Capítulo 5 La chica con el corazón roto
La chica con el corazón roto
Álvaro
Estaba concentrado en mi despacho, en absoluto silencio.
Últimamente sentía mucha presión, más de la habitual.
Revisaba los datos en mi ordenador y no me gustaba nada lo que estaba viendo.
Habíamos hecho unas inversiones en Dubái que estaban teniendo muchos problemas.
Literalmente habíamos enterrado grandes sumas de dinero en un complejo hotelero, pero el proyecto se había estancado por cuestiones burocráticas.
Parecía embarrado, como si no hubiera forma de que aquello arrancara.
Había algunas aprobaciones pendientes de autoridades urbanísticas, pero también problemas con los contratistas locales…
Habíamos comprado el terreno, invirtiendo mucho dinero, y estábamos en plena construcción del complejo hotelero.
El informe que tenía delante era desolador: planteaba un escenario de semanas de retraso.
Eso podría suponer millones perdidos si no se revertía la situación.
Recordé a Candela negándose en redondo a aquella inversión.
Para mi hermana había demasiado riesgo. Era cierto, sí, pero también había recompensa.
Siempre me había gustado esa adrenalina del riesgo y beneficio, aunque quizás esta vez había ido muy lejos.
Necesitaba hablar con alguien. La primera persona que vino a mi mente fue Beca, mi otra hermana.
Hablar con ella siempre me ayudaba. Era mi punto de apoyo, aunque, en realidad, solo me serviría para desahogarme.
En cuanto a decisiones de la empresa, Beca siempre había querido estar al margen.
Ella era un torbellino de energía, pura bondad.
Su cuerpo era menudo, pero cada pedazo estaba lleno de luz y cosas bonitas.
No tenía ni idea del sector inmobiliario, ni nunca había querido saber.
Tenía su parte en la empresa y percibía los dividendos, pero no asumía responsabilidad en las decisiones corporativas.
Aun así, había una responsabilidad para con ella.
No podíamos perder su parte. La de ninguno de los tres: aquel era el legado de nuestros padres.
Últimamente había dado entrada a muchos inversores.
Necesitábamos capital para todo lo que ambicionaba para el holding .
Candela, siempre perfecta y eficaz, había trabajado mucho, tanto como yo.
Era muy parecida a mí en ese sentido. Se había centrado en trabajar, trabajar y trabajar…
El imperio se había mantenido y crecido en gran parte gracias a ella.
Ambos nos habíamos dejado la piel. En cuanto a la vida personal, la habíamos llenado de aquel intenso trabajo.
Menos mal que teníamos a Beca. Era la única de los tres que tenía un verdadero corazón.
La única que se permitía mostrarse vulnerable y no había antepuesto el trabajo a todo lo demás.
Volví a centrarme en el informe y pensé en mi padre.
Todavía recordaba algunas conversaciones con él sobre el sector.
Él y mi madre habían levantado aquella empresa.
Era su sueño. Habían cogido el dinero de la herencia de mis abuelos, que se lo habían pasado en vida, para poner las piedras de un imperio.
Lo que ellos no sabían es que morirían demasiado jóvenes; que cumplirían su sueño, pero no tendrían años para ver cómo evolucionaba.
Candela, Beca y yo nos habíamos quedado solos y habíamos tenido que aprender a lidiar con aquella orfandad.
Por nuestra parte, tanto Candela como yo habíamos tomado el relevo de nuestros padres en la empresa.
Habíamos mantenido su nombre, su puesto en el sector, y habíamos extendido las alas.
Sí, quizás yo había hecho más. Simplemente porque necesitaba mantener en pie lo que ellos habían construido.
Necesitaba que siguiera vivo. Sostenerlo, extenderlo.
Hacerlo un pequeño gigante. Esto no solo era una fría empresa de gestión de inmuebles.
Un inmenso bebé al que habíamos alimentado hasta verlo crecer desmesuradamente.
Era mucho más: nuestro cordón umbilical.
Lo que nos unía entre nosotros y a nuestros padres. La manera de mantener vivo su recuerdo.
Esa empresa era todo lo que yo tenía. El motivo para estar allí, en Nueva York.
Supongo que aquella necesidad de que la compañía siguiera creciendo, a pesar de ser ya un gran imperio, escondía algún trauma no resuelto, pero todavía no sabía cuál.
Nunca me permitía detenerme demasiado para pensar en la pérdida.
No era un tipo sentimental. Prefería centrarme en trabajar, seguir hacia delante y no detenerme. La maquinaria no debía parar.
Miré aquella pantalla con frustración.
—Alguien tendrá que coger un avión a Dubái y solucionar esto —murmuré ponderando la situación.
Justo en ese momento, Susan asomó por la puerta de mi despacho.
Toda la planta estaba llena de paredes de cristal, con partes traslúcidas.
Me gustaban las oficinas así, con espacios amplios y mucha luz.
Modernas. No quería un despacho aislado con paredes cerradas donde la gente no tuvieran acceso los unos a los otros.
Me gustaba que las personas pudieran conectar mientras trabajaban.
—¿Quién va a tener que coger un avión a Dubái? —preguntó caminando hacia mi mesa con confianza.
Susan era mi secretaria personal y mano derecha.
Secretaria de alta dirección. Era una mujer muy inteligente.
Me sacaba unos diez años. Tenía ya los cuarenta y seis, pero mucha gente pensaba que rondaba los cuarenta sin llegar a cumplirlos.
Era muy alta. Esbelta, de largas piernas.
Cabello corto rubio perfectamente peinado y ojos color miel.
Atractiva y sofisticada. La típica belleza que no pasa desapercibida.
Los hombres se volvían para mirarla. Más de una mujer también.
Lo más interesante de Susan era su cabeza.
Era brillante. No solo era mi secretaria personal; era mi mano derecha y mi mayor ayuda.
La persona en la que más confiaba en toda la empresa.
Ella tenía una claridad en los negocios y una visión analítica que poca gente llegaba a alcanzar.
—Todavía no lo he decidido, pero creo que alguien tendrá que ir hasta allá y trabajar sobre el terreno. ¿Te ofreces voluntaria?
—No me pagas tanto como para hacer un viaje hasta tan lejos solo para sumergirme en un sinfín de discusiones —replicó con una sonrisa cálida.
—Ya…
Susan se acercó y echó un vistazo a la pantalla por encima de mi hombro. La situación era desalentadora.
—Se han complicado las cosas, ¿eh?
—Un poco, sí, por así decirlo —respondí con sorna.
—¿Tienes un coste aproximado de lo que estamos asumiendo por estos retrasos?
Susan siempre hablaba como si ella también formara parte del holding , y en cierto modo era así.
—Por supuesto, calculado al céntimo. La pérdida diaria es sangrante.
Abrí un documento y la dejé bichear.
—Pues sí que va mal la cosa —rumió.
—Desde luego, no podemos permitirnos que la situación se alargue demasiado —declaré moviendo la cabeza delante del ordenador.
—Lo solucionarás —indicó Susan serpenteando su mirada por los cálculos.
—¿Cómo? —inquirí.
—Eso todavía no lo sé, pero ya encontrarás la forma. Siempre lo haces.
—Me gusta tu optimismo —repliqué con guasa.
—Mi optimismo es un pilar esencial en esta empresa —indicó con una sonrisa que delataba todo lo que había cargado.
Susan era lo más cercano a una familia que podía tener en Nueva York.
Aun así, su apoyo y calor siempre se habían centrado en el ámbito laboral.
Ella sabía cómo era: cero contacto, cero sentimentalismo.
Pero, a su manera, había sabido mantenerse a mi lado, aprendiendo a conocerme.
Sí, ella era mi bastión en aquella ciudad.
—Bueno, vengo a avisarte de que la chica ya está aquí. ¿Le digo que pase? —preguntó apartando su mirada de la pantalla.
—¿Qué chica? —pregunté sin entender.
—La hija de Thomas Harrington.
—¿Venía hoy? No lo recordaba —confesé.
—Pues está ahí fuera. ¿No has visto la agenda?
Abrí la agenda digital y vi el aviso en las 9:30 h: «Reunión hija TH».
Susan miró por encima de mi hombro.
—La anotación está justo ahí —señaló con humor.
—Estaba centrado en lo de Dubái —comenté haciendo un gesto hacia la pantalla—. Además, solo he visto los avisos en diagonal sin pararme demasiado.
Susan bufó con sorna.
—Pues tienes tres avisos de reunión o Teams hoy.
—Por eso, no les presto excesiva atención. Me paso el día de reunión en reunión.
—Bueno, ¿la hago pasar? —quiso saber en su faceta más práctica.
Dudé, no había visto nada sobre ella. No recordaba que tenía que entrevistarla. No sabía ni qué preguntarle.
—¿Y su currículum? —pregunté.
—Te lo envié el viernes por la tarde.
Vi el correo pendiente. Durante el fin de semana había estado trabajando, pero ese email no lo había tocado. Había ido abriendo lo importante, todavía tenía sesenta correos pendientes de apertura.
—¿Has estado vago este fin de semana? —inquirió con una pequeña pulla.
—No me vaciles que bien sabes que he estado trabajando.
—Al parecer, no lo suficiente. —Dejó un dosier encima de la mesa—. Te lo he impreso. No sé por qué algo me decía que no le habrías hecho ni caso a mi correo.
—Gracias, Susan, eres la mejor.
—Me quedaré en la entrevista para que no se note que no tienes ni el menor interés en su contratación.
Esbocé una sonrisa mientras cogía el currículum entre mis manos.
—Te recuerdo que yo no suelo encargarme de la gestión de recursos humanos.
—Menos mal —respondió mientras caminaba hacia la entrada—. Pero esta entrevista no es normal. Colocar a esta chica es un favor, no lo olvides. Es la hija de Thomas Harrington. Solo por ese detalle su contratación no debería habérsete pasado por alto.
Asentí.
—No hace falta que me lo recuerdes. Eso es precisamente lo que no me gusta. No soporto las imposiciones. —Abrí el dosier—. Además, ¿qué puesto me habías sugerido?