El chico de Manhattan Capítulo 8 Una entrevista accidentada
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Capítulo 8 Una entrevista accidentada

Una entrevista accidentada

Beth

Álvaro rompió el contacto visual conmigo y se adentró en una sala de reuniones con otro de los ejecutivos. La suya no era una mirada fácil de mantener, sin embargo, tenía algo que me hacía buscarlo de forma orgánica.

Traté de olvidar la entrevista que había tenido con él y con Susan y el hecho de que él era el chico que había aterrizado encima de mi cuerpo el día anterior, el que había insistido en llevar mi maleta rota y a quien había acabado contándole los pormenores más vergonzosos de mi ruptura.

Procuré obviar todo eso y centrarme en escuchar a Sebastián.

Estuve hablando con él de lo que esperaba de mí.

Del puesto que me habían creado. Estaba claro que no lo iban a decir así, pero era la realidad.

Sin embargo, tanto Susan como Sebastián sabían que BAC USA Real Estate necesitaba una renovación a nivel redes.

Esa era mi especialidad, así que me pondría manos a la obra.

Durante la mañana, me dediqué a una primera toma de contacto.

Estuve bastante rato con Sebastián. Después conocí a Zac Smith quien también compartía despacho con nosotros, solo que a primera hora estaba fuera en una visita con un proveedor.

Era un joven de Savannah, Georgia. Rubio como el sol, con una gran sonrisa y los ojos de un azul más intenso que los míos.

Tenía tres años más que yo y eso nos acercaba en cierto modo.

Zac era la mano derecha de Sebastián. Conecté con él desde el primer momento.

Me invitó a acompañarlo a comer algo a la hora de la comida.

Sebastián solía comer con su marido, que trabajaba muy cerca.

Acepté su invitación y ese fue mi pequeño ritual durante los primeros días: trabajar con Sebastián y Zac y bajar a comer algo con este durante el descanso del almuerzo.

Normalmente cogíamos un sándwich o unas ensaladas y nos íbamos a uno de los parques cercanos.

Nos sentábamos en la hierba a tomar el almuerzo y hablábamos.

Lo que más me gustaba de Zac era que se mostraba muy extrovertido.

Hablaba muchísimo y le encantaba el mundo de las redes sociales y el marketing .

Estaba al día de todo y me contaba desde cotilleos del famoseo hasta cómo iba la bolsa.

Me vino bien tenerlo como compañero, ya que él siempre me sacaba una sonrisa.

Venía de una época de zozobra; la idea de poder relajarme mientras me sentaba con Zac a comer sándwiches resultó de lo más reconfortante.

El jueves al mediodía estaba sola en el despacho.

Sebastián ya había bajado a comer con su marido y Zac había ido un momento al baño antes de que nosotros también saliéramos a almorzar.

Estaba de pie, con el bolso ya colgado del brazo, bicheando en mi móvil.

Mientras esperaba, aproveché para contestar unos mensajes de Harper.

Quería saber cómo me iba el día. Desde que había aterrizado el domingo, tanto mis padres como Harper me habían escrito con bastante asiduidad.

Ella me contaba una anécdota de su trabajo para sacarme una sonrisa.

Iba a contestarle cuando escuché su voz.

—Elizabeth.

La sonrisa desapareció de mis labios y un peso se asentó en mi estómago.

Álvaro estaba de pie en la puerta de mi despacho, del despacho de Marketing y Redes.

Estaba impoluto con un traje hecho a medida.

La corbata, perfectamente colocada, y su iPad en la mano.

El conjunto era devastador. Pocas veces había visto a alguien tan atractivo.

Atractivo tipo inaccesible, algo así como un modelo o actor.

Gritaba éxito por todos los poros de su piel.

Nadie diría que llevaba horas trabajando, estaba perfecto.

Solo su mirada mostraba que había algo de crispación y cansancio, como si acabara de salir de una reunión farragosa y complicada.

—Beth —lo corregí de manera automática. No lo podía evitar, siempre lo hacía.

—Está bien, Beth —claudicó—. ¿Podemos hablar?

Asentí. No habíamos hablado desde el día en el que me había entrevistado. Lo había visto en alguna ocasión de lejos, ya que nuestros despachos estaban en puntas opuestas de la planta y era una zona de trabajo inmensa. Podríamos pasar días e incluso semanas sin vernos.

Álvaro entró y dio un par de pasos hacia el interior del despacho. Yo estaba de pie al lado de mi mesa. Me mantuve en donde estaba, sin moverme ni un centímetro.

Álvaro me miró dubitativo.

—¿Todo bien estos días? —preguntó.

—Sí, todo bien. He pasado bastante tiempo con Sebastián.

Hemos estado identificando las necesidades en las que tengo que centrarme.

Me ha estado explicando cómo trabajáis aquí e incluyéndome en los métodos de trabajo con Zac.

—Álvaro simplemente asintió—. Justo ahora estoy esperando a Zac, para bajar a comer.

—Estupendo.

—Estoy todavía asentándome, pero por ahora todo va bien —resolví—. Mi padre está encantado.

Álvaro casi sonrió por la pequeña broma, pero parecía realmente cansado.

—Bueno… —Parecía buscar las palabras adecuadas—. Susan cree que tu contratación no solo es positiva, sino que tu llegada es una oportunidad que le dará un aire renovado a toda nuestra proyección en redes. —Me miró desde aquel azul lleno de gris—. Siéntete bienvenida.

Respondí a su mirada y busqué en la piedra gris. Era difícil seguirle. No parecía tan hermético como lo había sido en la entrevista. A pesar de que era mucho más alto que yo y de que su presencia ya de por sí imponía, no pude evitar lanzarle un pequeño dardo.

—¿A pesar de ser tan joven?

—Tenemos empleados de edades muy diferentes… Esa apreciación, que hice el otro día, fue por la experiencia. —Guardó silencio—. En todo caso, no fue el mejor comentario.

—¿Eso es una disculpa?

Algo brilló en el gris.

—Eso parece… —Guardó silencio—. Supongo que puedes tomarlo como una disculpa a una torpeza dialéctica. Espero que puedas perdonarla.

Asentí con la cabeza.

Me miró dubitativo. Quería decirme algo más.

Miró fuera del despacho, a la gente que circulaba por allí.

El espacio se veía bastante vacío en aquel momento.

Estábamos en la hora en la que la mayor parte de la plantilla salía a comer, aunque todavía había algo de personal.

Álvaro volvió la mirada hacia mí. Gris-azul, más gris que azul.

Un tono difícil de encontrar. Tempestad y piedra.

—Quería decirte algo más… —confesó buscando las palabras—. Siento lo del domingo pasado.

Volvió a guardar silencio.

—¿Sientes ser el desconocido al que le conté mis desventuras?

Asintió.

Lo observé con una mirada renovada. Buscando quizás aquel corazón que tenía que latir bajo la capa de piedra.

—No es culpa tuya —murmuré—. Ha sido una extraña coincidencia. Una broma del destino.

—Lo sé… Aun así, lo lamento.

—Eso son dos disculpas en un día. No está mal para alguien de tu edad —dije tratando de aligerar el peso de la culpa.

Álvaro esbozó un amago de sonrisa.

—Si quieres también una confesión por mi parte, no suelo disculparme. Nunca.

—Gracias.

No era culpa suya, pero se había acercado para decirme eso, solo para ayudarme a que no me sintiera incómoda.

Asintió.

Álvaro dio un paso hacia mí. Era muy alto, al menos en comparación conmigo. Bajó la voz e inclinó un poco la cabeza para murmurar:

—Beth… Lo que me contaste… No te preocupes, ya lo he olvidado. —Buscó mis ojos—. Yo… No sé nada de tu vida.

De repente, el espacio se había consumido.

Estábamos muy cerca, más de lo que deberíamos.

Y dentro de la piedra de su mirada, vi al chico de Manhattan que había conocido antes de que ambos supiéramos quienes éramos.

El mismo que el domingo anterior había aterrizado sobre mi cuerpo, había cargado con mi maleta estropeada y había escuchado el chorreo de mis problemas personales.

Un gesto que no todo el mundo hubiera tenido.

Era un hombre frío, pero había querido protegerme. No quería que me sintiera avergonzada por todo lo que le había contado.

Asentí leventemente.

—Gracias.

—No tienes que dármelas.

Nos miramos. Había algo allí. No sabía qué era, pero estaba allí entre nosotros, consumiendo el espacio.

En ese momento Zac entró en la oficina.

—¡Ey, Álvaro! ¿Qué haces por aquí? —saludó con una sonrisa.

—Hola, pasaba por aquí y me detuve un momento a saludar a Elizabeth —respondió apartándose un par de pasos y dejando algo de espacio entre nosotros.

Zac nos observó con cierta curiosidad.

—Así que haciendo algo de control a la nueva, ¿eh? —bromeó—. La verdad es que Elizabeth es genial, estamos encantados con su contratación.

—Estupendo… Por cierto, ¿fue todo bien esta mañana? —preguntó Álvaro de forma casual.

Zac había estado fuera con unos proveedores gran parte de la mañana.

—Sí, todo en orden —comentó con una gran sonrisa.

Me recordó en parte a Brandon, era la típica sonrisa de chico americano.

Una parte de mí se encogió ante aquel pensamiento—.

Por cierto, voy a llevar a Beth a comer unos perritos en uno de los mejores puestos de todo Manhattan. ¿Quieres acompañarnos?

Álvaro negó.

—No, gracias. Tengo mucho trabajo. Mañana salgo de viaje.

El joven simplemente asintió. Debía de ser una tónica en la vida de Álvaro.

—¿Vas a ir a Berlín? —preguntó con curiosidad—. Pensaba que salía Liam para allá.

Álvaro negó con la cabeza.

—No, no voy a Berlín. Tendré que viajar a Dubái.

—¿En serio? Escuché que el proyecto no va como debería, lamento que tengas que desplazarte hasta tan lejos.

—Sí, yo también, pero es lo que hay —replicó con templanza—. La situación requiere soluciones imaginativas, y desde aquí el contacto se complica. Tengo que ir y tratar de desatascar la situación.

—Deberías hacer fotos —comenté interfiriendo en su conversación.

Álvaro volvió la mirada hacia mí.

—¿Fotos?

—Hay que renovar las redes sociales. Lo que tenéis está… —busqué la palabra adecuada para sustituir la que tenía en mente— … obsoleto.

—¿Es tu análisis tras solo cuatro días?

—No. Ese fue mi análisis tras los primeros veinte minutos de trabajo de mi primer día —respondí—. Les falta un toque humano, calidez y dinamismo.

Álvaro me miró algo escéptico.

—Me gusta que las redes tengan una imagen elegante —declaró—. Una línea austera y sobria.

—Pero tiene que estar viva —repliqué con seguridad—. Lo que tenéis está fuera de las tendencias actuales. La presencia en redes tiene que ser dinámica.

—¿Y la nuestra no lo es?

—No. Es más bien estática —respondí con firmeza.

Puede que él me sacara doce años y, al menos, otros tantos centímetros, pero yo sabía de lo que hablaba.

Álvaro me miró con un desafío en su velo gris.

—Así que algunas fotos dinámicas.

—Sí —reafirmé—. Haz algunas instantáneas y envíanoslas. Nosotros haremos las publicaciones.

—Le pediré a alguien que las haga.

—Eso también me vale.

—Muy bien.

Álvaro salió del despacho y se llevó su mirada gris.

Aquello que se removía en mi estómago cuando él estaba cerca se relajó y dejó espacio al hambre.

No sabía cómo hacer con aquello que Álvaro me provocaba, pero quizás no tuviera que solventarlo en ese momento.

Me dirigí con Zac a los ascensores para conocer, de su mano, los mejores perritos de Manhattan.