Capítulo 9 Un beso en la pista de baile
Un beso en la pista de baile
Beth
—¡Brandon es un imbécil! —declaró Harper mientras observaba los hielos bailando en su copa.
Harper era pura dinamita. Tenía unos rizos castaños con reflejos dorados y unos labios muy sugerentes.
Era divertida. Sí, esa era su mejor carta de presentación.
Trabajaba en las oficinas de una empresa de suministros electrónicos de su padre.
En eso habíamos coincidido; las dos nos habíamos quedado a trabajar con nuestras familias tras el paso por la universidad.
La suya era una familia con dinero. No tanto como la mía, pero sí lo suficiente como para pertenecer a la clase alta sureña.
Sus apreciaciones siempre solían ser directas y sin paños calientes.
La media luz del local enmascaró mi gesto frente a una afirmación así.
Sentí aquel peso en el pecho casi como un viejo amigo.
Habíamos estado dos años juntos, nos habíamos comprometido para casarnos y él había cogido todo aquello y lo había destrozado con sus manos.
Se había acostado con Nancy como si nuestra relación no valiera nada, ¿cómo había podido?
Todavía recordaba aquella tarde de sábado de mitad de enero.
Ese día yo estaba sentada en una de nuestras cafeterías favoritas esperándolo y él se retrasaba.
Tenía mi café enfrente cuando me llegó al teléfono un vídeo de Nancy.
Ella llevaba media vida siendo mi mejor amiga, desde que éramos unas niñas.
Abrí el vídeo y al principio no entendí nada.
Aunque esa incomprensión duró segundos. Brandon estaba sentado en su cama con la camisa desabrochada.
Nancy lo grababa y ambos se reían. En ese momento no lo entendí, pero no tardaría en comprender la situación.
—Nancy, no me grabes. Estas cosas no me gustan.
—¿No? ¿No quieres un vídeo de cómo te lo hago? —preguntó sugerente—. Así, cuando lo recuerdes y se te ponga dura, tendrás algo que ver.
Brandon negaba con aquella cara tan bonita. Era tan guapo, parecía tan bueno…
—Es un regalo para ti. ¿Cómo le voy a enseñar yo a alguien un vídeo en el que te estoy practicando sexo oral? —se rio ella.
Brandon cogió el móvil y la enfocó mientras Nancy se ponía de rodillas. Llevaba vaqueros con una camisa abierta y se le veía el sujetador.
—Tengo que irme, Beth me está esperando —murmuró Brandon mientras le desabrochaba los pantalones.
—Seré rápida —respondió atándose el cabello en una coleta.
El estómago se me revolvió.
Acto seguido se la sacó.
Brandon tenía una gran erección.
Sentí que iba a vomitar.
Nancy la lamió entera mirando a la cámara antes de metérsela del todo en la boca.
Sentí ganas de vomitar, de gritar, de llorar; no dije nada y seguí mirando. Mientras tanto, mi café se enfriaba. Brandon comenzó a gemir y le sujetó la cabeza mientras ella seguía prestándole un servicio íntimo. Todo el acto se volvió más crudo, fuerte y desagradable.
—Así, sigue, nena.
No podía respirar, mi corazón se había roto en mil pedazos.
Cuando terminó, Nancy miró a la cámara y tragó.
La que hasta ese día era mi mejor amiga, me envió el vídeo sin decir ni una sola palabra. En ese caso, no hacían falta.
Esa tarde Nancy pasó por encima de nuestra amistad, Brandon me rompió el corazón y yo me marché dejando atrás mi café frío sin beber.
—Lo dicho: Brandon es un imbécil —repitió Harper—. Y Nancy es lo peor que hay bajo la faz de la Tierra. Eso yo ya te lo había dicho más de una vez, pero es que tú no querías ver que no era una buena tía.
Sonreí con cierta amargura.
—Cierto —tuve que aceptar—. Pero no quiero hablar de ellos. Han pasado dos meses y prefiero dejarlo atrás.
Cogí la copa y bebí.
Harper se había venido a pasar el fin de semana conmigo.
Era sábado y, después de pasarnos el día haciendo unas cuantas compras y bastante turisteo, habíamos decidido que todavía nos quedaba energía para salir a cenar y tomar unas copas.
Y eso era, exactamente, lo que estábamos haciendo en el Ascent Lounge, muy cerca de Central Park y a unos diez minutos caminando de mi piso.
—Está bien, de acuerdo —aceptó Harper—. No hablemos más del desgraciado de tu ex a quien, por cierto, ya se le veía que tenía trazas de cretino. Ni de la falsa de tu amiga, que te ha envidiado desde el jardín de infancia. ¡Por Dios! No se puede ser más mala.
—Bueno, eso no es exactamente así… —rumié.
—¿Por quién lo dices? ¿Pretendes excusar al idiota número uno o es por la número dos?
Porque amiga mía, puede que Brandon quisiera engañarnos con esa cara de niño bueno, pero lo de Nancy se veía venir.
No se puede ser más mal bicho. Te envidia, te ha envidiado siempre, y no ha parado hasta conseguir algo tuyo.
Harper me miró con cara de «te dije que era mala gente».
Pensé en Nancy. De pequeñas lo hacíamos todo juntas.
Durante la adolescencia nos separamos en distintos colegios.
Seguíamos siendo amigas, pero nos veíamos menos.
Aun así, nunca habíamos dejado de ser amigas. Ella llevaba a mi lado media vida.
Cuando había empezado a salir con Brandon, tanto Nancy como Harper comenzaron a llevarse muy bien con él.
Todos éramos de Birmingham. Yo había terminado mis estudios en Vanderbilt dos años atrás, con veintidós.
Al volver a mi ciudad había comenzado a trabajar con mi padre y había conocido a Brandon.
Él trabajaba en una importante entidad bancaria y tenía un buen puesto.
Era brillante y su futuro en el mundo financiero era espectacular.
Nancy se dedicaba al mundo de los seguros.
Sabía que alguna vez había visto a Brandon por temas de su trabajo, pero nunca había pensado que hubieran podido estrechar lazos, de esa forma, en sus visitas a la oficina en la que trabajaba Brandon.
Ahora me ponía enferma pensando en todo lo que habrían hecho a mis espaldas. No lo podía ni pensar.
Cuando lo recordaba volvía a sentirme estúpida, vulnerable. Volvía a rememorar aquel vídeo…
—Cambiemos de tema —le pedí.
—Tienes razón, ahora lo que tienes que hacer es pensar en el presente.
En tu vida aquí, en Nueva York —sentenció con firmeza dejando la copa sobre una mesa baja que teníamos delante—.
Por lo menos tus padres están tranquilos al ver lo bien que te estás asentando.
Además, el trabajo te gusta, así que miremos el lado bueno de las cosas.
—Sí —admití—. Eso es cierto.
Harper se terminó su copa y pidió otra al camarero que pasaba por allí.
Me gustaba aquel lugar. El ambiente era nocturno y animado. La gente se distribuía entre los que estaban sentados en los sillones y los que permanecían de pie.
—El piso está genial. Es pequeño, pero mono —dijo refiriéndose al apartamento que yo había alquilado en Nueva York—. Encaja con tu personalidad.
—Todavía tengo que hacerlo un poco mío.
—Bueno, llevas aquí quince días y yo creo que ya le has dado tu toque.
Harper tenía razón. El apartamento resultaba acogedor. Me sentía cómoda con él. Incluso había puesto un jarrón con flores.
—Además, tienes un jefe que está cañón. Eso es un punto positivo. No puedes negármelo.
La miré.
—Eso no es un aliciente —me apresuré a negar.
—Ah, ¿no? —replicó con cierta picardía—. Pues para mí lo sería, sin lugar a dudas.
Me mantuve en silencio por un instante.
—No es algo que destacaras cuando estuviste buscando información sobre él.
—¡Anda que no! —se quejó con un bufido—. Será que no estabas atenta. Te lo dije, pero te entró por un oído y te salió por el otro. No estabas muy receptiva a apreciaciones sobre el físico del sector masculino en aquel momento.
Cogí mi copa y bebí.
—En todo caso, da igual. No es algo a tener en cuenta en mi día a día en la oficina —añadí mirando hacia una pareja que se reía un par de sofás más allá.
—Por supuesto, ¿cómo no vas a tener en cuenta a un adonis así? Si yo lo tuviera en mi trabajo, no podría concentrarme —se burló mi amiga—. ¡Anda, déjame ver otra vez esas fotos que subiste a Instagram!
Harper se refería al Instagram de BAC USA Real Estate. Eran unas fotos en las que salía Álvaro.
—Búscalas tú —repliqué apartando la mirada, no quería que la conversación siguiera por los mismos derroteros.
—También es verdad —zanjó Harper con una mirada chispeante, sin inmutarse ante mi supuesta falta de interés por mi jefe.
Me pasé una mano por el cabello, echándomelo hacia atrás.
—¡Esta foto! —indicó trasteando con el teléfono—. ¡Es que está para comérselo!
Me fijé en la instantánea. Era de Dubái.
Álvaro había cumplido y alguien nos las había remitido desde allí.
La que me estaba mostrando Harper era la mejor, Álvaro parecía un modelo.
Estaba perfectamente trajeado, pero sin corbata.
En la cabeza tenía un casco de seguridad mientras visitaba una de las construcciones que estaba dando tantos problemas.
Era un proyecto inmenso y él parecía un magnate contemplando su obra.
Se le veía impresionante: alto, imponente y con aquella mirada de distante concentración.
Exudaba éxito de una manera aplastante, rotunda. Sentí una punzada en el estómago.
—¿No lo está? —me picó mi ex segunda mejor amiga y titular actual del primer puesto.
Volví a fijarme en la imagen del magnate inalcanzable. Sí, lo estaba, pero yo no quería admitirlo. Cogí la copa y bebí.
—No sabría decirte.
—¡Anda ya! ¿Cómo puedes obviar la realidad? —bufó Harper—. ¡Está que se rompe! No solo es que esté bueno, es que él inventó el término «estar bueno». Algo tan perfecto debería estar prohibido.
Dejé la copa sobre la mesa, al lado de la que ella misma había colocado, y rompí el contacto visual con mi amiga. Hablar de mi jefe me estaba poniendo nerviosa. Pasó una chica por mi lado camino del baño.
—¡No me lo puedo creer! —murmuró mi amiga.
—¿Qué no te puedes creer? —pregunté mientras sonreía a la chica que acababa de pasar a mi lado en un gesto amable.