Capítulo 10 Central Park a media luz #3
Puso la taza humeante de chocolate delante de mí.
No había tardado nada en prepararlo. Observé el chocolate caliente y levanté mi mirada hacia Elizabeth, que estaba trasteando al lado de la cocina.
Estaba de espaldas y la piel desnuda se asomaba por el escote de su vestido, desde casi la cintura hasta los hombros.
Era un vestido cerrado por delante, pero profundamente escotado por detrás.
Su cabello rubio caía sobre la espalda, rozando aquella piel blanca. Era todo un espectáculo.
Cogí la taza y bebí. El chocolate me inundó la boca y descendió por la garganta.
Elizabeth se dio la vuelta y me observó sentado a la mesa de su apartamento.
Era una estancia acogedora. Supongo que porque ella la había hecho así.
Llevaba quince días en Nueva York y había convertido aquel piso en su hogar.
Había cojines de colores cálidos en el sofá.
Una planta grande cerca de la ventana y un ramo de flores frescas en el mueble de la entrada. En él destacaban las rosas blancas.
Volví a beber chocolate caliente y ella me sonrió.
Una sonrisa completa, amplia, ajena a las sonrisas llenas de necesidades de las mujeres con las que compartía negocios o cama.
Ellas querían consumir algo de mí, momentáneo o duradero.
Una satisfacción dura o tácita. La sonrisa de Elizabeth era como un regalo; no era exigente ni estaba plegada a otras necesidades.
Era libre y me la estaba regalando, en su casa, una noche de sábado de madrugada. ¿Qué estábamos haciendo?
—Así que finalmente sí ingieres alimentos.
Esbocé una media sonrisa.
—Sí, sí que lo hago.
—Bien. Es bueno saber que no eres un vampiro. Está bien que, entre el café, una copa y el chocolate te decantes finalmente por tomar el chocolate. Esa también sería mi elección. —Se acercó a la mesa y puso encima un plato con galletas—. Bien, veamos si también consumes sólidos. Las he hecho yo.
—¿Las has cocinado tú? —me sorprendí.
—Sí, esta mañana —replicó encogiéndose de hombros—. Me gusta hacer algún dulce de vez en cuando, para relajarme. Me parece que así la casa huele a hogar, ¿no crees?
Estaba dispuesto a creer todo lo que ella dijera.
—Sí.
Observé las galletas y recordé a mi abuela paterna.
Fue como si me transportara directamente a Francia.
A los veranos donde ella y Beca cocinaban.
Candela siempre andaba por allí con algún libro en las manos o jugando con su Barbie con caballo.
Lo que le gustaba de verdad era el caballo, no la muñeca.
Yo me sentaba en la mesa y observaba como mi abuela le explicaba a Beca algunas recetas.
Siempre estábamos rodeados de fresas. Ella me invitaba a participar en el proceso creativo, pero yo me resistía, no quería meter las manos en la masa.
Beca se reía y decía que yo no me quería manchar.
La realidad era que me sentía inseguro, terriblemente inseguro.
Pensaba que iba a hacerlo mal, así que directamente no quería intentarlo.
Me conformaba con ver cómo ellas cocinaban.
Beca siguió los pasos de mi abuela y se convirtió en una gran cocinera.
No solo eso. Heredó su pasión por las fresas, recuperó su plantación de fresas en Francia y volvió a montar una empresa de mermeladas, como habían hecho mi abuela y mi abuelo paterno en su día.
Ella había recuperado el legado de mis abuelos mientras que Candela y yo sosteníamos el que habían dejado mis padres.
—Prueba una. ¿O temes que sean demasiado dulces?
Me pareció una proposición demasiado tentadora. Era dulce, toda ella. La galleta aún no lo sabía.
—Está bien —respondí.
Cogí una galleta espolvoreada con azúcar glas.
La mordí y el sabor se extendió por mi boca.
Sí, era dulce. Pero no solo la galleta, sino la estampa entera: ella, con aquellos ojos azules, las flores frescas en el florero y una extraña sensación de hogar deslizándose por los amplios ventanales de aquel apartamento.
—¿Te gusta? preguntó mientras se llevaba la taza a los labios.
Ninguna de las respuestas que vinieron a mi mente eran apropiadas. Porque aquella dulzura se estaba enredando con otra cosa mucho más oscura.
—Está muy buena —tuve que aceptar—. No sabía que hoy en día quedaran chicas que cocinaban y que leían a Shakespeare y a Byron. Eres toda una revelación.
—¿Hoy en día? —preguntó extrañada—. ¿Qué se supone que debería estar haciendo alguien de mi edad hoy en día?
—No lo sé. ¿Un baile viral de TikTok?
Se rio de forma abierta.
—Eso no es para mí —negó arrugando la nariz—.
Sí, claro, tengo redes sociales. Me gustan.
De hecho, sería raro que no me gustaran si me dedico a ellas.
Pero lo veo más como una herramienta de trabajo.
En lo personal, soy más de consumir en redes que de publicar.
No me veo en absoluto haciendo un baile viral.
Pero en el mundo actual hay que tenerlas.
Sacó el móvil y buscó el Instagram de la empresa.
—No me digas que las publicaciones que hicimos de Dubái no han sido un acierto, ¿eh?
Me entregó su móvil y lo cogí para revisar.
Había echado un vistazo a las fotos cuando se las habían pasado, pero no me había parado demasiado en ellas.
Las publicaciones mostraban una imagen de proyección internacional, éxito y eficiencia.
Tenía que reconocer que, desde que Elizabeth había tomado el mando de las publicaciones, tenían un aire fresco a la par que sofisticado.
—Están bien.
—¡Qué expresión más sosa! —se quejó.
—No soy de grandes aspavientos.