Capítulo 10 Central Park a media luz #4
—Ya me he dado cuenta —replicó con una media sonrisa.
Volví mi mirada a la fotografía. En ese momento entró un wasap de Zac Smith. La frase se había visto momentáneamente. Le decía dónde estaba y le preguntaba si quería ir con su amiga a bailar.
—Te ha llegado un wasap —la avisé con la voz más seria de lo que me hubiera gustado.
Elizabeth miró extrañada el móvil, cogiéndolo entre sus manos.
—¿A estas horas?
—Eso parece —murmuré rompiendo el contacto visual.
—Es Zac —indicó, aunque yo ya lo sabía—. Le dije que este fin de semana estaría aquí una amiga y me comenta por dónde está él con unos colegas por si queremos unirnos a ellos.
Me molestó, mucho. ¿Por qué le escribía Zac a esas horas? Estaba claro lo que quiere un hombre que te escribe a esas horas.
—¿Salís por ahí juntos? —me escuché decir.
—Bueno, nos hemos tomado algo un par de veces.
—No parece la mejor idea salir con alguien de tu trabajo —valoré sin poder evitar que mi voz sonara más seca de lo habitual.
Elizabeth se puso rígida.
—No salimos —negó incómoda—. Sabe que estoy sola en Nueva York y actúa como un buen compañero. ¿No te parece natural quedar con alguien de tu trabajo para tomar unas cervezas o dar una vuelta? Especialmente, con alguien que sabes que está solo y no tiene a nadie.
No es que me pareciera mal, es que me parecía fatal.
Era ridículo. ¿Estaba celoso? Pensé que yo me había metido en la casa de mi empleada y estaba allí, de madrugada, tomando chocolate y galletas.
Ella era doce años más joven que yo, hija de uno de los accionistas de mi empresa.
Había demasiadas cuestiones reprobables en todo aquello y, sin embargo, me molestaba que hiciera amistades con alguien del trabajo.
Un compañero. Alguien sin relación jerárquica con ella y, desde luego, con quien no tenía esa diferencia de edad, ya que Zac no tenía ni los treinta.
Me sentí celoso. ¿Celoso? Eso me endureció.
—¿Qué estás pensando? —preguntó.
—Nada —negué con la cabeza con frialdad.
—No lo parece. Estás ceñudo —indicó.
—¿Ceñudo?
—Sí, como molesto.
—No estoy molesto —repliqué claramente molesto.
—Bueno, está bien —respondió, y volvió a beber un poco de su taza de chocolate—. Tómate otra —comentó ofreciéndome las galletas mientras ella cogía una y la mordía.
—No. Entonces, sí que sería demasiado dulce y no estoy acostumbrado.
Elizabeth volvió su mirada hacia mí. Sus enormes ojos azules me observaron.
—Tienes razón. El tuyo es más el estilo huraño que el dulce.
Lo dijo como reproche, pero escondía una media sonrisa en sus gestos.
No pude evitar que una sonrisa contenida se me escapara de los labios.
—Así… —murmuró—. Mucho más guapo cuando sonríes.
La miré y no pude responder. Algo se había despertado entre nosotros y estaba impregnado en el ambiente.
Sostenido como las motas de polvo que ves, pero no puedes alcanzar.
Que se quedan en un limbo sin saber a dónde van a llegar.
Una alarma se encendió en algún lugar de mi cerebro, pero todavía no la escuchaba.
—¿Quieres un poco de agua? —preguntó levantándose de repente para acercarse a la encimera que había entre el fregadero y la cocina, donde había una botella de cristal con agua—. Siempre que bebo chocolate acabo necesitando agua. ¿No te ocurre lo mismo?
—No suelo tomar chocolate —respondí.
—Entonces, hoy es una excepción.
—Supongo.
No sé por qué, pero me levanté detrás de ella y caminé hasta donde Elizabeth estaba de espaldas echando agua en el vaso.
Me coloqué a su lado y ella bebió. Después sostuvo el vaso en la mano mientras sus labios todavía tenían algo del agua que los había acariciado.
Sentí deseos de deslizar mi lengua sobre el agua que brillaba en su labio inferior.
Ese fue el primer pensamiento; el segundo fue el de continuar el recorrido por la piel de su espalda.
El espacio que debía estar entre nosotros había desaparecido.
Sin saber cómo le toqué la espalda. No sé en qué momento se cristalizó como real aquello que había evitado hacer de forma deliberada toda la noche: tocarla.
Mi mano estaba sobre su espalda. Sentí su piel caliente bajo las yemas de mis dedos y mi mente se sumergió en otro plano.
Elizabeth me miró sin decir nada. Arrastré la mano desde la mitad de su espalda hasta la parte superior, sintiendo aquella sedosidad bajo mi tacto, para después subirla a su hombro y llevarla hasta su cuello.
Su piel era cálida, sedosa…, y yo no debería estar tocándola.
De forma imperceptible nuestros cuerpos se acercaron.
Elizabeth entreabrió los labios. Sorprendida, expectante.
Moví el dedo gordo bajo su mandíbula en el arco de su cuello.
Sentí el latido de su corazón, acelerado.
Real, era lo más real que había sentido nunca.
Quería enredar su cabello con mi mano y tirar ligeramente para que echara su cabeza hacia atrás. Escucharla gemir ante ese gesto posesivo y tener pleno acceso a su cuello.
—Tengo que irme —murmuré, y tragué.