El chico de Manhattan Capítulo 10 Central Park a media luz #2
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Capítulo 10 Central Park a media luz #2

—¿Qué te parece un pequeño paseo? —propuso—. La posibilidad de que haya algún peligro, así como el hecho de que sea ilegal, le suma interés, ¿no crees?

No respondí, pero no pude evitar seguirla.

Aquello era totalmente ajeno a mi personalidad: seguir a una chica, que era mi empleada, ir a dar un paseo con ella, meternos en Central Park a esas horas y saltarnos las normas.

Ninguno de aquellos actos tenía nada que ver conmigo.

Yo no improvisaba. Cuando me iba con una chica de un local de copas era para tener sexo.

Algo rápido y frío. Una satisfacción que no solía alargar más allá de lo necesario.

Eso era lo único que me interesaba obtener a esas horas.

Pasear de noche con Elizabeth Harrington no tenía nada que ver con mi forma habitual de proceder.

Además, no podía perder la perspectiva de que ella era la hija de uno de los principales accionistas del último año.

Y allí estábamos, caminando de noche por las sombras de Central Park. Ella hablaba y yo la escuchaba.

—Me encanta venir aquí —declaró Elizabeth—. Hacía unos dos años que no lo hacía. Bueno, al margen del intento de pasear con las maletas cuando aterricé hace quince días.

—Gana mucho de día —repliqué.

Volvió la mirada hacia atrás. Su cabello rubio se movió a lo largo de su espalda.

—Bueno, de día no tengo un guardaespaldas de dos metros.

La miré y apreté la mandíbula.

—Ya…, no debo hacer comentarios del físico de la gente con la que trabajo —indicó corrigiéndose a sí misma.

—No llego a los dos metros —repliqué tratando de mantener un tono distendido.

—Aun así, seguro que podrás evitar que tengamos un ataque indeseado. Aunque no te creas, yo soy bastante rápida.

—Es bueno saberlo.

—Hice atletismo en el instituto. Era la mejor —añadió risueña—. De hecho, podría haberlo hecho en la universidad, pero no quería presionarme tanto, así que seguí corriendo, pero por mi cuenta.

Pensé en ella en su época universitaria, que no debía de diferir mucho de cómo era ahora.

Había terminado la carrera hacía dos años.

Me la imaginé: una chica sureña de modales suaves, contenida.

Buena estudiante, corredora, con hábitos saludables.

Me pregunté si alguna vez habría perdido el control en una fiesta o si, por el contrario, siempre se habría mantenido dentro de lo que su educación consideraba correcto. Era una chica tradicional.

—¿Estudiaste aquí o en España? —preguntó de repente.

Estaba claro que había buscado información sobre mí. Era lo normal al empezar en un sitio nuevo. Lo curioso era que no lo hubiera hecho antes de incorporarse, que no me hubiera reconocido el primer día, cuando nos cruzamos en aquel mismo parque y prácticamente aterricé encima de ella.

Yo apenas tenía redes sociales: las únicas fotos estaban en mis perfiles de LinkedIn y X.

Aun así, mi rostro aparecía en numerosas noticias y recortes de prensa, además de en múltiples entrevistas que me habían hecho como CEO de BAC USA Real Estate.

Bastaba con escribir mi nombre en Google para encontrar decenas de imágenes mías.

—Estudié en Columbia, en Nueva York.

—Es muy buena Universidad.

—Sí, lo es.

—¿Sabes que no tienes casi acento? A ver, no es que no tengas, pero es difícil identificar que no eres americano. Pareces estadunidense, pero de algún otro sitio. No sabría indicarte cuál.

—Así que paso por norteamericano, pero no por neoyorquino.

—Exacto, pero bueno, eso es al abrir la boca —replicó con guasa—. Si no la abres, todo tu atuendo y aspecto parecen haber nacido del pavimento de Manhattan. Directamente del corazón de Wall Street.

—Unir la palabra «corazón» y Wall Street en la misma frase es muy atrevido —comenté con sorna.

—Desde luego. Eso te lo reconozco. —Hizo una pausa. Las sombras de los árboles sumaban más oscuridad al paseo—. ¿Y ya te quedaste aquí cuando terminaste tus estudios universitarios?

—Sí, por eso me vine a estudiar aquí: para hacerme cargo del holding inmobiliario una vez saliera de la universidad. Durante los primeros años estuve yendo y viniendo, entre Nueva York y Madrid. Desde los veinticinco ya me instalé a vivir en Manhattan el cien por cien del tiempo.

Elizabeth me miró extrañada.

—¿Tan joven?

—Sí, mis padres ya habían fallecido, así que alguien tenía que hacerse cargo. Al principio tuvimos gestores como solución temporal.

—¿Qué les pasó?

¿No lo había buscado? Me parecía extraño. Aunque, a decir verdad, al buscar información sobre los fundadores del holding , encontrabas el hecho de que habían fallecido, pero había que indagar para encontrar el motivo.

—Un accidente —respondí con la mirada fija en el camino—. En avioneta. Pilotaba mi padre. Era un buen piloto, pero esa tarde parece que el tiempo no acompañó y la avioneta se desestabilizó.

—Lo lamento muchísimo.

Sentí la emoción contenida, Elizabeth era de ese tipo de personas que empatizaban con los demás.

—¿Qué edad tenías cuando fallecieron?

—Catorce años.

—Eras muy joven.

No dije nada. Sentí la piedra enraizándose en mí. Mi máscara de frialdad endureciéndose. Aquella piedra dura y fría que me había ayudado a soportar todo aquello: la pérdida de mis padres, las lágrimas de Beca, la imposibilidad de volver a llorar de Candela.

—Tuviste que asumir una gran responsabilidad a una edad muy temprana —comentó Elizabeth con dulzura.

Una dulzura que se me hacía insoportable, que resbalaba por la piedra. Incapaz de corresponder a su dulzura, de soportar ni un solo gesto de consuelo, me endurecí más.

Elizabeth decidió cambiar el rumbo de la conversación en vista de mi estoicismo.

—¿Conociste a Logan en la universidad?

—Sí —respondí—. Es de Boston. Vino a Nueva York a estudiar, como yo. Los dos hicimos remo y atletismo, así que ahí coincidimos. Logan estudió Administración de Empresas y yo hice Economía y un máster en Desarrollo Inmobiliario.

—Vaya, ¿así que también eres un corredor y no me lo habías dicho? —replicó buscando volver a relajar el tono de la conversación.

La miré mientras caminábamos.

—Creo que ya lo notaste el día que nos conocimos.

Elizabeth no replicó, pero observé cierto rubor volviendo a teñir sus mejillas.

—Sí, es cierto.

Llegamos al Literary Walk y caminamos acercándonos a las estatuas. Me pregunté cómo era posible que estuviera caminando con mi empleada por Central Park de noche. Aquello era una locura.

El móvil de Elizabeth vibró. Lo sacó del bolso y leyó un mensaje.

—¿Logan es de fiar? —preguntó de repente.

—Sí, es un buen tipo. ¿Por?

—Porque Harper me dice que se va a tomar algo con él y lo que surja… Que no la espere despierta. ¿Se está quedando en tu casa?

—No. Tiene una habitación para este fin de semana en el Essex House.

—Creo que sé cuál es. Está cerca, ¿no?

—Sí, está muy cerca. En Central Park South. Es un hotel muy bueno.

Vi la duda en la cara de Elizabeth.

—Es un buen tipo, no tienes que preocuparte por ella —apunté—. Son mayorcitos para hacer lo que quieran.

—Bueno, para empezar, le saca unos cuantos años. ¿Es de tu edad?

Asentí.

—Bueno, pues Harper es de la mía, así que echa las cuentas… Eso son unos doce años. Es una buena diferencia. No sé si una diferencia de edad así es un impedimento a la hora de conocerse.

—¿Para una noche? —pregunté levantando una ceja.

—Bueno, quizá para una noche no sea un problema. Pero si esas dos personas quisieran conocerse un poco más, sí podrían surgir barreras por la diferencia generacional, ¿no crees?

Elizabeth se había detenido y me miraba a los ojos.

Pensé en lo que había dicho. Estaba señalando de forma clara la diferencia de edad que había entre ellos y, por extensión, entre nosotros.

Ella estaba prohibida para mí, por muchos motivos, y lo único en lo que pude pensar en ese momento fue en cómo los árboles proyectaban sombras sobre su rostro gracias a la luz de las farolas cercanas y de una luna enorme que, a pesar de estar sobre Manhattan, insistía en mostrar su luz.

—¿Algo que objetar a mi razonamiento?

—No.

Me miró unos segundos más. Había algo entre las costuras de lo que no decíamos.

—¿Seguro? —preguntó.

—Nada que declarar, señoría —fue lo máximo que respondí.

—Aunque para él no sería un obstáculo —comentó echando un vistazo a la estatua que estaba a nuestra vera.

Reconocí de quién se trataba: era William Shakespeare—.

Claro está, siempre que entre los personajes hubiera un amor respetuoso, apasionado o poéticamente significativo.

Quizás trataría la diferencia de edad como un detalle literario para generar tensión, reflexión o contexto social. Algo que sumara interés a la trama.

Elizabeth dio un paso más hacia mí, acortando la distancia que nos separaba.

—No sé nada sobre Shakespeare —tuve que confesar.

—No lo estás diciendo en serio —murmuró con aquella voz tan suave, casi tangible.

—Es la verdad. Conozco lo que tuve que leer en el instituto, y ahí se quedó todo lo que sé al respecto.

—Yo adoro a Shakespeare, aunque no tanto como a Byron —declaró—. Está claro que no eres un romántico.

—Eso desde luego. No, no lo soy. —Una confesión íntima al resguardo de la noche.

Elizabeth me sonrió. Iba a decir algo, pero por algún motivo se calló y seguimos caminando por aquella vía en el corazón de Central Park donde se encontraban las estatuas de escritores que ella había querido visitar el primer día que había llegado a Nueva York.

Permanecimos en silencio unos minutos hasta que Elizabeth lo rompió.

—¡Me encantaría tomarme un chocolate! —exclamó de repente.

—¿Ahora? —pregunté sorprendido.

—Sí, ahora. ¿Conoces algún sitio por aquí?

—Conozco un par de sitios que están cerca, pero no creo que estén abiertos a estas horas.

—Bueno, en mi casa tengo chocolate para hacer. ¿Te apetece?

—¿Ir a tu casa ahora? —pregunté con incredulidad.

Elizabeth se encogió de hombros.

—Bueno, solo si te apetece un chocolate.

Una proposición perfectamente tangible.

Sus ojos azules rodeados de sombras me parecieron irreales. Quizás aquello era un sueño.

***