El chico de Manhattan Capítulo 6 Demasiado joven
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Capítulo 6 Demasiado joven

Demasiado joven

Beth

—Bueno, Elizabeth, bienvenida a Nueva York, ¿qué tal ha ido el vuelo? —preguntó la rubia tratando de ser amable.

La miré, me había dicho su nombre. Sí, se llamaba Susan.

Traté de concentrarme en lo que me había preguntado.

Ellos conocían a mi padre. Estaba allí por un puro enchufe, no había más.

Así había conseguido mi puesto. Supuse que eso me haría sentir incómoda.

Pero ahora toda la incomodidad se centraba en otro motivo.

En el hombre perfectamente trajeado, de intensa mirada gris azulada, que estaba sentado al otro lado de la mesa.

No había dicho nada. Solo un «buenos días» desde que había entrado en su despacho.

El corazón se me había desatado en el momento exacto en que me di cuenta de qué lo conocía: él era el chico de Manhattan . Así había guardado su contacto en mi móvil. Traté de tranquilizarme. Debía ser profesional.

Busqué decir algo amable, sencillo.

—Ha sido un vuelo agradable —respondí—. Llegué ayer.

—¿Todo bien?

Volví la mirada a aquellos ojos grises. Recordé el momento en que su cuerpo me había arrollado, cómo se había quedado sobre mí más de lo necesario.

La imagen de su cuerpo sobre el mío, de su rostro impasible, exactamente igual que ahora, regresó a mí con fuerza.

Era un tipo muy testarudo. Se había empeñado en ayudarme con el equipaje.

Debía reconocer que tenía razón: sin su ayuda no habría podido llevar las tres maletas, imposible teniendo en cuenta que a la de mayor tamaño se le había estropeado una rueda.

Había sido una especie de príncipe oscuro. Todo vestido de negro, con aquella ropa de correr, ergonómica, que no dejaba nada a la imaginación. Un Batman con un punto asocial.

Vi como carraspeaba y se recolocaba en el asiento. Me había reconocido.

—Todo bien, gracias. Estoy ya prácticamente instalada —respondí con amabilidad.

—Estupendo —replicó Susan—. Bien, Elizabeth, vamos a echar un vistazo a tu currículum.

—Puedes llamarme Beth, todo el mundo me llama así.

—Estupendo, Beth.

Volví la mirada a mi jefe. No había dicho nada. Ni una sola palabra.

—Tu expediente académico es brillante —comentó la rubia—. Parece que aprovechaste bien tu paso por Vanderbilt. Combinaste ya allí tu formación con trabajo en las redes sociales universitarias, ¿no?

—Sí, así es. Me gusta estar activa y me involucré desde el principio en combinar mi trabajo con los estudios universitarios.

Mi jefe y exdesconocido protector oscuro guardaba silencio.

Me miraba muy serio. Tenía una mano apoyada en su mentón y con un dedo tapaba parcialmente sus labios.

No eran unos labios que debieran ser tapados.

Al revés, su rostro era digno de ser exhibido.

De hacer un busto para que los demás pudieran admirarlo, pero era tan frío…

Quizás debería ser expuesto en una plaza en un lugar acostumbrado a las bajas temperaturas como San Petersburgo, por ejemplo.

—Veo que después de terminar tus estudios universitarios comenzaste a trabajar con tu padre —comentó Susan.

—Sí, gestionando las redes sociales y la presencia digital de sus empresas de construcción y gestión de inmuebles.

—Eres demasiado joven —expuso Álvaro hablando por primera vez.

Su voz sonó más fría de lo que recordaba.

Su expresión era imperturbable. Me pregunté si de verdad estaría hecho de piedra.

Recordé lo que Harper me había contado sobre él: era un egocéntrico y rico heredero.

Un tipo huraño. Todo eso se lo había dicho a la cara, sin saber que estaba hablando de él.

¿Por qué no me había advertido Harper que era tan atractivo?

Lo era tanto como frío. Eso fue exactamente lo que pensé el día anterior, cuando había aterrizado directamente encima de mí.

Afilé la mirada. Puede que yo no estuviera hecha de piedra, pero lo que me había pasado en los últimos meses me había endurecido.

—Demasiado joven… ¿para qué exactamente?

Se movió incómodo y carraspeó. Bien, no era de piedra a pesar de lo que pudiera parecer.

Mi recién estrenado jefe dejó de sostenerme la mirada y la dirigió a los papeles que tenía delante.

Un dosier fino; mi currículum, claro. ¿Cómo sintetizar todo lo que sabía en unas pocas frases?

Mi edad era un punto en mi contra y había dejado bastante claro que no confiaba en mi contratación, solo por eso.

Por algún motivo, me dolió, lo cual no dejaba de ser absurdo, ya que mi contratación era un hecho y aquella entrevista un mero formalismo.

Volvió a subir la mirada. Gris, impertérrita.

Estaba obligado a tenerme en aquella empresa.

Estaba claro lo que pensaba de mí: era la niña de papá a la que había tenido que contratar de forma obligatoria. La chica con la que se había tropezado, a la que le habían roto el corazón.

—Para este currículum —contestó por fin.

—Tengo veinticuatro años. Llevo trabajando en la empresa de mi padre dos años, desde que me gradué.

—Hice una breve pausa—. Pero la realidad es que llevo trabajando con mi padre desde que tengo memoria.

Él ya me llevaba a su despacho cuando yo tenía doce años.

Desde pequeña siempre me ha hablado de adquisiciones inmobiliarias, de compras, ventas, inversión…

Llevo mamando eso toda la vida. He sido oyente activa de las reuniones del Consejo de Administración de mi padre desde los catorce años.

¿Acaso tu padre no hacía lo mismo? —pregunté.

Mi jefe y Susan cruzaron una breve mirada.

—Háblanos de tus estudios y de por qué decidiste orientar tu carrera hacia el branding y redes sociales —comentó Susan salvando lo que al parecer era un momento incómodo para todos.

—Bueno, cuanto más conocía el trabajo de mi familia, más comprendía lo importante que era la imagen para la empresa: cómo se proyecta, cómo se percibe por los demás…

Así que me centré en estudiar Comunicación.

Me interesaba centrarme en cómo construir una imagen pública, cómo hacer que una marca pueda resultar elegante, poderosa y confiable, cómo darle la forma adecuada para mostrar lo que queremos vender.

—Hice una pausa—. Estuve muchos años escuchando, atenta a los detalles.

Así que percibí desde muy joven los fallos y déficits.

Me acostumbré a observar —repliqué mientras Álvaro tenía la mirada clavada en mí—.

Comprendí lo importante que es la sensibilidad estética y la estrategia en este mundo.

—En el puesto que te hemos asignado —volvió a hablar Susan— esperamos que trabajes con estrategia de marca, marketing digital y comunicación.

Tu responsable directo es Sebastián Ramírez.

Te lo presentaré más tarde. Tiene un amplio bagaje y conocimiento de la empresa.

Estoy segura de que encajarás perfectamente en el equipo.

—Hizo una pausa, miró a Álvaro y volvió a mirarme a mí—.

Creemos que es necesario fortalecer la marca.

Estamos en un momento de muchísima presión financiera.

Es importante atraer clientes e inversores nuevos que apuesten por el holding .

Para ello creo necesario darle una vuelta a nuestra presencia digital y estratégica. ¿Cómo ves el desafío?

Asentí.

—Bien, a pesar de ser demasiado joven.