El chico de Manhattan Capítulo 4 El chico de Manhattan
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Capítulo 4 El chico de Manhattan

El chico de Manhattan

Beth

—Es este portal —indiqué en cuanto llegamos.

—Bien —respondió sin soltar la maleta echando un vistazo al portal.

En el bajo de mi edificio había una cafetería. Decidí que desayunaría algo antes de subir.

—Gracias por tu ayuda —añadí—. Has sido muy amable trayendo la maleta hasta aquí. Menuda mala suerte que se me haya estropeado justo la más pesada.

Apenas habíamos hablado en el trayecto desde el parque.

Mi salvador tenía razón: hacer aquel recorrido sola, con la maleta estropeada, habría sido una penitencia.

Nuestros comentarios se habían reducido a un par de apreciaciones sobre el tráfico en general y sobre lo diferente que se percibía Manhattan un domingo por la mañana, cuando la ciudad por fin parecía haberse relajado un poco.

—No ha sido nada —respondió quitándole importancia.

—Déjame que te lo agradezca con un café —le propuse y él guio sus ojos hacia la fachada de la cafetería—. No he desayunado todavía, quizás puedas estirar un poco más tu galantería y acompañarme.

Mi eficaz escolta, que no era sureño en modo alguno, pero se había comportado con una cortesía muy adecuada, me miró dubitativo un instante. Finalmente, accedió.

—Gracias. Un café sería estupendo.

Entramos en el local. Era la típica cafetería con una campanilla en la puerta que tintineó alegremente a nuestro paso.

El ambiente era cálido, compensando el frío de las calles de Manhattan.

Me sentí reconfortada allí dentro. Venía de hacer una larga travesía.

Mucho mayor que lo que suponía el viaje en avión que había hecho esa mañana desde Alabama.

Había avanzado mucho, sí, pero sentía que tan solo estaba al inicio y que me quedaba recorrido por delante.

Había cosas que todavía no había podido digerir.

Tenía aquella tristeza pegada a mi piel.

Me había acompañado desde mi ciudad. Ya no era una nube constante, como hacía dos meses.

Era más algo que iba y venía. Pero que, de algún modo, estaba allí y no me abandonaba del todo.

Estaba decidida a encontrar la forma de deshacerme de ella.

En algún momento lo lograría, todavía no sabía cómo, pero lo haría.

Observé unas mesas altas situadas cerca del inmenso ventanal por el que entraba el sol de marzo a raudales.

—¿Nos ponemos ahí?

—Bien —respondió.

Me dirigí hacia una de ellas. Quería un café con leche grande y muy caliente. Me lo merecía.

Me saqué el abrigo y me senté en uno de los taburetes, después de colocar a un lado de la mesa las maletas y mi abrigo perfectamente doblado sobre la grande.

Me fijé en mi acompañante. Al menos me sacaba unos diez años, si no más.

Era impresionante. Se sentó en otro de los asientos, muy cerca de mí.

No porque buscara proximidad, sino porque la disposición de aquellas mesas no dejaba mucho espacio.

Así que, aunque apartó el taburete para sentarse, su pierna ceñida dentro del pantalón de deporte quedaba muy cerca de mis pantalones vaqueros rectos.

No pude evitar que mi mirada viajara de sus piernas a su pecho ancho también ceñido por la ropa de deporte.

Se había abierto un poco la chaqueta y asomaba la camiseta de correr.

Ambas prendas oscuras estaban pensadas para aguantar el frío de Nueva York, pero no dejaban de ser ligeras y ergonómicas.

No era neoyorquino, a pesar de que exudaba aquella ciudad por cada poro de su piel, como si llevara mucho tiempo adaptado al modo de vida de Manhattan.

Sin embargo, me pareció demasiado directo preguntarle de dónde era.

Era poco hablador y eso me resultó, en cierto modo, reconfortante.

Un camarero tomó la comanda y apuntó un par de cafés. El mío, grande y con leche. Además, yo pedí un cruasán a la plancha con mermelada y mantequilla.

—Parece un sitio agradable —comenté para entablar conversación.

Álvaro echó un vistazo a su alrededor con sus agrisados ojos azules. Sentí que inspeccionaba el local con cierta frialdad y me pregunté si sería así siempre, con todo.

—Sí. Está bien —aceptó, casi como si le diera la aprobación—. Pensé que era más amplio.

—¿Lo conocías?

—De pasar por delante en mis rutas.

Volvió sus ojos hacia mí. La mirada gris, imperturbable.

—¿Vives por aquí? —De repente quise saberlo.

—A unos quince minutos caminando. Cerca de Riverside Park.

Asentí, conocía la zona. Para un pueblo pequeño sería un paseo. En Nueva York, éramos prácticamente vecinos.

—No está lejos —comenté.

—No, no lo está. —Esa fue toda su respuesta.

Nos trajeron los cafés y el cruasán. Estiré la mantequilla y la mermelada mientras mi salvador revolvía el café con la cucharilla.

—¿Tuviste mucho tráfico desde el aeropuerto?

Me pareció algo así como comentar el tiempo con un vecino de tu bloque de viviendas en el ascensor. Podría haber preguntado a qué había venido a Nueva York, por ejemplo, pero había escogido una pregunta cuidadamente impersonal.

Bebí un poco de café. Corté un pedazo de mi cruasán y subí la mirada hacia él.

—No. Fue un viaje bastante ágil —comenté—. Pensé que tardaría más desde el aeropuerto, pero fue rápido. Mis dificultades para desplazarme comenzaron cuando esa maleta decidió que no me iba a acompañar hasta las pesadas estatuas de esos escritores inmortalizados en piedra.

—Ya —murmuró sin llegar a formar una sonrisa.

Comí un poco de mi desayuno.

Revolvió una vez más el café con su cucharilla y la depositó en el platillo. No hizo el menor gesto por coger la taza.

—¿No bebes? —pregunté.

—Tengo que ducharme —indicó por toda respuesta—. No me gusta hacerlo justo después de haber tomado algo.

Me sorprendió. Bueno, era normal que quisiera ducharse después de hacer deporte, pero…

—Pero has pedido un café…

Corté un nuevo pedazo y me lo llevé a la boca.

—Me has invitado —respondió como si esa fuera una explicación más que suficiente.

Tragué.

—¿Te parecía descortés no pedir nada?

—Algo así. —Se quedó en silencio—. No quería dejarte sola con tu desayuno.

Miré el cruasán a medio comer y mi taza de café.

Rompí a reír. Dejé el tenedor y el cuchillo en el plato y seguí riendo.

Me reí de verdad, por primera vez en mucho tiempo.

Me llevé la mano a la boca para tratar de contener semejante ataque de risa.

Yo estaba triste, en cierto modo continuaba muy triste, aunque trataba de seguir adelante.

El hecho de que me riera era el mejor síntoma de salud que había tenido en dos meses navegando en una tristeza absoluta.

Me reí hasta que se me saltaron las lágrimas.

Mi compañero de desayuno me miraba sin comprender.

No podía culparlo. Cuanto más trataba de corregirme, más me reía.

Allí estaba yo: perfectamente vestida de marca, con mis pendientes de diamantes y mi juego de maletas de Louis Vuitton.

A mi lado un desconocido que vestía ropa de correr.

Quien me había rescatado después de que yo lo hubiera atropellado.

Una especie de galán de película de los años dorados de Hollywood que se había pedido un café por compromiso y no pensaba ni beberlo.

Un gesto cortés, cuidado... Pensé en Brandon quien parecía un dechado de virtudes y que me había dejado plantada con una taza de café como aquella.

Todavía recordaba mi propio café frío porque me había quedado esperándolo.

—Perdona, perdona —me excusé tratando de dejar de reír.

Negó con la cabeza.

—No pasa nada —murmuró, pero observó a una mujer que había dirigido una mirada hacia nosotros quizás preguntándose qué tenía tanta gracia.

Me tranquilicé y me limpié las lágrimas.

Había llorado de la risa, ¿no era maravilloso?

Observé aquellas lágrimas que habían mojado las puntas de mis dedos.

¡Llorado de risa! De risa, no de pena. Era todo un cambio.

Quizás llegar a Nueva York había provocado en mi mundo un pequeño efecto mariposa, ¿hasta dónde podría llegar?

—Perdona, no tenía intención de romper a reír como una enajenada —declaré—. Pensarás que estoy loca.

Negó, pero se le veía algo incómodo. Frío, como si lo de manejar tanta explosión de emociones no fuera con él.

—No, qué va. No pienso nada.

—Es que vengo de pasar una época muy… —Me callé, ¿cómo describirlo?

—. Muy sombría. He cruzado una larga travesía, por así decirlo.

Creo que es el primer café que me tomo con compañía masculina desde hace casi dos meses.

En el último me dejaron plantada y el café se quedó frío como ese —señalé—.

Me ha parecido adorable que hayas pedido un café simplemente por compromiso y eso me ha traído algunos recuerdos.

—Divertidos, al parecer —declaró.

—No, en absoluto. Me río de lo ridículo que es comparar ambos días. A ti te ha parecido de mala educación dejarme sola con mi café y hay quien no ha tenido el menor miramiento en hacerlo, a pesar de quién era en mi vida en ese momento.

Me miró sin comprender y yo relajé la risa.

—Es simplemente una comparación absurda. En ella tú sales ganando, y eso que te conozco desde hace aproximadamente media hora —añadí.

Guardé silencio unos instantes y volví a coger mi taza de café entre las manos.

—Mi prometido me engañó —declaré, sintiéndome libre de decirlo en voz alta, lejos de mi casa, de mi ciudad, donde nadie podía juzgarme.

Fue como si algo se hubiera roto y todo lo que había estado reteniéndome fluyera de golpe—.

Habíamos quedado, ¿sabes? Para tomar algo.

Lo estaba esperando con mi café y no quería empezar sin él, así que lo removía una y otra vez, igual que tú.

Le di un montón de vueltas, pero él no aparecía.

No llegó esa tarde, estaba… ocupado. Con mi mejor amiga. Todo un cliché, ¿no te parece?

—Sí, lo es —respondió con cautela.