía esas cosas…, pero todo mi cuerpo clamaba por él.
—Sí —confirmé con un susurro.
Acercó sus labios a mi cuello y me dio un beso debajo de la oreja. Tenía una delicadeza que hacía que toda la piel se pusiera en alerta, mientras él se recreaba y no ejecutaba.
—Pídemelo —susurró en mi oído—. Pídeme lo que quieras, Elizabeth. Dime qué te gusta.
—Tócame… —murmuré.
En ese momento su mano ya estaba en mi cadera, por debajo de mi vestido. La deslizó directamente entre las piernas. Yo estaba ardiendo y él me acariciaba por encima de la ropa interior, húmeda y sedosa. Sabía que él podía sentir aquella humedad. Me miró en cuanto la notó.
—¿Así? —preguntó con la voz ronca.
—Sí —jadeé contra sus labios.
Estaba muy mojada.
—¿Quieres que pare?
—No. No pares, por favor.
Me miró a los ojos y había algo devastador en ellos.
—¿Qué quieres entonces? —Una petición deslizándose entre la delicadeza y una autoridad que se escapaba de sus poros—. Dime qué quieres.
Tenía un punto exigente dominando toda la situación.
—Quiero que sigas. Quiero que continúes tocándome.
Volvió a acariciarme presionando un poco más, pensé que moriría allí mismo.
Él notaba cómo reaccionaba mi cuerpo, cómo me estaba llevando al borde…
Y yo sabía que se le estaban humedeciendo los dedos, a pesar de estar encima de la tela.
Cuando observó en mis ojos que me estaba rompiendo, levantó el lateral de mi ropa interior tirando del elástico e introdujo un dedo por debajo de la tela, sin llegar a penetrarme.
—¿Así o más? —preguntó mientras su dedo se deslizaba en mi humedad—. ¿Quieres que te penetre con mi dedo?
Gemí mientras él lo movía con cuidado.
—Pídemelo —exigió.
—Sí, por favor —jadeé.
En ese momento lo introdujo dentro de mí.
Gemí sorprendida. Él observó mi reacción, e introdujo un segundo dedo.
Me sentí llena de él. Me mordió el labio con delicadeza mientras sus dedos salieron para volver a introducirse profundamente, una, dos, tres veces, para salir y volver a acariciarme antes de entrar una vez más.
Estaba muy mojada y no me atrevía a pensar qué estaba pasando.
No quería que parara. Él sabía perfectamente lo que hacía, sabía cómo tocar, dónde tocar…
No dejó de acariciarme y, siguiendo mis respiraciones, esperó el momento exacto antes de volver a introducir los dedos.
En ese momento, me dejé ir. Estallando en sus manos mientras él me miraba a los ojos.
Me desperté sudando, estaba completamente empapada. Me senté en la cama.
—¡No puede ser! —murmuré echándome una mano a la cabeza.
Miré a mi alrededor. Estaba en mi cama. Sola. Álvaro no estaba allí. No había dormido con él. No había pasado nada entre nosotros y yo me había corrido en sueños. Soñando que él me tocaba. Sentía el corazón acelerado.
Recordé lo que en realidad había pasado: me había acariciado la espalda, el hombro y el cuello y después se había marchado. Dejándome sin capacidad de reacción.
—¡Dios mío! —exclamé—. No puede ser. ¿¡Era un sueño!?
Me desplomé en la cama y reviví mi sueño.
Un sueño. Simplemente era un sueño. Había soñado que mi jefe me tocaba.
Que me hacía suplicar. ¿Él era así? ¿O solo era mi subconsciente el que había anhelado que eso ocurriera?
La realidad era que él me había acariciado la espalda y después había desaparecido.
Aquello no había estado bien. No había estado mal, pero tampoco bien.
Era mi jefe. Él lo sabía y por eso se había marchado.
Me sentí frustrada, por lo que no había pasado en la vida real y por todo lo que había ocurrido en mi sueño.
¿En qué estaba pensando cuando lo había invitado a venir a mi piso a tomar chocolate?
Seguramente él estaba acostumbrado a otras cosas y yo, que era tan virtuosa, había alcanzado el clímax en sueños pensando en él. ¡Era una locura!
Cogí mi teléfono. Tenía varios wasaps.
Observé que había uno de Brandon. No podía creerlo. Me había escrito a las 9:11 h. Miré el reloj: eran las 10:05 h.
Brandon: Beth, ¿podemos hablar? Estoy destrozado. Me he enterado de que te has marchado a Nueva York. Todo lo que pasó… Ha sido un terrible error. Necesito hablar contigo.
No podía dar crédito. ¿Cómo había podido escribirme?
Sentí aquel viejo dolor en el pecho. Lo había sentido durante dos meses.
Un sabor a ceniza se extendió por mi boca.
Simplemente no podía pensar en lo que había hecho.
Aquel vídeo me llenaba la cabeza. Miré el anillo en mi dedo, tenía que quitármelo.
No podía. Miré el mensaje en mi teléfono.
Tenía que contestarle. Decirle algo de forma rotunda.
Algo que lo hiriera tanto como él me había herido a mí… Pero no podía. Me sentía paralizada.
Salí del wasap y vi uno de Harper. Era de las 9:40 h.
Harper: ¿Cuántos orgasmos crees que puede tener una mujer en una noche? ¡Siete! He tenido siete orgasmos. Te juro que me he enamorado de Logan. Después de una noche así estoy preparada para casarme con él. Tendremos unos hijos guapísimos.
Harper siempre se enamoraba. Había perdido la cuenta de cuántos habían sido los afortunados. Decidí contestarle algo rápido.
Yo: Hola. Me alegro de que lo hayas pasado bien 😊
Dejé el móvil y al momento escuché la vibración de un wasap. Volví a cogerlo.
Harper: Estás despierta ? ? Logan está en la ducha. Vamos a salir a desayunar. No te parece mal, ¿verdad?
Yo: ¿Cómo me va a parecer mal? No seas absurda. Me alegro de que lo estés pasando bien.
Harper: Esto está a otro nivel de pasarlo bien… Por cierto, vamos a comer al RH Rooftop. Álvaro tiene una reserva y vamos a ampliarla. ¿Te animas? Tienes que venir.
Yo: ¿Con Álvaro? No sé…
Harper: ¿Por qué no sabes? Álvaro es majo.
Yo: Bueno, para empezar, es mi jefe y, entre todos los adjetivos, no lo describiría como alguien majo. No hablaste nada con él como para sacar esa conclusión.
Harper: Cierto, supongo que lo he presupuesto porque, según Logan, es muy buen tipo. El que sí es majo es Logan.
Me quedé en silencio pensando en ambos. Sí, Logan era majo. Álvaro… Era demasiadas cosas. Harper, que tenía la capacidad de leerme la mente, volvió a escribir.
Harper: Y a Álvaro, ¿cómo lo describirías?
Yo: No sé. No me parece tan sencillo ponerle adjetivos.
Harper: No sé si será el mejor conversador, pero está buenísimo, y tiene esa mirada de tío duro que consigue que todas las mujeres se quiten la ropa delante de él sin que él tenga que hacer el más mínimo esfuerzo. Estoy segura.
Me sentí incómoda ante aquel comentario.
Yo: Es mi jefe.
Harper: Era solo una apreciación, pero no lo puedes negar… ¡Anda, ven!
Dudé.
Yo: Va a parecer una comida de parejitas.
Harper: ¿Y qué? Lo que no tiene sentido es que vayamos a comer los tres y dejemos a Álvaro como acoplado. Eso sí sería incómodo.
Yo: La acoplada eres tú.
Harper: Estoy segura de que Logan prefiere comer conmigo, o comerme a mí…
Bufé. Harper era de dar detalles, y eso que sabía que me incomodaba.
Yo: Por favor, no seas tan explícita. Ya sabes que no me gusta.
Harper: ¿Vendrás?
Miré el móvil y solté aire. No era una buena idea. De hecho, era una idea pésima.
Yo: Está bien, iré.
Harper: ¡Genial!
En ese momento sonó mi teléfono, cortando mi conversación por WhatsApp. Miré la pantalla para ver quién llamaba. Era mi padre.
—Hola, papá —lo saludé, contenta de saber de él.
—¿Cómo estás, princesa?
Mi padre siempre había sido tierra firme a la que poder aferrarse.
—Bien. Muy bien, papá.
—¿Seguro? ¿O lo dices para que tu viejo no se preocupe? —preguntó con cierta suspicacia.
—Estoy bien, de verdad, papá —le aseguré—. Puedes estar tranquilo. Todo va muy bien por aquí. En estas semanas me he adaptado bien a Nueva York y a mi trabajo. Ha sido una buena decisión venir —confirmé.
—Está bien —aceptó al otro lado. Parecía satisfecho con la respuesta—. Me contó tu madre que Harper ha ido este fin de semana de visita.