Capítulo 10 Central Park a media luz
Central Park a media luz
Álvaro
Elizabeth Harrington se había ruborizado.
Retiró la mirada. Me pareció dulce, casi irreal, algo así como los dinosaurios que se han extinguido.
¿Quedaban chicas que se ruborizaban? No sabía nada sobre eso.
Es cierto que el sexo femenino para mí era todo un misterio.
Las mujeres con las que tenía intimidad no se ruborizarían en ningún escenario, hiciéramos lo que hiciéramos en la cama.
No lo hacían ni siquiera aquellas con las que tan solo me acostaba una sola noche.
No solía tener citas románticas. Me había acostumbrado a centrarme en una vida en la que no tenían cabida ese tipo de cosas.
No había sido una decisión deliberada. No había decidido de forma consciente no conocer a nadie más allá de unos encuentros casuales.
Simplemente, la situación era así. Había cerrado esa puerta en algún momento y no tenía la menor intención de abrirla.
Quizás por eso las mujeres con las que me relacionaba en el ámbito íntimo nunca jamás se ruborizaban.
No mostraban fragilidad, ni ternura. Quizás sí fueran capaces de todas esas cosas.
Tal vez era por el tipo de encuentro íntimo que se propiciaba entre nosotros, que no lo permitía.
Me pareció algo extremadamente inusual. La única mujer a la que había visto ruborizarse era mi hermana Beca, y hacía mucho tiempo.
Candela, por ejemplo, jamás se ruborizaba.
No permitirá que nadie la viera vulnerable.
Era tan difícil que ella mostrara una debilidad como difícil era que la mostrara yo mismo.
Fuera de la relación que tenía con mis hermanas, vivía la vida con interacciones prácticas.
Por ello, ver a Elizabeth ruborizarse era todo un acontecimiento.
Me pareció, en cierto modo, refrescante.
—Bueno, creo que voy a marcharme —murmuró algo incómoda—. Me parece que aquí ya no hago nada.
—Yo también me voy —respondí—. Saldré contigo.
Me miró y asintió.
—Muy bien, voy a despedirme de Harper. La avisaré de que me marcho a casa.
Se acercó a hablar con su amiga. No pude evitar echar un vistazo al look que Elizabeth llevaba puesto.
Ya había percibido su elegancia sureña en las anteriores veces en las que había estado con ella.
En esta ocasión, llevaba un vestido de seda negro cuyo largo llegaba a la altura de las rodillas.
Por delante era cerrado al cuello, pero cuando se levantó y se acercó a despedirse de su amiga observé como llevaba toda la espalda al aire.
Su piel nívea se exponía y sobre ella oscilaban las luces y su cabello rubio.
Era tentadora. Me picaron los dedos del impulso que sentí de deslizarlos sobre su piel.
Solo quería saber cómo era su tacto. Un pensamiento inapropiado, totalmente inaceptable.
No me acerqué a despedirme de Logan. Me pareció innecesario. Levanté una mano y me despedí a distancia. No me gustaba inmiscuirme en asuntos ajenos y estaba claro que Logan estaba ocupado y el plan para esa noche había cambiado radicalmente. Bien por él.
Preferí observar con las manos en los bolsillos como Elizabeth le daba un breve abrazo a su amiga.
Las luces se deslizaban por la piel de su espalda.
La imagen era tan elegante como sensual.
Entonces se giró para buscarme entre la gente y en aquel momento deseé que siempre volviera a girarse para buscarme.
Caminó hacia mí con el vestido sedoso y unas botas negras de caña.
Lo que me pedía el cuerpo cuando se acercó hasta mí era deslizar mi mano por su espalda para acompañarla hacia la entrada, donde habíamos dejado los abrigos.
Mi instinto necesitaba tocar ese blanco y observar su rostro en reacción a mi tacto…
Solo quería ver los pequeños gestos en su boca y sus ojos si mi piel hiciera contacto con la suya.
Me reprendí por aquel pensamiento y no me permití sacar las manos de los bolsillos.
Caminé a su lado y recogimos nuestros abrigos antes de salir.
Fin del espectáculo de piel expuesta y de pensamientos que no me llevarían a ningún lado.
Observé como cerraba los botones de su abrigo y se ceñía el cinturón en la puerta del Ascent Lounge.
Todavía había gente entrando, a pesar de que pasaba de la una de la mañana.
Tuve el impulso de alargar mi mano para enganchar el cinturón de su abrigo y de tirar de la prenda, acortando la distancia.
Ver si con ese gesto se asustaba y sus alertas se disparaban.
El instinto de un lobo que planea saltar sobre una presa.
Solo que yo era más cercano a las piedras de la montaña que a los lobos que las reinaban.
No la toqué, ni a ella ni a su cinturón, por supuesto.
—No hace demasiado frío, pensé que haría más al salir —comentó.
—Sí, están mejorando las temperaturas, pronto no hará falta llevar abrigo.
Yo me había puesto el mío encima de la camisa negra y no lo había cerrado.
—Parecemos de Men in Black —manifestó con una sonrisa dulce, demasiado.
Sería algo terrible que yo pudiera tan siquiera tocar el aire que la rozaba, alguien tan dulce no estaba a mi alcance.
—¡Qué vintage ! —repliqué torciendo el gesto—. Creo que no habías ni nacido cuando se estrenó.
—Tienes razón, pero le encanta a mi padre, así que la he visto en múltiples ocasiones —explicó con aquella dulzura que hizo que su rostro se torciera en un ligero gesto—. También podríamos venir de un funeral, los dos vestidos completamente de negro.
—Es otra opción. Aunque, puestas ambas sobre la mesa, prefiero la primera —comenté con desagrado—. Odio los funerales.
—Te entiendo. Me pasa lo mismo. Todavía tengo el de mi abuelo grabado. Falleció el año pasado.
Asentí, pero no dije nada. Obvié hablar del entierro de mis padres cuando yo apenas era un chaval y tenía que sostener a mis hermanas una a cada lado.
Beca, llorando desconsoladamente, y Candela, sin soltar una sola lágrima.
Candela había llorado tanto desde que nos llamaron para informar del fallecimiento que creo que era incapaz de volver a derramar una sola lágrima.
Estaba devastada. Tenía los ojos rojos y estaba pálida como el papel.
Nunca más la volví a ver llorar. De alguna forma, con la pérdida de nuestros padres, algo se había roto en ella y, aunque todos sufrimos y quedamos de alguna manera marcados, en Candela aquello que había perdido no volvió a aflorar.
—¿Un mal recuerdo? —preguntó Beth dando un paso hacia mí.
Estábamos más cerca. La gente se movió a nuestro alrededor para acceder a la entrada del local, dándonos una sensación de extraña intimidad.
Observé sus ojos claros.
—Alguno —respondí crípticamente.
Lo vi en sus ojos: las ganas de preguntar.
—¿Quieres hablar de ello?
Negué con la cabeza. No sabía lo que estábamos haciendo allí, qué estaba haciendo con ella a esas horas en la puerta de un local de copas. Tenía que irme a mi casa y poner distancia, pero algo me enraizaba al suelo.
—No.
Elizabeth me miró. Conocía aquella mirada. Ya me habían mirado antes así, cuando alguien quería saber más, y conmigo era difícil porque, de entrada, no estaba dispuesto a dar nada.
—¿Ya has ido a Literary Walk? —pregunté por un extraño impulso de seguir allí hablando con ella.
—No. Todavía no.
Esbocé una sonrisa.
—Creía que tenías mucha prisa por ir el otro día. Tanta que decidiste hacerlo, a pesar de tener que mover todo tu equipaje.
—¡Solo han pasado quince días! He estado ocupada instalándome y haciéndome con mi nuevo trabajo —se excusó mirándome con una sonrisa en los ojos—. Tengo mucha faena por delante.
Una pequeña pulla.
Asentí.
Ambos miramos hacia Central Park. Estábamos al lado.
—¿Crees que es una locura ir ahora? —preguntó con un pequeño brillo de rebeldía en la mirada.
Observé mi reloj.
—Es la una y cuarto de la madrugada. Oficialmente, el parque está cerrado.
—¿No podemos entrar?
Un pequeño desafío en el aire.
—Sí, supongo que poder podemos entrar. Nadie te lo va a impedir —valoré—. Pero ya no hay policía a estas horas, ni vigilancia. No creo que haya mucha gente tampoco.
—¿Vamos? —lanzó, y se mordió ligeramente el labio como respuesta física a su pequeña travesura.
Beth no era una mujer extrovertida. Parecía más bien pausada y acostumbrada a adaptarse siempre a lo que esperaban de ella, como si toda la vida hubiera tenido que encajar en un molde.
Vi en sus ojos las ganas de romper las reglas, aunque fuera un poco.
En comparación con las mujeres que solían pasar por mi cama, era una especie de ser extraterrestre, algo casi cercano a la divinidad de lo intocable.
Pero, dentro de aquel formalismo en el que se movía, necesitaba, de algún modo, saltarse alguna regla.
Dudé. Quizás no fuera la mejor de las ideas desde el punto de vista legal, al margen de todas las implicaciones éticas que había en el hecho de que yo me adentrara en un parque oscuro en mitad de la noche con una empleada sobre la que tenía una clara posición de jerarquía, respecto a la que era doce años mayor y que además era la hija de uno de los accionistas del holding .
—¿Crees que podría atacarnos alguien? —preguntó al ver mi indecisión.
—Es posible.
—Bueno, pareces bastante preparado físicamente para solventar la situación si, llegado el caso, fuera necesario.
¿Acababa de hacer referencia a mi físico?
Volví los ojos hacia Elizabeth.
—¿He sido inapropiada?
Volví a identificar en el brillo de su mirada: esas ganas de romper el molde, algo cercano al hambre. Ella también me despertaba hambre a mí, pero de otro tipo. Me obligué a recordar quién era ella y quién era yo.
—Yo no hago nunca apreciaciones físicas sobre la gente con la que trabajo —fue lo más neutro que pude decir.
Elizabeth me sostuvo la mirada unos instantes mientras daba un par de pasos, encaminándose hacia Central Park.
—Pero sí te fijas, ¿verdad?
¿Lo estaba diciendo por ella?
No contesté.