Capítulo 5 La chica con el corazón roto #2
— Brand and social media manager [1] . Se encargará de la presencia digital y del análisis del engagement . Definirá la estrategia de marca, impulsará la visibilidad y el posicionamiento en redes, coordinará campañas con agencias… —expuso.
—Redes sociales… —murmuré.
—Sí, redes sociales. Son necesarias, Álvaro. Lo sabes.
Moví la cabeza negativamente. No me interesaba nada de eso. Todo el tema del posicionamiento en redes me aburría. El único posicionamiento que me interesaba era el que teníamos en la bolsa.
—Tiene un expediente académico espectacular. Estudió en Vanderbilt University, en Tennessee.
—¡Expediente académico! —bufé—. No me hables de expedientes académicos. Tengo treinta y seis años, hace mucho que dejé atrás la universidad.
—Bueno, pero ella no, así que analizar su expediente académico es parte de la entrevista. Tiene veinticuatro años.
Levanté la cabeza y miré a Susan.
—¿Es tan joven?
—Sí. Es justo lo que necesitamos: alguien joven que entienda la importancia de la presencia en redes y se maneje en ellas con soltura.
Bajé nuevamente la cabeza y eché un vistazo a lo que estaba escrito en el currículum.
—Experiencia en las redes sociales universitarias —revisé—. Después entró a trabajar con su padre.
Pensé en Thomas Harrington, inversionista y empresario de bienes raíces y holdings , como yo.
Propietario y socio mayoritario de varias empresas de desarrollo inmobiliario en Alabama y en otros puntos del sur de EE .
UU. Había sido un inversor clave durante el último año y me había impuesto, por decirlo de alguna forma, la contratación de su hija.
Thomas Harrington había inyectado liquidez justo cuando la necesitábamos.
Había sido un balón de oxígeno, pero a mí no me gustaba que me impusieran nada.
Normalmente el que hacía las imposiciones era yo.
No me sentía cómodo con aquella contratación, pero me lo había pedido como un favor personal.
Lo habíamos hablado hacía unas semanas, la última vez que estuvo en Nueva York.
¿Qué me había dicho sobre su hija...? Algo como que estaba pasando un momento personal difícil y le venía bien salir durante un tiempo de Alabama.
Recuerdo que la petición me había molestado.
¿Se pensaba que mi empresa era una ONG? No quería a nadie que estuviera de paso, una contratación forzada.
Allí la gente entraba por méritos y tenía que trabajar muy duro.
No soportaba los enchufes, la gente que no se entregaba, el trabajo mediocre.
¿Por qué tenía que tener en mi empresa a una persona que no me interesaba?
Además, me había pedido que me asegurara personalmente de que estuviera bien.
Lo había mirado impasible. ¿Acaso Thomas Harrington no me conocía?
Yo no era la niñera de nadie. No me interesaban sus asuntos familiares ni los motivos por los que su hija había tenido que exiliarse de Alabama.
—Relájate, Álvaro —me aconsejó Susan.
—Estoy relajado —rumié.
—Tanto como lo puede estar un bloque de hielo —comentó con una sonrisa en sus labios.
—Yo soy así —respondí con rictus serio.
—Bueno, pues disimula. No queremos que la chica salga corriendo en el primer contacto porque su jefe sea insoportable.
—Yo no voy a ser su jefe.
—No, cierto. Serás el jefe de su jefe —replicó con guasa.
—Ya…
—Tiene unas referencias increíbles.
—De su padre —respondí revisando los documentos.
—No me fastidies, Álvaro. Que tú también trabajas en una empresa familiar.
—Susan —fue lo único que dije cuando levanté una mirada helada hacia ella.
Se encogió de hombros.
—Mira, es una chica joven. No la asustes con tus ladridos, yo llevaré el peso de la entrevista. —No repliqué—. Además, tenemos que reforzar nuestra presencia en redes sociales. No podemos estar a la vanguardia en todo y quedarnos atrás ahí. Hoy en día es esencial.
—Tenemos una excelente presencia digital.
—No en todos los frentes. Lo sabes —me riñó.
Susan conocía mi aversión a las redes sociales.
El resto de la presencia digital me parecía bien, pero todo el tema de las redes sociales me hastiaba—.
En redes somos bastante básicos. Nos vendrá bien alguien con experiencia, que combine estrategia de marca, marketing digital y comunicación.
Nos ayudará a posicionarnos mejor y a liderar.
—Por favor, no asocies la palabra «liderar» con un puesto que ha sido creado a dedo.
—Álvaro…
Dejé los papeles encima de la mesa.
—Que entre y acabemos con esto de una vez.
—No le ladres —volvió a advertirme antes de salir de mi despacho.
—Esa no es mi forma habitual de proceder.
—Tienes razón. Tú eres más del tipo «te voy a aplastar con mi mirada helada».
No di la réplica.
Se rio y salió por la puerta.
Leí un par de frases más y me fijé en su foto. Su cara me sonaba… La conocía de algo.
—Álvaro, ella es Elizabeth Harrington —declaró Susan—. Pasa, querida.
En el momento en que vi a aquella joven entrando en el despacho con Susan supe quién era.
La vi caminar hasta una de las dos sillas que se ubicaban al otro lado de mi mesa de alta dirección.
La miré con intensidad. ¿Ella era Elizabeth Harrington?
Llevaba unos vaqueros de pata ancha, rectos, perfectos.
Una americana negra, bajo la que asomaba una blusa de un suave tono crema.
El cabello largo rubio claro, sedoso, perfecto.
Sus ojos azules, claros. Con esa expresión que encerraba algo de nostalgia, ahora rota por la sorpresa: ¡era la chica de Central Park!
Tragué con cierta incomodidad. ¿La chica a la que había ayudado con la maleta era mi nueva empleada?
—Buenos días —murmuró.
—Buenos días —repliqué frío. Tratando de que ni un solo gesto delatara mi inquietud.
Era muy joven y muy hermosa, demasiado. Al instante noté que yo le resultaba familiar, aunque no sabía de qué. Trataba de ubicarme. No se había dado cuenta de que yo era el tipo que la había arrollado el día anterior en el parque. Rompí el contacto visual y fijé la mirada en su currículum.
Susan colocó una silla cerca de mí para dar comienzo a la entrevista. Me alegré de que estuviera a mi lado, me había quedado en blanco y eso no era algo habitual en mí.
Volví a levantar la mirada. Ella me la sostuvo. Sentí casi como electricidad emanando de su cuerpo hasta el mío. Nunca, jamás, había sentido algo así. Pero aquella chica, aquella niña… Había logrado que me quedara sin palabras.
Recordé lo que había dicho de mí. Lo que había comentado sobre el tipo con el que iba a trabajar: egocéntrico y rico heredero.
Mi jefe es un tipo huraño. Pensé en las tres descripciones.
Quizás… Era posible que desde la posición en la que se ubicaba ella pudiera verme así.
En ese momento mi mente rechazó la idea.
No quería que ella me viera así, en absoluto.
Entonces, recordó. Vi el momento exacto en que su mente consiguió ubicarme.
Su rictus se endureció. Comprendí que estaba pensando en todo lo que me había contado.
Todo lo que Elizabeth Harrington le había confesado a un desconocido mientras untaba de mermelada su cruasán.
Hablaba con libertad porque pensaba que era alguien a quien no volvería a ver.
Ahora ese desconocido era su jefe y sabía exactamente por qué había huido de Alabama.
Ella era la chica con el corazón roto con la que había estado hablando el día anterior.
Yo era su jefe. El egocéntrico y rico heredero, un tipo huraño.
El lunes se había quedado interesante.