El chico de Manhattan Capítulo 2 Un pequeño tropiezo
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Capítulo 2 Un pequeño tropiezo

Un pequeño tropiezo

Beth

Caminé tirando de mis maletas con determinación.

Era un trabajo bastante pesado. Llevaba un abrigo de paño azul marino y una bufanda blanca, pero empezaba a sobrarme todo.

El esfuerzo me hacía entrar en calor. Me estaba costando mucho mover esas tres maletas a la vez.

Paré y me desenrollé la bufanda, dejando que mi larga melena rubia cayera desordenada por mis hombros y mi espalda.

Bufé. Pensaba que la llegada a Nueva York sería cálida en muchos aspectos.

Algo que definitivamente necesitaba. Al menos, en eso habían insistido mis padres, y yo había llegado a la conclusión de que tenían razón.

Pero los diez grados de esa mañana de domingo no me parecieron en absoluto cálidos o acogedores, sino todo lo contrario.

No eran ni las diez. Las calles no estaban abarrotadas y había cierta calma en la Gran Manzana.

Se notaba que era domingo y que la gente aprovechaba para descansar.

Mi vuelo desde Alabama había llegado a las ocho y media.

No había tardado mucho en salir del aeropuerto.

Eran las nueve y veinte cuando dejamos atrás Queens y mi taxi cruzó el East River por el Queensboro Bridge.

En aquel momento, me pareció que el skyline de Nueva York era sencillamente precioso.

Supuse que no había un solo foráneo capaz de resistirse a su belleza.

La imagen de la ciudad que se dibujaba delante de nosotros era impresionante.

Cientos de edificios arañaban las nubes.

El gris se mezclaba con reflejos plateados sobre los cristales de las torres, con el acero oscuro de los rascacielos y con los tonos beige y marrón de los edificios más antiguos.

En el cielo el azul era intenso y la estampa la completaba el río a sus pies.

Una imagen tan cinematográfica que había sido impresa en postales, fotografías, anuncios y películas.

Nueva York era un lugar perfecto para volver a empezar.

Bajé un poco la ventanilla solo para tratar de captar mejor los detalles del paisaje urbano más allá del río y el aire frío se coló en el taxi.

Volví a subirla rápidamente. Manhattan era hermosa, pero helada.

Cerré antes de que el taxista me dijera algo.

Había carraspeado. Eso me bastó para entender que le había parecido mala idea que bajara la ventana en medio del puente.

Al acercarnos a Central Park no pude evitar pedirle que parara el taxi.

Había sido un impulso. Mi destino era la 60th Street, pero me quedé un poco antes solo por el capricho de entrar en el parque.

No era la primera vez que visitaba la ciudad, había ido en anteriores ocasiones, pero aquel seguía siendo mi lugar favorito.

Me encantaba pasear por sus caminos, perderme en sus rincones.

Necesitaba una dosis de algo que me gustara de verdad, después de tanto tiempo apática, así que me bajé allí con todo mi equipaje.

Pero, la realidad, una vez más, no resultó tan idílica como yo había soñado.

En cuanto salí del vehículo comprobé de verdad el frío que hacía en Nueva York en esa mañana de marzo.

Tiré de mi enorme maleta, y fui llevando las dos de mano que tenía hasta meterme en el parque.

Me resultaba muy complicado moverme por el interior de Central Park, debido al suelo de tierra y al peso de los bultos.

Até la bufanda al asa de una de las maletas y desplacé como pude mis maletas durante unos cien metros.

Era una tarea complicada. La maleta más grande, que pesaba unos veinticinco kilos, se atrancaba.

Pensé en lo ridículo que había sido haberme bajado allí en vez de ir hasta mi destino, que no estaba lejos.

Serían unos diez minutos caminando desde el parque, una distancia cómoda para dar un paseo, pero bastante complicada si pretendía mover aquellas maletas.

Debería haber ido al apartamento y haber dejado allí el equipaje primero, después habría tenido todo el tiempo del mundo para perderme en el pulmón de Nueva York.

Pero no, había tomado la estúpida decisión de detener el taxi y bajarme con todo el equipaje para entrar en Central Park a primera hora.

Solo para poder pasear por allí antes de que se llenara de turistas.

Bufé; aquello no era pasear, era pelearme con tres maletas, una de las cuales parecía imposible de mover. Estaba claro que era pesada y voluminosa, y que el suelo no ayudaba a su desplazamiento, pero aquello era demasiado. ¿Cómo era posible que no se moviera en absoluto?

—¿Qué demonios está pasando? —murmuré echando un vistazo a la maleta grande—. ¿Por qué te atrancas todo el tiempo?

Me agaché y comprobé que una de las ruedas se había estropeado. Estaba medio aplastada hacia un lado.

—¡No puede ser! —exclamé molesta—. Por supuesto, algo tenía que ir mal —añadí echándome a un lado la melena rubia para apartármela de la cara.

No pude evitar mirar el anillo de compromiso que todavía llevaba en mi mano izquierda.

Oro blanco y un solitario. Un diamante exquisito en el que sabía que Brandon había gastado un buen importe.

Recordaba lo feliz que me sentí cuando él me lo había puesto en el dedo el verano pasado.

Entonces las imágenes de nuestra ruptura inundaron mi mente y cerré los ojos.

No pensaba llorar. No recién aterrizada en Nueva York.

No habían pasado ni dos meses desde que lo habíamos dejado.

Eso no era nada, era normal que todavía me costara pensar en ello.

Necesitaba tiempo para pasar página. Tenía que quitarme aquel anillo.

Debí haberlo hecho el día en que descubrí lo que me estaba haciendo.

Sin embargo, no había podido dejarlo atrás.

Acaricié la piedra. Sí, necesitaba tiempo para desprenderme del pasado y poder quitármelo.

De alguna forma, me había quedado paralizaba.

Había dejado a Brandon, el compromiso se había roto y una tristeza enorme me había inundado, como si se me hubiera colado por debajo de la piel.

De algún modo, quitarme aquel anillo era el último paso para dar portazo a la vida que había soñado con él.

El fin de nuestro compromiso. No, todavía no podía quitármelo.

Mi madre me había aconsejado con cariño que lo dejara en Birmingham, pero no había sido capaz.

Simplemente no había podido hacerlo. Era algo ridículo, porque no podía cogerle el teléfono a Brandon.

No podía hablar con él. Sin embargo, no era capaz de quitarme el anillo que representaba mi compromiso.

El que él me había puesto en el dedo. Recordaba su sonrisa aquella tarde, sus ojos cálidos y su cabello rubio perfectamente peinado.

Representaba el sueño americano. Lo había amado tanto que sentía aquel amor inundado de tristeza pegado a mi pecho.

Ya no era una mujer comprometida, pero, de algún modo, me sentía todavía unida a Brandon.

Había estado con él cuatro años. Había estado profundamente enamorada de él.

Todavía lo quería en cierto modo, porque el amor no se va en un pestañeo.

Aunque la decepción había sido tan inmensa que sencillamente no lo podía ver delante.

No podía soportar que nadie me hablara de él.

Pero no podía quitarme aquel anillo… ¡Qué irónico!

Abrí y cerré la mano y tomé otra vez las maletas para arrastrarlas.

Avancé con dificultad por uno de los senderos secundarios que usan los corredores.

Quería llegar hasta Literary Walk. A medida que me adentraba, la vegetación se volvía más densa, con árboles y arbustos cerrando el paso de la luz.

No estaba segura de si había tomado el camino correcto, pero seguí arrastrando las tres maletas como pude.

Entonces, la maleta grande se atascó una vez más.

Volví la mirada atrás. Tiré con fuerza y giré la cabeza hacia delante.

Antes de que pudiera darme cuenta, algo inmenso me arrolló.

Me caí hacia atrás, tropezando con las maletas, que también cayeron hacia los lados. Literalmente, me habían derribado.

—¡Por Dios! —me quejé, sintiendo un cuerpo enorme encima.

Un hombre de piel muy blanca, profundos ojos azules grisáceos y cabello negro estaba sobre mí.

Su cuerpo era grande y cálido. Se sostuvo sobre sus brazos por un momento.

Mientras que yo había quedado debajo de su cuerpo, acorralada entre ambos brazos.

Mi cabello rubio se extendía sobre la grava mientras sus manos se sostenían sobre el pavimento.

Nuestros cuerpos hacían pleno contacto. Sentí sus piernas fuertes y sus caderas.

Me di cuenta de que llevaba puestos unos pequeños auriculares.

Algo debía de estar sonando en su cabeza en ese mismo instante.

Por un momento, pensé que se había caído sobre mí una de esas estatuas de los escritores que pretendía visitar.

Un habitante pétreo de Literary Walk. No hablaba.

Su mirada era distante, y sus facciones, igual que su cuerpo, enfundado en ropa ceñida de corredor, podrían haber sido perfectamente esculpidos por un escultor. Era fuerte, vigoroso.

Me quedé sin aliento, arrollada en más de un sentido. Es lo que suele pasar cuando una estatua se cae encima de ti.

Cuando había decidido que definitivamente aquel desconocido estaba hecho de piedra, por el peso y el semblante impasible, parpadeó demostrando que era de carne y hueso.

Unas espesas pestañas dieron vida a aquellos ojos brumosos que me miraron como si estuviera tratando de averiguar si aquello estaba ocurriendo de verdad o formaba parte de un sueño.

Yo también me lo pregunté.

Abrió la boca para hablar y no pude evitar deslizar mi mirada a sus labios. Era, seguramente, el rostro más perfecto que había visto en toda mi vida. Algo así, que rozaba tanto la perfección, debería estar prohibido.

—Perdona, te estoy aplastando —murmuró.

Su voz era profunda, masculina y, a pesar de haber proferido una disculpa, sonaba fuerte, con un punto distante.

—Hay peores escenarios para ser aplastada —respondí y, prácticamente, no me reconocí en aquella declaración.

Yo solía ser más tímida, más reservada, especialmente, con las personas con las que no tenía confianza. Pero, al fin y al cabo, su cuerpo estaba en pleno contacto con partes de mi cuerpo que no debían tocarse. Era un abrazo íntimo, supongo que por eso las palabras habían brotado libres.

La sorpresa cruzó su semblante como un relámpago. No llegó a sonreír, pero su rostro se relajó en cierta forma.