Capítulo 9 Un beso en la pista de baile #2
—Lo que están viendo mis ojos —siguió murmurando entre el ruido ambiente mi amiga—. Mira, parece que tenemos la capacidad de invocar a las personas. Ahí está: nuestro chico de Dubái.
—¿Qué dices? —pregunté mirando hacia atrás, a donde Harper había dirigido la mirada.
—Me retracto, no está bueno, ¡está buenísimo! —declaró mi amiga sin ningún tipo de miramiento.
Entonces lo vi caminando justo hacia donde estábamos nosotras sentadas.
Álvaro estaba allí, a unos pocos metros de nosotras.
No sé si fue por los dos cócteles que llevaba encima, pero me pareció que era todavía más impresionante de lo que recordaba.
No lo había visto desde que se había marchado a Dubái.
Sabía que había regresado a mitad de semana, pero no habíamos coincidido en la oficina esos días.
Llevaba puestos unos pantalones oscuros y una camisa negra remangada, y sus brazos me parecieron tan fuertes y masculinos que me ruboricé.
Era sexi, terriblemente sexi, con un punto oscuro, casi de peligro.
Estaba acompañado por un tipo alto con cabello castaño y una suave barba que no paraba de hablar y reír.
Parecía un amigo o colega. Tendría una edad aproximada a la suya.
En ese momento cruzó su mirada con la mía. Un gesto inicial de sorpresa, casi imperceptible, porque claro, la piedra no se sorprende en exceso. Después una mirada más oscura, oscilante.
Tragué. No, no era nuestro chico de Dubái. Era mi chico de Manhattan .
—Es muy atractivo —declaró Harper susurrando—. Ten el valor de negarlo.
No dije nada, ni una sola palabra. Él tampoco decía nada; mientras, su amigo hablaba y hablaba gesticulando con las manos. Álvaro me sostenía la mirada en silencio mientras caminaban directamente hacia nosotras.
—El hombre hecho realidad —declaró Harper—. El amigo también es bien parecido, la verdad.
Bajé la mirada al suelo. Quizás porque se estaban acercando demasiado y, al parecer, yo no tenía tanto valor como Álvaro. Cuando volví a subir la mirada, habían llegado hasta nosotras. Álvaro no iba a hacerse el despistado. Sería ridículo.
—Buenas noches, Elizabeth —me saludó.
Su voz fue firme, profunda, a pesar del ruido ambiente y la música de fondo.
—Le gusta que la llamen Beth —apuntó mi amiga con una amplia sonrisa.
Álvaro serpenteó su mirada brevemente hacia ella y después volvió a mí.
—Lo sé —respondió, y su voz reverberó por toda mi piel.
—Hola —saludé—. Menuda coincidencia —añadí sintiéndome incómoda.
—Sí. No te había visto nunca por aquí.
—Quizás porque llevo viviendo en Nueva York quince días —repliqué armándome de valor.
—Es probable —respondió con una casi sonrisa que no llegó a esbozar.
Nos miramos en silencio unos instantes.
El amigo se había quedado callado y nos observaba esperando una explicación. Carraspeó, forzándonos a salir de nuestro ostracismo.
Me alegré de que el pub estuviera en semioscuridad, así no notarían que me había ruborizado.
—Logan Brown, ella es Elizabeth Harrington… Nos conocemos del trabajo —añadió de forma ambigua sin concretar que yo era su empleada.
—Llámame Beth, por favor —repliqué con una sonrisa—. Encantada de conocerte, Logan.
—Igualmente, Beth —respondió alargando una mano para darme un breve apretón.
Tenía una mano cálida. En ese momento pensé que no había tenido ocasión de sentir el tacto de la mano Álvaro, pero sí los relieves de su cuerpo cuando había caído encima de mí.
Había sido una presentación más accidentada.
Su mano apenas la había rozado un momento cuando los dos habíamos cogido el asa de la maleta.
—Yo soy Harper Jones —saludó mi amiga alargando la mano hacia Logan, que la tomó para saludarla—.
Encantada. —Cuando este soltó la mano, Harper, decidida, la alargó hacia Álvaro—.
Señor Durand, encantada de conocer al jefe de Beth.
—Álvaro apretó su mano en un gesto breve y firme—.
Justo estábamos hablando de usted. ¡La cámara le quiere, no hay discusión al respeto!
—añadió mostrando la foto en la que mi jefe salía de perfil con casco de seguridad en Dubái.
Tanto Álvaro como Logan dirigieron su mirada hacia la foto que se mostraba en el móvil de Harper. Después, ambos dirigieron su mirada hacia mí. Álvaro se mostró imperturbable, salvo por su mirada, que se había oscurecido levemente. Se me encendieron las mejillas.
—Harper está interesada en las adquisiciones inmobiliarias —comenté con todo el valor del que fui capaz.
—¡Justo! —respondió Harper—. Dubái es un sitio tan estupendo como cualquier otro para adquirir una propiedad —añadió con cierto recochineo.
Se veía a leguas que Harper tenía una edad aproximada a la mía. Ninguno de los dos le echaría más de veinticinco y, con esa edad, es difícil dedicarse a la compra de inmuebles.
Logan soltó una carcajada.
—Desde luego, una lógica aplastante —respondió con una sonrisa algo vacilona—.
Aunque yo no elegiría irme tan lejos, a los Emiratos.
Hace demasiado calor. Optaría por Queens o el Bronx, zonas en transición y mucho más cercanas.
Y, si quieres algo más lejano, Miami es una opción con alquileres altos y demanda internacional.
Aunque bueno, ¿qué voy a saber yo? El experto en gestión inmobiliaria es Álvaro.
Harper lo miró divertida. Le gustaba la gente que, como ella, sabía reírse sin problemas y seguir las bromas. Estaba claro que estábamos hablando de Álvaro, y no de Dubái. Me pregunté si sabían leer en nuestro rostro que, en concreto, estábamos centrando la conversación en la anatomía de mi jefe.
—Bien, ¿y a qué te dedicas tú, Logan Brown? —preguntó mi amiga con curiosidad y una pizca de picardía ardiendo en la mirada.
—Trabajo en una empresa de suministros electrónicos en Boston.
—No puede ser. ¡Yo también! —respondió sorprendida con una amplia sonrisa—. Bueno, en Boston no. En Birmingham, Alabama. Pero también trabajo en un proveedor de suministros electrónicos.
—¿En serio? ¡Qué casualidad! ¿En cuál? —preguntó él curioso.
La química entre estos dos estaba subiendo como la espuma, mientras Álvaro y yo nos habíamos quedado como meros espectadores.
—Telco Electronics —respondió Harper.
—No me lo puedo creer. ¡Sois nuestros competidores! Yo trabajo en Analog Systems CS Group.
Mi amiga volvió a reírse de forma abierta. Se la veía guapísima.
Logan sorteó la mesa baja y se sentó en el sofá al lado de Harper. Dirigiendo la conversación solo a ella. Estaba claro que había decidido que iban a quedarse allí, con nosotras, y ni tan siquiera le echó una mirada a su amigo para confirmar que estaba de acuerdo.
—¿Por qué no os sentáis y nos acompañáis con una copa? —comenté por ser cortés, aunque la decisión ya había sido tomada.
Logan me miró brevemente y sonrió, devolviendo al momento toda su atención a Harper.
En cuestión de segundos ya estaban hablando entre ellos, ignorándonos directamente.
El sofá en el que estaban sentados era amplio y mi amiga había inclinado su cuerpo hacia el chico de Boston en una clara muestra de su interés.
Álvaro se quedó parado un momento. No sé qué estaba haciendo, porque yo estaba mirando a Harper.
No porque la forma en la que Logan y Harper se habían zambullido en una conversación resultara de lo más interesante.
No, no era eso. Era por no mirar a los ojos a mi jefe, el CEO de BAC USA Real Estate, tiburón de las finanzas y mi chico de Manhattan...
No quería que se diera cuenta de que estaba entre avergonzada por el hecho de que nos hubiera pillado hablando de él e inquieta por su presencia allí.
Unos segundos después, percibí como Álvaro se sentaba en un sillón individual situado al lado del mío.
De repente parecíamos dos parejitas. Ellos dos compartiendo sofá y risas.
Álvaro y yo, en dos sillones individuales y en silencio.
La camarera pasó y apuntó sendas bebidas para los recién llegados.
Yo llevaba encima dos copas más el vino de la cena, me parecían más que suficiente.
En un esfuerzo titánico me aparté la melena hacia atrás y dirigí mi mirada a Álvaro.
Este percibió el gesto a mi lado y me miró.
No dijo nada. Estaba claro que él no se iba a esforzar en hablar.
Ya había percibido el primer día que lo había conocido que no tenía el don de la palabra o que, si lo tenía, no se esforzaba en demostrarlo.
Parece que prefería los silencios. Bueno, pues haría yo el esfuerzo de iniciar la conversación.
—Qué facilidad, ¿no? —pregunté con un gesto refiriéndome a nuestros amigos.
Él los miró brevemente. La nueva pareja se reía abiertamente, hablando de cualquier asunto trivial. Después volvió la mirada a mí.
—Parece que tienen mucho en común.
—Sí, un punto de partida. Algo en lo que apoyarse —comenté—. A veces es todo lo que se necesita para empezar.
—«Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo» —replicó con una media sonrisa captando lo que quería decir.
—Arquímedes —apunté.
—Exacto.
Sus ojos oscilaron en las sombras de la media luz del local.
—En ellos parece cumplirse —murmuré.
Álvaro me miró con intensidad, pero no dijo nada.
La camarera trajo las copas. Me fijé en que Harper había apoyado su mano en la rodilla de Logan. Ese era un buen punto de apoyo y desde luego parecía que el mundo de ambos giraba a gran velocidad.
Álvaro agradeció en un gesto la bebida. La camarera la dejó delante de él sobre la mesa baja, mientras que Logan cogió la suya al vuelo con una sonrisa y le dio un buen trago. Se ve que necesitaba un poco de carburante para mantener el tono.
La música del local era animada, pero, aun así, se podía hablar sin tener que esforzarse demasiado.
El móvil de Álvaro vibró. Él echó un vistazo y lo desechó sin ni siquiera contestar. Volvió a metérselo en el bolsillo. A esas horas, un sábado por la noche, estaba claro que era una mujer. Me pregunté cuántas le escribirían.
—¿Qué tal en Dubái? —pregunté.
—Muy pesado —determinó—. Largo y pesado.
—Regresaste el jueves, ¿no?