Capítulo 4 El chico de Manhattan #2
—Me dejó allí plantada con él café mientras retozaba con la que ha sido mi mejor amiga desde el colegio.
Supongo que se le hizo tarde o no sé, quizás se olvidó de que había quedado con su prometida.
Lo he pensado muchas veces, ¿sabes? ¿Quién es tan imbécil de quedar con la chica con la que se está acostando a la misma hora que ha quedado con su novia?
No sé, alguien con una mínima inteligencia no haría eso.
No lo reconozco en una planificación tan burda.
Nos quedamos en silencio.
Aquel hombre de ojos azul grisáceos y mirada pétrea no me conocía de nada.
En ciertos momentos parecía una de aquellas piedras que quería visitar en Literary Walk.
Sin embargo, de alguna forma, me había sentido segura y había abierto de par en par mi corazón para que ese perfecto desconocido pudiera echar un ojo a mis miserias.
Yo no era así. En Alabama solía guardar las apariencias, cumplir con los estándares.
Los de mi familia, los de mi padre en particular…
Me hacía feliz. Encajaba. Sin embargo, ahora había roto con todo aquello.
Levanté la mirada nuevamente hacia él. Me sorprendió la bruma de sus ojos grises.
—¿Por eso has venido a Nueva York?
Era la primera pregunta personal que me hacía.
Bueno, yo acababa de resumirle mi vida. Al menos los últimos meses.
Había expuesto mis vísceras, los pedazos de aquello que se había roto dentro de mí, y los había mostrado sobre la mesa, para que ambos pudiéramos observarlos entre las tazas del desayuno.
—Sí, supongo que esta ha sido la forma de buscar una salida. De volver a empezar.
Asintió con un gesto sereno.
—Nueva York es el lugar perfecto para volver a empezar.
—Pensé que nos casaríamos en un año —añadí mirándolo a los ojos—.
Resultó que todo era una mentira. Le interesaba mi dinero.
El inmenso patrimonio de mi familia —maticé—.
Esa es la verdad. Así que, en realidad, yo no lo conocía en absoluto…
Sabía que era ambicioso, pero no le encuentro el sentido a lo que ha hecho.
¿Por qué comprometerse conmigo? Su propia familia tiene una gran fortuna.
No necesitaba más. No tenía que pedirme matrimonio tan solo porque yo pareciera la adecuada.
Por tener una bonita boda con una tarta perfecta en el club al que nuestras familias asisten domingo tras domingo.
—Guardé silencio—. Supongo que me veía en el rol de su esposa, pero lo que realmente deseaba era otra cosa.
—Lo lamento —dijo con precaución.
—Estarás alucinando —comenté—. Que una desconocida te suelte esto en la primera conversación es poco habitual. Supongo que no esperabas algo así cuando decidiste quedarte y no tomar ese café.
Esbozó una tenue sonrisa. No llegó a ser completa.
—No. La verdad es que no pensé que hacerle un desaire a un café desencadenara esta confesión.
Sonreí en respuesta. Mi sonrisa era más amplia que la suya, pero tampoco era completa. La mía, porque en mis ojos solía haber un velo intermitente de tristeza. La suya, porque en sus ojos había brumas y parte del frío que asolaba Manhattan.
—En mi día a día nunca lo hubiera hecho —confesé—. Jamás habría expuesto mis miserias así. Supongo que es la libertad que da hablar con un desconocido.
Lo miré.
—Bueno, si necesitas comentar alguna otra cuestión íntima más, no tengo inconveniente en escucharte —declaró.
Álvaro tocó la taza de café, pero no bebió.
—¿Te lo vas a beber? —pregunté.
Volvió a soltar la taza.
—No —determinó—. Menos ahora que está frío.
—Mira, un punto en común: yo también odio el café frío.
Dejó la taza. Miré su mano sobre el pantalón de correr.
Pensé en Brandon, él jamás se hubiera sentado de esa guisa a tomar un café.
Aunque, para ser sinceros, él no saldría a correr por las calles.
Lo consideraría poco elegante. Era curioso que no tuviera un estándar de exigencia tan elevado para otras cuestiones.
—Bueno, como tienes este sitio debajo de tu casa, te aseguras el tener siempre café caliente.
Asentí.
—Buen apunte.
Nos quedamos nuevamente en silencio.
—¿Te has venido por mucho tiempo?
—No lo sé. Me he venido a Nueva York sin billete de vuelta —confesé—.
Tenía otros planes, trabajaba en la empresa de mis padres.
Pero, debido a lo ocurrido, necesitaba poner distancia, no podía seguir en Birmingham.
Así que mi padre me convenció de que viniera.
Él me consiguió el trabajo. Rompí mi compromiso tan solo hace un par de meses y supongo que mis padres querían dejar de verme mal cada día por lo ocurrido.
Veían positivo un cambio de aires y acepté.
La idea era venirme a la Gran Manzana y comenzar de cero —añadí—.
Dejar atrás lo que pasó, y la verdad es que no sé ni lo que me espera aquí —manifesté—.
He aceptado el trabajo sin saber nada. Solo sé que es de lo mío y la empresa para la que trabajaré, pero no tuve ni la curiosidad de bichear.
Lo consiguió mi padre y no sé, supongo que no he tenido ni ánimo para cotejar nada.
Confío en él. Me conoce muy bien y sé que tiene buen criterio —declaré—.
Es un puesto en una compañía de primera línea.
Aunque, al parecer, voy a trabajar para un egocéntrico y rico heredero.
Mi jefe es un tipo huraño. Pero supongo que, como es uno de esos magnates inaccesibles, en realidad no creo ni que lo vea en mi día a día.
La verdad era que no conocía en profundidad al tipo para el que iba a trabajar.
Sí el posicionamiento de la empresa en el mercado: era un gigante.
Mi padre había invertido en la compañía el año anterior y su intención era seguir invirtiendo.
Él me había hablado de la oportunidad que representaba para mí y de lo bueno que sería venirme a Manhattan.
Llegó un momento en que todo el ruido ambiente que me rodeaba en Alabama se me hizo insoportable y necesité una salida.
Cuando me di cuenta, estaba en el aeropuerto con tres maletas y un billete con destino a Nueva York.
—No parece la mejor descripción para un jefe.