El chico de Manhattan Capítulo 4 El chico de Manhattan #3
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Capítulo 4 El chico de Manhattan #3

Volví la mirada a sus ojos grises azulados y en ese momento no me pareció tan frío.

Un perfecto desconocido al que le había soltado mis mayores miserias.

Durante semanas me había negado a hablar del tema.

Me había encerrado y no había querido ni recibir a mis amigas más cercanas.

Sin embargo, allí estaba un tipo con el que me había tropezado casualmente, soltándole todo lo que tenía dentro en una gran muestra de incontinencia verbal.

No era algo habitual en mí, pero supongo que todos necesitamos explotar en algún momento.

Fue tal como si hubiera roto una presa y el agua hubiese salido llenando el espacio.

—Sí, es cierto —repliqué con una sonrisa templada—. Y, sin embargo, ya ves, de cabeza a trabajar con un tipo así. No pasa nada, sabré arreglármelas.

Me miró sin comprender.

—¿Por qué aceptaste un puesto así si no estabas convencida?

—Es un buen puesto. Es solo que… —Me quedé callada—.

La perspectiva de venirme a Nueva York parecía una tabla de salvación.

Justo lo que necesitaba. Eso fue lo único en lo que pensé.

Sin embargo, ahora me planteo si será un trabajo para mí.

Si he de ser sincera, ni tan siquiera me informé mucho sobre el tipo para el que voy a trabajar.

Fue una de mis amigas quien me puso sobre aviso…

—¿Sobre aviso?

—Sí, fue ella quien buscó información sobre él, quien me advirtió que es un obseso del trabajo. Un tipo controlador. Un solitario y rico egocéntrico. Pero en realidad da igual. Estoy segura de que no es alguien con quien vaya a trabajar codo con codo en el día a día.

No dijo nada.

De repente, mi teléfono sonó. Era mi madre.

—Es mi madre. Tendría que haberla llamado hace rato —comenté mirando el móvil—. Estará preocupada por si el vuelo llegó bien.

Álvaro asintió.

—Respóndele. Yo me voy ya, salvo que quieras que te ayude a subir las maletas.

—No, qué va —negué con un gesto—. Se lo pediré al portero. Tiene que darme mis llaves, así que hablaré con él y me ayudará.

El teléfono volvió a sonar.

Lo cogí.

—Un momento, mamá. Te llamo en dos minutos.

Mi madre se despidió brevemente y colgué el teléfono.

Álvaro se puso de pie.

—¿Puedes darme tu número? —pregunté en un impulso antes de que se fuera.

El hombre de piedra me miró extrañado.

—¿Mi teléfono?

—Solo por si acaso… Por si se me rompe otra rueda de la maleta. No tengo ningún familiar ni conocido en la ciudad.

Lo pensó un momento y asintió con un gesto comedido.

—Claro —respondió cogiendo el móvil que había puesto en sus manos. Tecleó el número y le dio a marcar, volviendo a colgar al momento—. Llámame siempre que se te rompa una rueda de la maleta.

Sonreí volviendo a coger el móvil que él me había devuelto. Nuestros dedos se rozaron apenas un segundo. Me sorprendió la calidez de su piel, yo siempre tenía las manos frías.

—Me lo voy a guardar como Álvaro, el chico de Manhattan —comenté—. Si pongo solo Álvaro, no estaré segura de si es tu número, pero con esa descripción no habrá duda. Sabré quién eres, por si vuelvo a necesitar tu ayuda.

Levantó una ceja mientras volvía a subirse la cremallera de la chaqueta.

—¿El chico de Manhattan? Nunca me habría imaginado un apelativo que pegara menos conmigo —comentó.

Observé su cuerpo trabajado, puro orgullo neoyorquino, aunque claramente no era de allí.

Su cabello negro, su rostro arrollador, frío, atractivo, pero como lo es una pieza de museo.

Sus ojos azules agrisados, profundos en ocasiones.

Sí, puede que la palabra «chico» se le quedara pequeña, diminuta, con un punto infantil para alguien como él: grande, alto, fuerte, todo un hombre.

Y aun así… Había sido gentil, se había quedado a tomar café sin tomarlo, me había escuchado y era, sin lugar a dudas, el chico de Manhattan que me había ayudado y escuchado nada más llegar a la ciudad.

Todo aquello revestía tanta frialdad de un punto de ternura.

—Yo creo que te va como anillo al dedo —reafirmé.

—Ni siquiera soy de aquí.

—Ya lo he supuesto —respondí—. La verdad es que no te he dejado contarme nada. No sé nada de tu vida. Solo me he dedicado a hablar y hablar.

Hizo un gesto quitándole importancia.

—No te preocupes. De todas formas, no soy de los que hablan de forma abierta.

—Con un desconocido es más fácil —declaré—. En casa yo también me mostraba bastante hermética, sin embargo, mírame hoy: te he soltado todas mis miserias en el tiempo que dura un café.

—Me ha gustado escucharte —contestó con una mirada críptica.

—No sé si es cierto, pero gracias de todas formas.

Se detuvo unos segundos antes de volver a hablar.

—Gracias a ti por el café. Espero que todo te vaya genial en Nueva York.

Miré el café frío.

—Querrás decir por el no café.

Esbozó una sonrisa.

—Exacto, por el no café.

—Gracias de nuevo, y siento haberme interpuesto en tu camino y haberte avasallado con mi incontinencia verbal.

Negó con la cabeza y esta vez su sonrisa fue más franca.

—No lo sientas. Me ha gustado, ambas cosas.

—Si algún día te apetece hablar a ti y, no sé, contarle tus problemas y preocupaciones a una auténtica desconocida, tienes mi número.

Asintió.

—Y tú el mío por si otra rueda se estropea.

—Exacto.

Se despidió con un gesto y vi como salía por la puerta el chico de Manhattan.