Capítulo 7 Elizabeth Harrington
Elizabeth Harrington
Álvaro
Me quedé mirando la puerta por la que había salido Elizabeth Harrington más tiempo del necesario.
Me había comportado como un cretino. ¿Por qué había hecho una apreciación así sobre su edad?
Era lo menos profesional que había dicho en toda mi vida laboral.
Jamás me había referido de esa forma a una empleada.
Era su jefe, aunque técnicamente no iba a ser su superior, lo cual era un alivio.
Ella no se vería obligada a trabajar cara a cara con la persona ante la que había expuesto todas sus debilidades, su vida.
Me levanté incómodo y me ajusté los gemelos y la chaqueta. Tenía una reunión en la sala principal. Abotoné mi americana y me observé brevemente en el reflejo del cristal de un cuadro modernista de gran tamaño que decoraba una de mis paredes: estaba bien, como siempre.
Apreté la mandíbula. Sabía que la gente me percibía como alguien frío.
No me importaba: era cierto. Pero no era necesario que pensaran que era un imbécil…
, un idiota que mira a los demás por encima del hombro.
Pensé en los adjetivos que Elizabeth Harrington me había dedicado el día anterior, cuando todavía no me conocía: un egocéntrico y rico heredero, un tipo huraño.
Podía comprender los tres calificativos.
Había trabajado sin descanso desde que era un chaval, pero eso no tenía que saberlo todo el mundo.
Lo que sí era público era que había heredado aquella empresa y era un hombre rico, así que sí, era un rico heredero.
No era un tipo egocéntrico porque lo que me importaba en realidad era la empresa, no yo mismo como individuo.
En cuanto a lo de tipo huraño… Quizás había descuidado mis encuentros sociales, confieso que me gusta la soledad.
En todo caso, mi actitud durante la entrevista sí había sido huraña.
No podía culparla si aquellas ideas preconcebidas se asentaban en su cabeza.
Cogí mi móvil y mi iPad y me encaminé hacia la sala de juntas, que se ubicaba en la otra punta de la planta.
Pasé por varias secciones. El espacio se repartía en una gran zona abierta, con mesas que compartían un espacio común, gente trabajando con móviles en la mano, auriculares, manos tecleando…
Discutiendo, cerrando acuerdos, negociando adquisiciones.
El tiempo volaba, y el tiempo era dinero en mi mundo.
Caminé pasando por varios departamentos que compartían el mismo espacio, divididos por zonas de trabajo.
Los despachos principales eran independientes y, como el mío, tenían una gran parte de las paredes de cristal.
Justo antes de llegar a la sala miré a la derecha, a uno de los despachos de cristal.
Allí se encontraba la gente de Marketing y Redes.
Ese era, por tanto, el nuevo espacio de trabajo de la chica Harrington.
Eché un vistazo mientras caminaba. Estaba de pie hablando con Susan y con Sebastián Ramírez, que era nuestro head of digital area and digital marketing [2] y su superior.
Era un buen tipo. Colombiano afincado en Nueva York desde la adolescencia.
Muy cercano y muy trabajador. En su trabajo era el mejor, pero, según Susan, hacía falta alguien más joven, con más visión para la parte de redes.
Por ello, consideraba que la contratación de Elizabeth Harrington más que una obligación, había sido una suerte. Una oportunidad.
Lo mío eran las adquisiciones, los inmuebles, manejar el mercado.
El tema de las redes me era completamente ajeno.
Nunca me había interesado. Por otro lado, Susan tenía ojo clínico y no solía equivocarse: si ella decía que había que renovarse en el tema de las redes, es que había que hacerlo. No había discusión.
Elizabeth se rio de algo que había dicho Sebastián.
Justo en ese momento cambió el rumbo de su mirada de forma casual y la cruzó con la mía, que estaba caminando hacia la sala de juntas.
Su sonrisa desapareció, ¿por qué? Prefería verla sonreír.
Ella, que me había contado sin ningún pudor sus intimidades el día anterior, que me había sonreído abiertamente, ahora se ponía seria cuando sus ojos se encontraban con los míos.
Ninguno de los dos apartó la mirada por unos instantes.
El tumulto de personas que trabajaban en la planta era considerable, ese era el sonido ambiente de todos los días en BAC USA Real Estate, y ni así dejamos de mirarnos.
—Álvaro, tenemos a Berlín en línea —comentó Liam abordándome en la entrada de la sala de juntas a la que me dirigía.
Liam era mi persona de confianza. Su puesto era de financial controller [3] y siempre necesitaba tenerlo todo bajo control, haciendo honor a su desempeño.
—Bien, vamos allá —respondí sin poder apartar la mirada de la chica Harrington.
—¿Volarás a Alemania esta semana?
—No lo creo.
—Pues alguien tiene que ir. Hay varias reuniones de gran trascendencia y no parece una buena idea hacerlas todas a distancia. Nos estamos jugando mucho.
—¿Me estás hablando en serio, Liam?
Elizabeth continuaba escuchando lo que Sebastián le explicaba.
—Eso parece. ¿Qué estás mirando? —preguntó, interesado, tratando de seguir el camino de mis ojos.
Rompí el contacto visual y fijé la mirada en Liam, pero este ya había buscado qué había diferente para que yo mirara hacia el despacho de la gente de Marketing y Redes.
—Nada —me apresuré a responder.
—Presupongo que con «nada» no te refieres a Sebastián, así que asumiré que es a la rubia. ¿Quién es?
Tragué.
—Elizabeth Harrington.
Vi rápidamente la mirada de depredador de Liam.
—Es espectacular.
—Ni te lo imagines —lo corté con frialdad.
Liam, que de tonto no tenía un pelo, me miró con cierta sorpresa.
En la empresa trabajaban mujeres guapísimas, interesantes, hermosas, pero nunca había mirado a una más que a otra.
Las trabajadoras eran intocables para mí.
Jamás traspasaría la línea en ese sentido.
Sabía que algunos trabajadores habían tenido algún escarceo.
El holding tenía un número elevado de empleados, pero no había ninguna norma al respecto.
No impedía que, si alguien quería iniciar una relación lo hiciera, siempre que no hubiera un rol de superioridad que provocara que una de las dos personas se sintiera en una posición incómoda.
—¿Te interesa?
Miré a la sala de juntas donde uno de los auxiliares estaba de pie hablando con Berlín, mientras varias personas permanecían sentadas alrededor de la mesa escuchando con atención.
—Es la hija de Thomas Harrington.
—¿En serio? —preguntó sorprendido.
—Sí, y ahora vamos a la conferencia. Tenemos una mañana complicada. Después de terminar con Berlín tenemos que un Teams con Dubái.
Justo antes de entrar en la sala de juntas detrás de Liam eché un último vistazo a Elizabeth, que ya no me estaba mirando.