Capítulo 3 Modales sureños
Modales sureños
Álvaro
Durante unos instantes, me quedé encima de ella.
En mi cabeza sonaba Heaven , y la voz de Julia Michaels seguía deslizándose mientras mis ojos se llenaban al completo de aquella desconocida.
Era el rostro más perfecto que había visto en mi vida.
Rubia, de facciones delicadas, suaves, ojos azules…
Pero no azules agrisados, como los míos, que estaban llenos de brumas y tormentas.
No, los de ella eran claros como una mañana de verano.
Sin una sola nube en el horizonte. Anhelé por un momento tener una mirada así.
Poder sumergirme en algo tan claro, tan ligero.
Había sido un accidente tonto, porque a aquella chica no se le había ocurrido otra cosa mejor que meterse en la vía para corredores.
Pero aquel choque había provocado que su cuerpo quedara debajo del mío.
Tenía que quitarme de encima, era solo que, en aquel momento, aquella orden no salía de mi cerebro.
Sentía que era casi antinatural retirarme, como si el hecho de que ella estuviera debajo de mí fuera la respuesta correcta.
Bajó su mirada a mis labios por un instante. No pude evitar hacer lo mismo. Eran naturales. Todo su rostro lo era: cero cirugía, ni un solo pinchazo. No lo necesitaba. Era preciosa, increíblemente preciosa, y muy joven, calculé que debía de tener unos veintidós o veintitrés años.
—Perdona, te estoy aplastando —me disculpé.
Me devolvió una mirada clara.
—Hay peores escenarios para ser aplastada —comentó.
Me sorprendió. En mis orejas seguía sonando Heaven y me pareció muy apropiado.
Aquellos ojos tan inmensamente azules eran lo más increíble que había visto.
Un cielo que no me importaría arañar. No obstante, a mí el cielo me había sido negado hacía mucho tiempo, solía manejarme mejor en conductas más bien aceptadas por el dueño del trono del infierno.
Su cuerpo era menudo, cálido. Deseé enredarme entre sus piernas.
Bajar una mano a su muslo para subir su pierna y así hacerme un hueco allí.
Y que hubiera menos ropa… Todos aquellos pensamientos, que no debían estar ahí, se amontonaron en mi estómago y en mi cabeza.
—Disculpa —reiteré y, como si tuviera que enfrentarme a un trabajo titánico al separarme de ella, me levanté y le di una mano para ayudarla a levantarse—. Déjame que te ayude.
Mientras ella se sacudía el abrigo azul oscuro no pude evitar observarla. Me quité los auriculares de los oídos y los guardé en un bolsillo con cremallera de mi chaqueta de correr.
—Estoy bien, no te preocupes —respondió mientras se apartaba el cabello de la cara y volvía a mirarme—. Ha sido un tropiezo tonto.
Sentí algo en el pecho cuando volvió a centrar su mirada en mí, y yo no sentía nada como norma. Aquella mirada tan increíblemente clara me hizo anhelar algo, pero todavía no sabía el qué. Lo que tenía claro era que quería que me siguiera mirando, que no retirara la mirada.
—Estás en uno de los carriles de corredores —le expliqué.
—¿En serio? —replicó sorprendida—. Perdóname, no me había dado cuenta.
Observé las maletas en el suelo. Me agaché y tiré del asa de la de mayor tamaño para apartarla. No fuera a venir otro corredor detrás. Ella hizo lo mismo con las otras dos. Observé que la maleta que yo había cogido no se movía bien y pesaba mucho. Demasiado para alguien tan menudo como ella.
—Se ha estropeado, no rueda bien —indicó.
—Ya veo. ¿Cómo has podido moverlas hasta aquí?
—Bueno, la grande se acaba de estropear, antes iba bien.
Pero desplazarla por este suelo con tierra y grava me estaba costando bastante —aclaró—.
He llegado esta mañana a Nueva York. Me ha dejado un taxi a unos cien metros, en la 59th, y mi destino es la 60th.
Pensé que sería genial hacer un alto en el camino y echar un vistazo a Central Park —explicó—.
Fue una idea absurda. Quería aprovechar que es domingo a primera hora y no habría tanta gente por aquí.
No pensé que me resultaría tan difícil mover las tres maletas.
Ni mucho menos esperaba que la más grande se estropeara.
Miré su equipaje. La grande parecía absurdamente voluminosa para que ella, que era menuda, pudiera moverla sin esfuerzo.
Quizás si no estuvieran las otras dos. Esas eran más manejables.
Pero con la tercera la tarea se dificultaba y si le sumabas que una rueda se había estropeado, se tornaba en una tarea imposible.
La había llenado a conciencia, porque pesaba más de veinte kilos, eso seguro.
—No ha sido una buena idea —determinó—. Quería llegar hasta Literary Walk, pero se ha convertido en una hazaña imposible.
—¿Estás solo hoy en Nueva York? —pregunté asumiendo que estaba de paso en las conexiones de un viaje y por eso cargaba con todo. Debería haber dejado las maletas en la consigna del aeropuerto.
—No —negó—. Acabo de llegar a Nueva York. Mañana empiezo en un nuevo trabajo aquí, en Manhattan.
—Bueno, pues te puedo asegurar que esas esculturas de piedra de los escritores seguirán en Central Park durante mucho tiempo.
No tiene sentido que te lesiones arrastrando el equipaje solo para aprovechar y visitarlas antes de que se llene el parque —determiné—.
Además, son cerca de las diez de la mañana y en breve se sumarán visitantes.
Vuelve otro día, más temprano, para poder estar a solas con ellas, si eso es lo que buscas.
Sonrió, pero no era una sonrisa plena. Ese fue el momento exacto en que me di cuenta de que había cierta tristeza en sus ojos.
No lo había apreciado hasta ese momento.
Eran claros. En ellos no había tormentas, ni brumas.
Pero, en aquel momento, había algo que impedía que llegara el cielo de forma completa a su mirada.
Quise saber por qué. Era absurdo, no la conocía de nada, pero quería averiguar qué había provocado aquella mácula en su mirada.
—Tienes razón —decretó—. No voy a poder moverlas por el parque, menos ahora que se ha estropeado la grande. Mejor voy a llevar las maletas al apartamento y volveré más tarde, aunque tenga que compartir el parque con el resto de los visitantes.
—Central Park siempre vas a tener que compartirlo. Es un poco de todos los neoyorquinos y, de alguna forma, también de todos los foráneos.
—Es mi lugar favorito de Nueva York —declaró—. Supongo que no soy muy original.
Una confesión y otra sonrisa, sin llegar a ser completa.
Me pregunté qué lo impedía. Lo más extraño era aquella sensación que se agarraba a mi estómago, de querer saber más.
Como si hubiera una serie de puertas que abrir y atravesar para descubrirla al completo.
Algo que yo no iba a hacer en modo alguno porque éramos dos completos desconocidos.
El hecho de despertar aquel anhelo era algo raro, sorprendente.
A mí, en general, me daba igual lo que cada persona guardaba.
Sus miedos, sus tormentos, sus monstruos…
No quería averiguarlos ni descubrirlos. Yo ya tenía los míos propios.
No me interesaban los de los demás. Era cero cotilla y nunca quería curiosear en la vida privada de las personas.
—Es un sitio fantástico como lugar favorito —tuve que aceptar sin desvelarle que también era uno de los míos.
Acercó su mano para coger el asa de la maleta grande que todavía sostenía yo.
Era mucho más joven que yo que ya había cumplido los treinta y seis.
Sujetó el asa de la maleta, pero yo no la solté.
Su mano era pequeña y estaba fría. Sin embargo, el roce de su piel lanzó un relámpago a través de mi cuerpo.
Tenía un punto de candidez, pero lo que se encendió en mi cuerpo en ese momento no tenía nada de cándido.
Deseé verla desnuda. Simplemente para poder estudiar cómo eran las curvas de su cuerpo.
Observarla, sin llegar a tocarla, sin una sola prenda de ropa encima.
Una actividad con fines recreativos. Quería que me devolviera esa mirada sin tener ni un pedazo de tela tras el cual cubrirse y ver, en ese instante, qué había en sus ojos.
—Ya puedes dejarla —comentó trepando su mirada hasta mí. Ambos manteníamos la mano en el asa.
Sentí un deseo irracional. Algo absurdo.
No era por ausencia de actividad sexual.
Me había pasado cuatro horas teniendo sexo, esa misma noche, con Candy y Addison.
Ellas me habían hecho todo lo imaginable y yo se lo había hecho a ellas.
No había habido ningún límite en el plano físico.
Me había desfogado. Estaba saciado. Había sido un empacho de sexo, en realidad.
Pero todo aquello no tenía nada que ver con el impulso irracional que aquella desconocida me despertaba.
No sentí deseos de algo sucio y rápido. Mis pensamientos eran otros.
Quería estudiar sus curvas. Ver sus piernas sin aquellos vaqueros.
—No podrás moverla —respondí y mi voz sonó más fría de lo que hubiera querido, contrastaba directamente con el latigazo que ella había despertado en mí.
—Bueno —replicó—. Hay cosas a las que he tenido que enfrentarme mucho peores que a tener que desplazar tres maletas en el trayecto de un par de calles, creo que lo lograré.
—Solo mover esta maleta por este suelo de grava y tierra ya será un esfuerzo. Más tener que llevar además las dos pequeñas.
Ninguno de los dos soltó el asa.
—Podré hacerlo.
—Te la llevo. Ya estaba terminando con mi carrera matutina.
Un ápice de orgullo se encendió en su mirada.
—Puedo hacerlo —contestó con cierta cabezonería.
—Puedes, seguramente lastimándote la espalda —concedí—. No es necesario que te esfuerces así. Yo te ayudo.
No la soltó. Parecía querer demostrar que no deseaba ayuda.
Que se valía sola. Que ella podía hacerlo.
Sin embargo, no cedí. Sentí deseos de protegerla de forma instintiva.
Algo antiguo, animal, asentado en los genes que vienen directamente de nuestros antepasados.
Un gesto pasado de moda, quizás: proveer, proteger, asegurar que ella estuviera a salvo.
—Es solo un gesto de amabilidad —repliqué también con obstinación—. Un gesto de galantería. ¿No quedan hombres que hagan estas cosas en el sur? Estoy siendo cortés.
La sorpresa cruzó su mirada.
—¿Cómo sabes que soy sureña?
Miré su rostro de facciones suaves, los ojos azules y el cabello rubio cálido: una imagen muy americana.
Todo en ella estaba cuidado. Iba impecable.
El corte de su abrigo era clásico, y en las orejas lucía unos diamantes sencillos.
Pero lo que más la delataba eran su elegancia innata… y aquel leve acento sureño.
—¿No lo eres?
—Sí —concedió—. De Birmingham, Alabama.
Su rostro se relajó.
—Bueno, déjame tener un gesto galante, aunque no esté al nivel de los modales del sur.
Me miró quizás valorando que yo no era ni americano como para hablar alegremente de las tradiciones del sur.
Mis orígenes españoles no se revelaban tanto en mis ojos azules grisáceos, aunque los rasgos y el cabello denso negro ya podían dar alguna pista; lo que me delataba era mi acento.
Muchos se despistaban y pensaban que era de otra parte de Estados Unidos, pero lo que estaba claro es que no era de Nueva York.
Soltó la maleta.
—Está bien —aceptó relajando el gesto—. Veamos qué puedes hacer.
No dije nada, porque todo lo que me apetecía enseñarle no tenía nada que ver con la galantería sureña.
—Por cierto, me llamo Beth.
—Yo soy Álvaro.
—Está bien, Álvaro, demuéstrame esa caballerosidad a la que tanto has hecho referencia. Te diré que más de un sureño ha resultado decepcionante.
Todas las cosas que se me pasaron por la mente que querían demostrarle era imposible que las reprodujera en voz alta, así que las omití y busqué una respuesta neutra.
—Muy bien. Te la llevo hasta tu destino final en la 60th. Apenas son un par de calles, no tardaremos nada.